Por Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto

Abe Lucas (Joaquin Phoenix) es el nuevo profesor de filosofía en una universidad cercana a Providence, Rhode Island. Las expectativas son altas; su fama le precede. Nihilista, mujeriego y alcohólico son los adjetivos con los que se califica al atormentado maestro incluso antes de llegar. Y no decepciona: cuarentón de barriga incipiente, bebe a deshoras y parece no importarle nada de lo que ocurre a su alrededor. Pero detrás de su fachada se esconde una profunda depresión que pronto descubren su colega Rita Richards (Parker Posey) y su alumna más adelantada, Jill Pollard (Emma Stone). Ambas se sienten irresistiblemente atraídas hacia su desesperanzado semblante.

Así inicia Un hombre irracional (Irrational man, 2015), el más reciente filme de Woody Allen. Pero no se confunda: éste no es uno más de sus dramas exploratorios de las relaciones interpersonales —aunque también tiene algo de eso—, sino la disección de temas que son afines al director en su vasta filmografía: dilema moral, culpa acompañada de pulsiones criminales, amor en la edad madura, filosofía y la religión.

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El conflicto que plantea Un hombre irracional es dostoievskiano. A diferencia de Crímenes y pecados, El sueño de Cassandra y Match Point, en las que el motor del crimen es pasional, aquí es fruto del raciocinio: todo está premeditado; no entra el dilema religioso de Crímenes…, sino una disquisición estrictamente filosófica. Abe Lucas se basa en argumentos por los que discurren la estética del asesinato y la dicotomía ética-moral para encontrar un motivo y salir del marasmo existencial que lo invade. En su mente, lo que es condenable socialmente no lo es tanto si se trata de un deber humanista —como lo es ayudar al prójimo sin intereses de por medio.

Con todo y guiños literarios de por medio —un busto de H.P. Lovecraft en la biblioteca de la universidad y El idiota y Crimen y castigo, libros de Dostoievski predilectos del protagonista— Woody Allen parece dialogar con un autor que no se menciona, pero que dado el tópico presentado se intuye que es Thomas de Quincey, en su ensayo “Del asesinato como una de las bellas artes”:

Todo en este mundo tiene dos caras. El asesinato, por ejemplo, puede verse por su lado moral (…) o puede verse desde el punto de vista estético, como lo llaman los alemanes, es decir, en relación con el buen gusto (…) La gente empieza a darse cuenta de que en la composición de un bello crimen intervienen algo más que dos imbéciles, uno que mata y otro que es asesinado, un cuchillo, una bolsa y una callejuela oscura. Un designio, señores, la agrupación de las figuras, luz y sombra, poesía, sentimiento, se consideran ahora indispensables para intentos de esta naturaleza.

En ese sentido la transformación de Abe Lucas no obedece al entorno: se supedita a lo que ocurre en su interior: la necesidad de perpetrar un crimen perfecto, bello en sí mismo. Por eso no es de extrañar que se arriesgue en los linderos de lo que es legalmente aceptable y que, al verse atrapado, tome decisiones sin escrúpulos pero llenas de una lógica imbatible, que no es otra cosa sino el afán de supervivencia, aunque sea espiritualmente hablando. Después de todo: ¿qué es la libertad sino el triunfo de la voluntad? Woody Allen parece responder la pregunta con más preguntas, ya que cuando se abre la ventana del libre albedrío, existe el riesgo de caer en una espiral sin límite, tal como prefiguró De Quincey no exento de humor:

Si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes. Una vez empezada esta marcha cuesta abajo, no se sabe nunca dónde hay que pararse. Muchos hombres han iniciado su ruina al cometer un asesinato de un tipo u otro, que en ese momento creyeron que no tenía la menor importancia.

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Esa es la lección final para la alumna Jill Pollard: el instinto no se rige por la filosofía de la moral porque es matar o morir es una constante evolutiva. El desenlace anticlimático es redondo ya que usa como elemento simbólico la linterna que Jill gana en una feria como prueba de que la suerte está de su lado. Pero no es la suerte lo que está presente, sino el azar… Esa misma cuestión azarosa que desemboca en un sorpresivo giro dramático, cerrando el círculo mientras pensamos: ¿Provocó su trágico destino con sus decisiones irracionales? O quizá el discurso de Allen nos dice que lógica o ilógicamente no controlamos nada en realidad. ¿Causalidad o casualidad?

Abe Lucas lo anticipa cuando en sus clases: en una escena les dice a sus alumnos que el imperativo categórico de Kant no aplica en la vida real, porque si tuvieran a Anna Frank escondida no la denunciarían ante los nazis. Es decir, en situaciones límite lo que uno menos piensa es en términos filosóficos. No obstante, este imperativo categórico se ve representado en la moralina de la joven Jill, que comienza siendo sincera ante sus propios deseos aunque después termine por confesarlos, tan sólo para erigirse posteriormente en su atalaya moral al juzgar las acciones del profesor Lucas.

En contraste, Rita —magníficamente encarnada por Posey— ha visto los entresijos que caracterizan la naturaleza humana y no se atormenta en vanos remordimientos: simplemente desea vivir y sentir, realizarse y ser amada, sin importar que su egoísmo destruya a otros en el ínterin. La búsqueda de la felicidad individualista no perdona a nadie.

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Sobre estos cauces dilucida el guión de Allen. Decir que es una obra menor en su haber es un lugar común entre los críticos faltos de ideas. Decir que se repite es una obviedad, al igual que decir que el director neoyorquino se nota avejentado en sus propuestas. Pero algo que a veces tendemos a olvidar es el excelente domino técnico y narrativo que aún mantiene, de tal manera que en esta realización apenas y se nota la mano del también clarinetista.

Sus encuadres, desplazamientos y planos —aunque sean de un hermoso atardecer— se subordinan a la historia, exigiendo del espectador que se abstraiga de un relato apasionante para alcanzar la comprensión de su maestría; cuestión que no se le endilga gratuitamente porque ha sido ganada a pulso, aunque Allen sea tembloroso como la gran mentira detrás de las pasiones humanas. Ahí radica su acierto: nos ha vuelto a poner nerviosos, indecisos y polarizados ante lo visto. Nos ha mandado a casa con serias dudas, reflexiones y, sobre todo, con ideas. En eso consiste el valor de su cine, que pervive en una industria de grandes producciones con guiones complicados que no tienen mucho que contar y, paradójicamente, tienen poco que decir. He ahí la razón por la que hasta su peor filme —no es que Un hombre irracional lo sea— consista en lo mejor que se puede encontrar en la cartelera comercial hoy por hoy.

Editor Yaconic

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