La Calandria de Bach

Zuzana-Ruzickova-1

Por Pablo A. Anduaga

Nadie había ejecutado (y menos grabado) los trabajos completos de Bach para clavecín: una tarea considerada imposible quizás debido a su vastedad, complejidad y diversidad. En dichas partituras va contenido el secreto de lo que entendemos como ser humano. Tuvieron que pasar más de 300 años para que una enfermiza niña checoslovaca nos iluminara.

15 de Marzo de 1939. Tropas nazis toman Bohemia y Moravia. Miles de familias judías son deportadas al gheto de Terezin, entre ellas toda la familia Ruzickova. Había sólo dos destinos, ambos infernales: los infames campos de concentración de Auschwitz y Hamburgo fueron la tumba de miles de judíos obligados a los trabajos forzados impuestos por el régimen alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Zuzana y su madre –únicas sobrevivientes de toda su parentela- conocieron ambos.

Antes de la primavera de 1937, cuando Zuzana tenía 10 años, había ya escuchado una música que inmediatamente se le hizo familiar. Sus manos fueron conectadas del cerebro al corazón para que a través del piano descifrara ese enigma innato, aunque  incomprendido, en su espíritu. No fue la única similitud que tuvo con Bach, su complicada ruta de vida fue también una constante de proezas que asombró a la humanidad. La débil salud de Zuzana hizo que sus padres siempre se resistieran a sus largas horas de estudio. Cuando descubrió el clavecín no hubo maestros ni instrumentos disponibles en su pueblo natal de la extinta Checoslovaquia, sin embargo ese fue el menor de sus paradigmas.

Inconsciente por la tifo que la azotaba, la adolescente de 18 años recibía la liberación rusa en 1945. A los horrores y desesperanza se sumaban sus dedos destrozados (casi como el alma de cualquier superviviente) por las interminables horas de trabajo en obras de construcción en los campos de concentración. A pesar de eso, Zuzana demostró que dentro de su aparente frágil cuerpo ardía una voluntad sin límites. Su pasión por el clavecín la impulsó a retomar sus estudios. Marie Provazníková, maestra desde la infancia, lloró por el flagelo al que fueron sometidas las manos de Ruzickova. Su entrenamiento inició de cero y en sólo dos años logró recuperar su nivel: en 1947 entró a la escuela de Bellas Artes de Praga,  se graduó en el 51 y para el 56 ganaba en Munich un concurso que la catapultaría a una carrera de más de 50 años de conciertos en todo el mundo.

No podía ser de otra manera: llamada la Primera Dama del Clavecín (superando a la mítica Wanda Landowska) se ganó el título a sangre, su entendimiento para la música de J.S. Bach, el compositor más importante del género humano, es único. Zuzana Ruzickova toma los hilos de las partituras creadas por Bach y teje, con una claridad inaudita, el secreto de la cumbre estética en líneas melódicas cristalinas que nos revelan la maravilla de nuestra especie. Su música para clavecín está permeada por todo el amor a su familia (Anna Magdalena Bach) y su investigación y desarrollo musical (Variaciones Goldeberg, El Clave Bien Temperado) siempre van de la mano de su absoluta devoción a Dios.

La maestra Ruzickova se casó con su alumno, el compositor checo Víktor Kalabis, y tras su fallecimiento en 2006 fundó una asociación para promover su obra. En 2008 participó en el documental Seven Lights, recuento de testimonios de las mujeres sobrevivientes al Holocausto y su relación con el nacionalismo extremista que se vive en buena parte de Europa Oriental. En la última década ha sido galardonada con los máximos reconocimientos en Francia, Alemania e Inglaterra, destacándose el otorgado por la UNESCO en 2011 por su legado a la música checa. Aunque se retiró como concertista lleva una intensa agenda dividida entre la enseñanza y la promoción musical de su país, es además miembro honoraria y vitalicia de numerosas organizaciones dedicas a la difusión de la música (clásica y contemporánea). La simbiosis Bach/Ruzickova esperó 300 años, trascendió el tiempo y nos dio un regalo urgentísimo para nuestros días: ESPERANZA.

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