Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Encontraba al vejete al menos una vez al día. Generalmente en un parquecito cercano a mi casa, tirado bajo la sombra de un árbol, diciéndole obscenidades a mujeres de todas las edades. Otras veces lo miraba dándole sorbos a una garrafita de mezcal o fumándose un gallo con otros vagos. Pero también lo veía desempeñando chambitas que se conseguía, según mis cálculos, no por necesidad, sino para hacer menos tedioso el corto trecho que lo separaba de la tumba.

Un anciano no requiere trabajar para sobrevivir. A esas alturas sería estúpido seguir tomando en cuenta patrañas como el éxito, la dignidad y el orgullo. Nimiedades solo importantes para un joven dominado por sus hormonas y por conceptos sin sentido, encumbrados como valores universales por generaciones y generaciones de estúpidos. Basta con que un hombre estragado por los años estire la mano unas horas, y las monedas llegarán puntuales. El abandono siempre es una buena respuesta al sinsentido de la existencia.

Voyeur

Llevaba siempre corbata, gorra y un parche rectangular de tela adhesiva, muy cerca de la nariz. Se lo ponía para cubrir un desagradable agujero que le atravesaba la mejilla dejando ver sus premolares. Quizá una marca de lepra. Era, en resumidas cuentas, un viejillo majadero y vulgar. Repelente. Pero yo procuraba siempre darle unos centavos. No por simpatía o compasión, ni porque fuera un perdedor como yo, sino por cobarde. Porque tenía la esperanza de que en verdad existiera el karma, y cuando yo fuera un viejo asqueroso la gente me obsequiara unas monedas que me permitieran pasar mis últimos días libre y feliz, como un perro callejero. Era una creencia sin fundamento, lo sé; tan estrambótica como adorar a una colonia de ratas o a un hombre crucificado. Pero a fin de cuentas, muy humana. Es casi imposible sustraerse del anhelo pusilánime y desproporcionadamente codicioso de vivir sin preocupaciones.

A veces, incluso, llegaba a comprarle cerveza y me detenía a fumar un cigarrillo con él. De las conversaciones que sostuvimos hay poco que decir. Afortunadamente el viejo no estaba interesado en contarme la historia de su vida, y yo prefería beber y fumar en silencio mirando cómo se relamía los labios después de darle un trago a la chela, devorándose con la mirada a los adolescentes que retozaban en el parque. Hombres y mujeres indistintamente. Era evidente que el muy puerco hubiera empeñado sus últimos días por follar o ser follado por cualquiera de esos jovenzuelos. Pero un día, uno de los fulanos con los que, como dije anteriormente, solía reunirse, me lo explicó en un tono canallesco mientras le estrujaba las nalgas. A este pinche ruco le truena la reversa cabrón. Le encanta la verga, al muy puto. “Ai tú dices jajajaja”, dijo, tratando de hacerse el gracioso. Pero el Viejo ni se inmutó. Escupió un gargajo negruzco, y masculló, acariciándose la barba piojosa. Prefiero cogerme a un cabrón, a huevo. Las mujeres huelen mal. Pero a ti, Chivigón, te apesta el culo y la verga. La respuesta del hombre provocó carcajadas grotescas en todos, menos en el Chivigón que se fue a lloriquear sentado en una piedra con la cabeza entre las manos.

No era un hueso fácil de roer ese vejete.

Sofía, por su parte, lo detestaba. Y le encabronaba sobremanera que yo pasara tiempo con aquellos pobres bastardos.

—Es un anciano cochino. Libidinoso. Siempre que voy sola camina detrás de mí diciendo guarradas. Pinche viejillo apestoso.

—No deberías ser tan mezquina, Sofía —le reconvenía yo—. Ese pobre cabrón está al borde de la tumba. ¿Acaso un hombre en sus últimos días no merece un poco de piedad? Deberías al menos enseñarle una teta o el hilo de la tanga.

—Eres un idiota, Carlos. Además dicen que es marica. Igual a ti te gusta y por eso estás ahí bebiendo con él y toda esa bola de borrachos asquerosos.

La verdad era que a mí me desagradaban tanto como a ella pero no podía desaprovechar ninguna oportunidad de joderla. Así que al menos una vez a la semana me detenía a escucharlos alburear e intercambiar sandeces mientras me fumaba un cigarro. Era una estrategia similar a la que utilizaba cuando dejaba a propósito, sembradas por todo el departamento, envolturas de golosinas o servilletas usadas. Una Guerra de Guerrillas, pues. Para una maniática del control como Sofía, aquello era parecido a darle toques eléctricos en los pezones.

Una madrugada, sin embargo, mientras regresaba a mi casa, drogado hasta las pestañas, encontré al carcamán en problemas. Estaba acorralado contra una esquina de las paredes que rodeaban, como un cinturón de piedra viva, el primer piso de mi edificio. Mantenido a raya por un bate de béisbol empuñado por mi vecina, una gorda cincuentona de piernas varicosas y cabello cenizo destrozado por la orzuela, el anciano gimoteaba, desmesuradamente asustado, tratando de hallar escapatoria.

Cuando me vio pensó que estaba salvado. “Cainal, cainal, me están madriando”, gritó. Pero yo no estaba en condiciones de auxiliarlo en nada. Solo me quedé ahí, mirando cómo aquella orca en camisón le cortaba el paso moviéndose a una velocidad sorprendente para su tonelaje, mientras gritaba histéricamente y le ordenaba a su marido, un esqueleto que observaba la escena con ojos de sueño, que volviera a llamar a la policía. Sabía que intentarías hacer eso, viejo maldito. Siempre que paso por el parque escucho cuando me dicen sus piropos, repetía una y otra vez la mujer. Yo había escuchado varias veces al viejo y a su pandilla hacer bromas escatológicas y en extremo soeces con respecto a ella pero jamás decir algo ni remotamente cercano a un piropo. No obstante, por lo visto, la mujer se sentía capaz de despertar pasiones.

—Vamos, ¿qué puede ser tan grave? Dejen tranquilo a este buen hombre —traté de intervenir, dirigiéndome al esqueleto, quien me ignoró por completo concentrado en remarcar, supongo, el teléfono de la policía. No así su mujer, que me miró hecha una fiera.

—¡Usted! ¡Usted! —me acusó iracunda— Usted también se junta con este vago. A lo mejor los dos estaban tratando de espiarme.

Y entonces comprendí todo claramente: el Viejo Cabrón estaba tratando de espiar a Sofía con la esperanza de verla desnuda o cuando menos en calzones, y se había equivocado de ventana asomando las narizotas en el departamento de la gorda.

En ese momento llegó la policía. Un convoy de cuatro patrullas, con la sirena abierta y un despliegue absurdo e innecesario de luces, del que bajó una decena de sujetos blandiendo escopetas y pistolas como si estuvieran a punto de capturar a un peligroso criminal. Los tres más jóvenes, charales recién salidos de la adolescencia, se adelantaron sin indagar nada para someter al Viejo golpeándolo con la culata de los fusiles en la espalda y las pantorrillas. Un ejemplo de valor y arrojo esos policías. El que parecía estar al mando le preguntó a la mujer si todo estaba bien. Sí, contestó ella. Pero ese fulano —agregó, señalándome— estaba con el Viejo.

Enseguida los charales dirigieron las culatas hacia mí y luego de darme el mismo tratamiento que a mi “cómplice”, me subieron,  esposado, al asiento trasero de una patrulla.

Debí haberme largado antes de ahí pero ya era demasiado tarde. ¿Alguna vez alguien ha tratado de razonar con un hámster? Quien lo haya hecho sabrá que no es una exageración asegurar que es  más fácil hacerle comprender algo al roedor que a un policía mexicano.

No abundaré en detalles pero esa noche, como no acepté darle tres mil pesos a un enano panzón y cacarizo que decía ser comandante, la pasé en una celda, hacinado junto con unos 30 borrachos que no paraban de vomitar y maldecir su suerte. Supongo que mientras yo lidiaba con esos malditos dipsómanos, mi vecina violaba a su marido excitada con la idea de resultarle apetecible a alguien, aunque fuera a un anciano roñoso. De cualquier forma, estoy seguro de que, en un mundo donde no reinara la insensatez, el matrimonio hubiera correspondido al detalle voyeurista invitando al vejete a montarse un trío de puta madre y todos felices. Pero en éste, triste y desequilibrado, la mayoría de las personas prefieren joder a sus semejantes antes que obsequiar un poco de placer, incluso a sí mismos.

A la mañana siguiente, luego de pagar una multa —por escandalizar en vía pública— y fregar, haciendo equipo con otros desgraciados, los pisos de las celdas y las oficinas, fui liberado sin que se me devolvieran los cigarros, el encendedor y las monedas que me vi obligado a entregar cuando me encerraron. El Viejo, por su lado, no fue tan afortunado. Resultó tener, me enteraría unos días después, cuentas pendientes con la justicia (un asunto de robos menores o algo así) y fue encerrado en un Reclusorio. Incluso algunos periodiquillos locales resaltaron la captura del “peligroso pájaro de cuenta” como un gran logro de la policía Estatal.

Esos cerdos sinvergüenzas.

Cuando regresé a la casa, hecho polvo y sin haber podido dormir un segundo en toda la noche, Sofía me preguntó —las noticias corren rápido en estos gallineros— con una sonrisa burlona en los labios:

—¿Ahora te dedicas a espiar a las vecinas?, ¿tú y tus amigos? Qué vergüenza, no mames…

—Jódete, Sofía —le respondí.

Editor Yaconic

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