Por Miguel Ángel Morales / @crash.mx

Cada quien elige el laberinto en el cual perderse. Unos son majestuosos, intrincados y de belleza aterradora; otros: pasillos sencillos y sosos, llenos de guiños que sugieren el camino a la aparente salida, pero que, a medida que se les recorre, uno descubre tramas imposibles. Los laberintos nos dan pistas de su constructor y del espacio en donde se despliegan.

Está, por ejemplo, la obra de Dédalo, que esconde al monstruoso minotauro entre sus paredes por las que Teseo debe pasar. O el eterno retorno nietzscheano, con su carga insoportable de repetición: asumir las consecuencias de cada acto en una suerte de loop perenne. O la gris arquitectura metafísica kafkiana, acaso el laberinto más angustiante que nos mostró hace un siglo un mundo que se antojaba fantástico pero que hoy es crudamente real en su desesperanza, burocracia y absurdo. El castillo imposible de penetrar.

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Dr. Ford (Anthony Hopkins).

A mi entender, es justo Franz Kafka quien ha descrito como pocos el poder ambivalente del laberinto como espacio agobiante y terrorífico, pero también como muestra de la ambición humana por alcanzar la totalidad y lo imposible, en un espacio donde conviven el infinito y lo doméstico. Gregor Samsa buscó una salida al morir como perro. Sin embargo, hoy sabemos que el escape es impensable. “Quien sólo busca la salida del laberinto no entiende el laberinto”, reza sabiamente un poeta.

Hay tantos laberintos como ejercicios de imaginación: el Hotel Overlook de The shining, con sus corredores amplios y habitaciones interminables, donde Jack Torrance enloquecerá y se perderá entre la nieve; las intrincadas capas del palacio mental de Dom Cobb a las que constantemente se sumergirá sin eludir del todo el recuerdo de su difunta esposa; o la cárcel subterránea propiedad de un pedófilo en esa pequeña obra maestra llamada Prisoners.

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Man in Black (Ed Harris).

‘WESTWORLD’, LA PESADILLA LABERÍNTICA

De entre las producciones cinematográficas recientes, no obstante, tengo cierta debilidad por Westworld. El megafilme de HBO lleva al extremo la pesadilla laberíntica en un típico escenario sacado de cualquier spaghetti western, pero convertido aquí en un centro de diversiones para excéntricos burgueses que aman las experiencias límite. Parecería poca cosa de no ser por su toque de ciencia ficción que logra amalgamar un remake que ya había visto la luz en el lejano 1973, pero que, bajo la mirada de sus nuevos creadores —los estupendos Lisa Joy y Jonathan Nolan— adquiere nuevos bríos y ramificaciones enfermas.

Al igual que en aquel filme de Michael Crichton, en la nueva versión pronto descubrimos que los hosts son robots que cumplen mecánicamente las funciones que les fueron asignadas ad infinitum. Hay robots vaqueros, robots damiselas (no tan) en peligro, y robots forajidos. Todo envuelto bajo la idea —hoy en día el arte no es tan diferente de una elaborada campaña de publicidad, parecen decirnos Nolan y Joy— del peligro domesticado: el burgués ocioso que paga por experiencias extremas. Similar a un safari con guaruras, hacer trapecismo con malla de seguridad o el infame black tourism. Pero Westworld, la serie, aspira a más.

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Dolores (Evan Rachel Wood).

Ese plus radica en el genio de Jonathan. Hermano del famoso Christopher, considerado un referente de cierto tipo de cine taquillero que no pierde de vista la rigurosidad, Jonathan se había colocado detrás de su manto desde inicios de la década pasada. Pero el menor de los Nolan posee la mesura que el director de Interestelar a veces pierde. Es uno de los grandes aciertos de Westworld que la desmarca de su predecesora. Y es justo bajo el mando de Jonathan que podemos ver la tersura de un producto accidentado pero con varios momentos de enorme belleza sintética. En efecto, no olvido que algunas de sus tramas no se resuelven con delicadeza (de hecho casi se tambalean), pero el resultado final convence gracias a la dupla Nolan-Joy.

Westworld busca que el espectador se identifique más con los anfitriones que con los humanos. Los primeros son meros gólems atados a las órdenes de su creador, el Dr. Ford (un obsesivo compulsivo interpretado por el soberbio Anthony Hopkins), en espera de clientes dispuestos a derrochar su dinero en putas, encuentros con bandoleros, peleas de cantina y excesos. En tanto, los segundos parecen desensibilizados, ávidos consumidores de experiencias artificiales. No muy distinto de los usuarios de Instagram  u otras redes sociales que consumen una cantidad ingente de imágenes, silenciosos psicópatas en busca de fama provisional.

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¿ES PROPIAMENTE UN HOMBRE?

Pero volvamos a los robots. Como toda historia de inteligencias artificiales, nuestros personajes plásticos adquieren consciencia; un principio de realidad que les susurra a menudo: “el mundo que habitas es un gran montaje que inevitablemente estás condenado a repetir durante tu miserable programación”. Sí, resuenan todo el tiempo Isaac Asimov, Philip K. Dick y Nietzsche a través de cuestionamientos sobre la naturaleza de lo humano. Robots que sueñan sueños jodidamente vívidos, que uno difícilmente llamaría artificiales. Pero lo son.

Y lo terrible de Westworld, repito, es su laberinto: al día de hoy seguimos sin saber qué hay fuera del centro de diversiones, por lo que no sabemos si todo es parte de una trampa en la que el espectador ha caído también a merced de los creadores de la serie. Eso es lo que pasa con los androides: buscan las respuestas a sus preguntas, a su origen, al tiempo que intentan escapar de este infierno virtual diseñado para que los clientes satisfagan sus más bajos instintos.

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Maeve (Thandie Newton).

Pese a tratarse de material inorgánico, su autocuestionamiento y capacidad de mentira representa una magnífica parábola de la condición humana, acaso la verdadera naturaleza de la humanidad. Maeve (Thandie Newton, la revelación de la serie) es el ejemplo perfecto de la desmesura humana, una suerte de Frankenstein que al descubrir el engaño de sus dioses busca destruirlos. Su propio laberinto yace en la confusión de su origen, su pasado, y la (im)posibilidad de crearse un futuro lejos de su diseñador.

Por otro lado, está la apacible y hermosa Dolores (Evan Rachel Wood), el personaje más sinuoso de toda la serie. Ella es la vívida imagen del laberinto moderno. Mezcla de Madame Bovary (“Dijiste que la gente venía aquí a cambiar la historia de sus vidas. Yo imaginé una historia en donde no tengo que ser la damisela”), Anna Karenina y heroína feminista. Sabemos que ella esconde el crimen mayor del entramado de Westworld, cosa que logra desvelarse después de miles de vueltas de tuerca: Dolores es una Raskólnikov posmoderna atrapada en un laberinto onírico: su crimen la llevará a perderse. En el capítulo final de la primera temporada, increpa a su creador: “Así que estamos atrapados aquí, dentro de tu sueño. Nunca nos dejarás salir”. Socarronamente, Ford le responde con una pregunta: “¿No fue Oppenheimer quien dijo que cualquier hombre cuyo error tarda 10 años en corregir, es propiamente un hombre?”.

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El mismo universo de Westworld parece estar constituido con una estructura iniciática de pruebas, en las que los juegos de rol y los simulacros ocupan ahora el lugar que otrora tenían las aventuras antiguas, cuando pululaban los héroes trágicos que caminaban de la mano de los dioses. En esta epopeya sintética, el peso del destino vuelve a ser relevante, pero ahora se encuentra cargada de un componente de desencanto y cinismo, componentes altamente corrosivos como el poema termonuclear de Oppenheimer.

UN MUNDO NUEVO SE ASOMA

Cuando imaginamos un laberinto, aun cuando no hayamos visitado uno propiamente, lo hacemos con los materiales de la ficción: las imágenes que vemos en Internet, nuestros pequeños espacios vitales se han basado en ella para construir espacios urbanos y distinguir a sus distintos ciudadanos. Dicho de otro modo: sabemos que el Viejo Oeste es una ficción que los gringos se autorregalaron para crearse un sentido heroico. Nunca existió en un plano real sino mítico. Pero, ¿quién puede decir que estos mitos son menos reales que los de los antiguos dioses griegos o el del Apocalipsis? Si algo han sabido construir es nuevos espacios para mentes que han dejado de creer en el telos de la modernidad.

Lo mismo ocurre con el fake plastic west de Nolan: un mundo nuevo se asoma con la amenaza de volverse eterno. Como un robot.

Editor Yaconic

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