Por Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto

Woody Allen ha fracasado en Café Society. Recién estrenada en México y producción punta de lanza de la 61 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, en la cinta mucho sobra y poco se rescata. Woody se queda en una anécdota francamente olvidable.

Café Society cuenta entre su reparto con Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Parker Posey y Blake Lively. La cinta se desarrolla en el Hollywood de los treinta y gira en torno a Bobby Dorfman (Eisenberg), ingenuo joven proveniente de una familia judía neoyorquina que llega a Los Ángeles a buscar suerte, tratando de insertarse en la meca del cine con la ayuda de su tío Phil (Carell), exitoso agente que se codea con luminarias de la gran pantalla. Bobby conoce a Vonnie (Stewart), de quien poco a poco irá prendándose, ignorando que ella tiene otra relación amorosa en su vida.

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En Café Society Allen intenta explorar los temas que le son más afines: los enredos amorosos, las relaciones familiares, el mundo del cine, las diferencias entre la vida en California y Nueva York, la infidelidad y el engaño. Tópicos que ya ha abordado antes en su filmografía, pero que en esta ocasión no logra asir en lo absoluto: el guión resulta frívolo y endeble.

La historia transcurre en una atmósfera que al principio parece de ensueño —en parte gracias a la fotografía de Vittorio Storaro—, pero dentro de esta hermosa paleta de colores cálidos y pastel nada sucede o nada parece suceder. Los giros dramáticos son prácticamente inexistentes y cuando ocurren generan reacciones en los protagonistas tan imperceptibles como la picadura de un mosquito.

Sorprende que Woody, veterano director de ensambles actorales, haya sido incapaz de darle al elenco esa sensación coral que frecuentemente redondea hasta sus obras menos afortunadas. Ver esta comedia romántica es tan ligero como beber un café descafeinado y así transcurre: sin sorpresas ni sobresaltos. Incluso se extrañan los agudos destellos de Allen, cuyas frases y reflexiones muchas veces valían tanto la pena como para salvar una película de sus llamadas “menores”.

cafe society, woody allen

En esta ocasión el director se encuentra más allá de toda redención. Aunque Eisenberg actúa satisfactoriamente como uno más de los alter egos cinematográficos de Woody, su actuación carece de matices y es acartonada, cuando sabemos que es capaz de más. La elección de Kristen Stewart es desafortunada, no solo porque la considero una de las actrices más sobrevaloradas de la actualidad, sino porque su oportunidad con un director serio transcurre por los derroteros de la mediocridad. Por otro lado, Parker Posey, que hizo tan buen trabajo en la anterior producción de Allen, Un hombre irracional (2015), se ve totalmente desperdiciada.

No ocurre lo mismo con Blake Lively, que es mucho más que una cara bonita. En sus breves minutos en pantalla deja una brillante impresión, efectiva y autocontenida, al servicio de su papel secundario como la esposa de Bobby Dorfman. Steve Carell, que tiene tablas y viene de interpretar papeles dramáticos que lo desmarcan de sus inicios como comediante —Foxcatcher (2014)—, hace un trabajo decoroso que sostiene por momentos un argumento que se cae a pedazos durante los interminables 96 minutos. En algún punto de la historia uno siente que el autor ya no encuentra nada más que decirnos, como una de esas tristes conversaciones con un viejo amigo al que ya no se le tiene nada que decir.

La narración en voz en off del propio Woody sale sobrando; no aporta nada a las acciones; carece del encanto y el ritmo que el cómico solía entregar con sus mordaces líneas bien dosificadas. Así, sus pocos intentos por imprimirle algo de reflexión filosófica a la trama fracasan rotundamente. Uno termina de ver la película sin que nada haya cambiado.

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Woody pierde la oportunidad de satirizar y radiografiar el Hollywood de dicha época, donde pareciera que el glamur viene implícito tan solo con mencionar algunas referencias de las estrellas de antaño, cuestión que bien pudo zanjar incluyendo cameos de peso como ocurre en sus exitosas Annie Hall (1977) o Celebrity (1998). Asimismo, fracasa en lograr una ambientación adecuada que nos remita a los tiempos en los que se desenvuelven los personajes, esa nostalgia que no puede evitar adentrarnos a su ya vieja Días de radio (1987) o la más contemporánea Medianoche en París (2011).

Si acaso, la película es disfrutable por la elección de la banda sonora, con jazz y baladas de la época que el director conoce bien. Visualmente no tiene pérdida, debido a la maravillosa fotografía del multipremiado Storaro (Apocalipsis ahora, El último tango en París, El último emperador). La edición es desidiosa, se puede constatar por la falta de cadencia y fluidez al contar la historia. La única novedad es que es su primera película filmada de manera digital y con Amazon como casa productora.

No pudo haber peor elección para inaugurar la más reciente edición de Cannes, donde fue recibida con indiferencia por la crítica especializada. Aunque si algo se nota en sus patrones de producción, es que Woody tiende a entregar películas grandes y medianas de manera intermitente, y si la bien lograda Un hombre irracional precedió Café Society, la siguiente podría ser su regreso a las riendas de lo que mejor sabe hacer.

Para nuestra mala suerte, y tal y como se dice en uno de los pocos gags lúcidos del filme (que refiere a Sócrates cuando dijo que “Una vida sin examen no merece la pena de ser vivida”, y a lo que alguien responde: “Pero una vida examinada tampoco es una ganga”), se intuye que el gran Woody trató de regatearnos con un café sin cafeína y, para colmo, frío.

Editor Yaconic

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