Texto y fotos: Miguel J. Crespo / @cresfotógrafo

SÁBADO DE SARDINAS

La puerta se cierra a presión empujando sardinas al fondo de la lata. Huele a caguama, penetrante. Las voces, carcajadas y gritos se mezclan con el hedor del ambiente. O lo generan. Hasta que todos dentro del vagón formamos una plasta de carne húmeda y pegajosa. Que exclama quejidos indescifrables mientras el tren arriba a Ciudad Deportiva. Es el cumpleaños 18 del Vive Latino. Ya es legal: edad de merecer. Ahí voy.

Las escaleras eléctricas de la estación se han trasformado en un río de cabezas que portan gafas de sol. La marea avanza hacía la luz de la salida y nos bota afuera, donde una piltrafa de brazos cruzados y piernas dobladas yace en el suelo. ¿Está dormido, o desmayado, o hasta la madre?

A nadie le importa.

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Las tienditas de la esquina hacen agosto. Venden caguamas y cigarros. Se chupa en las banquetas; es necesario. Adentro una cerveza costará 100 pesos. Las máscaras de luchador ya son típicas; algunos las portan y posan frente a los granaderos que sonríen por nervios, por desmadre o por señal de que están vivos, embarrados en los barrotes de la Ciudad Deportiva.

Meses antes, cuando se anunció el cartel del Vive Latino, las redes sociales se llenaron del típico tren del mame hater que, “crítico”, lanzó los “son los mismos de siempre”, “esos ya estuvieron antes”, o “pinche festival rascuacho”. Lo cierto es que, tras al platicar con señoras y morros, veteranos y novatos, borrachos y grifos, la conclusión es que los 18 años del Vive Latino se definen en diversidad e inclusión.

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El cielo despejado del sábado permite que el sol cale a fondo. Lo agradecemos los caballeros que disfrutamos del paisaje de piernas salidas de microshort y ombligos destapados. Los pectorales llenos de vello —en su mayoría flácidos— son libres entre espaldas tatuadas y carriolas de colores. Los niños son la presencia más esperanzadora: durante los dos días de celebración encontraré un chingo de morillos sonriendo, comiendo, gritando, durmiendo, cagando o todavía en el interior de sus madres, saltando con la música que escuchaban afuera.

Es normal entrar a un festival y no saber para dónde jalar. Mi instinto me lleva hacía la Carpa Doritos, donde los Little Jesús cantan a dueto con la tierna Ximena Sariñana. El crepúsculo aparece sincronizado con un par de fumes. Como si esta postal se hubiera ensayado. El humo me lleva caminando lento, apendejado, hacía los saltos que la banda pega con Dr. Krapula. Minutos después aparece Big Javy de Inspector y la banca en la que me sentaba en secundaria es un espejismo mientras coreo “Como un sol” y “Amargo adiós”. Se espera con ansia a los Caligaris, mientras La Tremenda Korte arma el slam en el escenario Plata.

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El frío cae de a poco en una tarde cobijada por el ska. Una que queda corta; falta más slam, más mota, más banda loca. Quizá los que se desmadraban en el slam de hace unos años, o que salían volando lanzados por una cobija, o que se rifaban un sinfín de chichis pa´la banda estén aquí. Pero ahora cuidan de sus hijos. Son chavorrucos.

El primer día del Vive llega a su fin con el cumpleaños 50 de Pau Donés, vocalista de Jarabe de Palo. Antes, en conferencia de prensa, ha dicho que no tiene planes de morir. Y no hace falta poner aquí la historia de Donés con el cáncer. Jarabe de Palo pone el mode romántico de la noche. Después, mis ojos tratan de clavarse en los de Vicentico, que llenos de adrenalina se pierden al mirar a Flavio, que desmadra en el bajo. Los Fabulosos avanzan y yo sigo intentando adivinar la razón de la energía desbocada y la pupila dilatada de estos masters argentinos. vive latino 2017 fotos

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Llega el turno de los Babas, que deleitan con “Deléctrico”, “Gratis”, “Yegua”, entre otras rolas que Adrián Dárgelos lleva al éxtasis con su interpretación. “Para mí que trae unos poppers encima”, dice un carnal a lado mío. Alrededor de la 12:25 Lupe Esparza pisa el escenario principal y el estruendo surge. Los sombreros de palma y las cintas donde se leía “Bronco” toman sentido. El gigante de américa cierra la noche para que quede la huella, que sí que sí, que sí quede huella.

DOMINGO DE CLÁSICOS

El domingo el Vive me recibe con el  reggae de Antidoping. Los pulmones se llenan de verde fluorescente y el sol parece derretirnos a un ritmo lento, pausado, pero lleno de paz. El monchis pega duro, pero los precios —como es costumbre— me alejan de un jocho o de una Dominós, que alcanzarían para una sola muela. Ustedes saben, a veces se tiene que aplicar el clásico “comemos o bebemos” o “comemos o nos drogamos”.

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Llegar más temprano me permite visitar algunas de las novedades del festival. La zona llamada “El parque”, donde algunos chavorrucos pasean con sus hijos. Hay columpios, hamacas, pasamanos, una pared para escalar, pintura para la cara y una estación con agua gratis: sí agua gratis que, aunque sabe rara, apacigua la sequedad de la garganta.

A las 5:30 la plaga comienza a caminar hacía el escenario Plata, que se encuentra en el área grande del estadio El Palillo. Me dirijo al campo de futbol; pronto se conviertie en un salón de baile sesentero. La Sonora Santanera se presenta en este escenario celebrando sus 60 años y con clásicos como “La boa”, “Perfume de gardenias” y “Los luchadores” ponen a bailar y a cantar a toda la banda. El orgasmo estalla con “Rata de dos patas”, que canta Paquita la del Barrio en compañía de la Santanera y que alborota a las féminas más ebrias y adoloridas que pisan el medio campo.

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Es turno de escuchar a la chilena más intensa y sensual en nuestro país, “la memeada” y  a la vez querida Mon Laferte, que abre con “Tormento”, le sigue “Si tú me quisieras”, “Salvador”, “Amor completo”, y cierra a dúo con Juanes, “Amárrame”. Mon ayuda atrae el calor para los Hombres G, que atiborran el escenario principal. Desde lo más alto de las gradas del Foro Sol parecemos un mar que, al chocar de cada ola, corea “¡sufre mamón!”

El final está cerca. Zoé y sus veinte años de trayectoria nos abrazan. “Love” rebota en mi pecho y “Vía láctea” me hace recordar al grupo que tenían unos compas en la adolescencia. Cuando se escucha el último acorde la gente comienza a buscar una salida. Somos arrollados por un torrente de cuerpos inertes que se dirigen hacía un arrecife de concreto, con una salida de emergencia tan pequeña que muchos se estrellan contra las paredes. Entre los apretones reviso mi bolsillo derecho y mi celular ya no está.

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Encabronado, busco a mi alrededor algún rostro chaca para reclamar, pero la marea de gente nos sigue arrastrando. Me dejo llevar y recuerdo el poema de Nezahualcóyotl que minutos antes ha declamado —primero en náhuatl y luego en español— León Larregui: “No acabarán mis flores/ No cesarán mis cantos./ Yo cantor los elevo,/ Se reparten, se esparcen./ Aun cuando las flores/ Se marchitan y amarillecen,/ Serán llevadas allá,/ Al interior de la casa/ Del ave de plumas de oro”.

Estoy en el mar flotando de a muertito.


VIVE LATINO, TUS HABITANTES

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