Hace unos años, cuando Joaquín Sabina venía a la Ciudad de México con la gira 500 Noches Para una Crisis, ahí entre la multitud me encontré con un colega de pasiones ‘sabineras’, una de esas personas que, a primera vista, parece poco amigable pero muy profundo. Y lo fue.

Minutos antes del primer puntillazo sobre el escenario, aquel personaje, que lucía la camiseta del Atlético de Madrid, me soltó algo como:

llevo años esperando para escuchar estas canciones en vivo, este disco que cambió mi visión de la vida muy profundamente. Es cierto aquello de que el mejor crítico es el tiempo”.

Y también es el mejor amigo. La ovación multitudinaria dio pie a uno de los conciertos más reflexivos de mi vida.

Justamente, durante esa gira, Joaquín Sabina declaró que 19 Días y 500 Noches es el disco de su vida, el mejor. Lo dijo en varias entrevistas a diestra y siniestra, como si no le quedara ni una pizca de duda al respecto. Quizá tenga razón. Lo que no puede negarse es que se trata de uno de los álbumes más importantes de habla hispana, y que hoy, 20 años después, sigue manteniendo esa mezcla de juventud y experiencia, como lo ha sido Sabina a lo largo de su trayectoria.

“Ahora que tengo un alma que no tenía. Ahora que suenan palmas por alegrías”.

Joaquín se adentra a una etapa adulta (ya nos había dejado ver un poco en “Tan Joven y Tan Viejo”, último tema de Yo, Mi, Me, Contigo, el álbum que precedió a 19 Días y 500 Noches con la sola firma de su creador), dando al escucha una colección de canciones con un dejo de nostalgia, profundidad y, sobre todo, intimidad. Es Sabina entregando su corazón.

Cuatro años atrás, en mayo de 2015, comprendí aquello de que la música, con los años, cobra sentido. Pero, más que la música, las canciones. Pocos músicos en la actualidad han entendido la importancia de la palabra, de los textos. La llamada “escuela Dylaniana”, en la que no hay música, si no hay texto, atraviesa por un periodo de crisis (crisis existencial, crisis del alma, nerviosa, ansiosa, ¡qué sé yo!), y aunque no se trate de “el Dylan español”, como se le ha catalogado, Joaquín Sabina ha sabido tejer esa sociedad entre el ritmo y la melodía con la palabra, y lo ha hecho de tal manera que hoy resulta casi un deber pronunciarse, decir algo a través de las canciones. De lo contrario, ¿para qué cantar? ¿Por qué? ¿De qué sirve?

Poco importa si uno le canta al pasado, al presente o al futuro, y ese es, probablemente, el mayor legado de 19 Días y 500 Noches, con una introducción que nos instala a la mente -quizás en crisis- de su creador y nos guía hacia un discurso sincero, crudo en algunas ocasiones, como en “A Mis Cuarenta y Diez”, y triste, dotado de mucha nostalgia. Joaquín Sabina, en su mejor momento como músico y cantante, pasando por un periodo catártico que culmina con un “que el fin del mundo te pille bailando”, en una de sus canciones más emblemáticas y entrañables.

Resulta impensable -y hasta indecoroso- destacar una canción por encima de otra, cuando la obra en su totalidad goza de calidad absoluta. Sin embargo, algo que sí merece mención aparte es el cantante; el sentimiento, el desgarro, la voz de Joaquín vive a sus anchas; sube, baja, desfallece, sonríe, lucha, se levanta, se rompe, se desnuda, como si no hubiese un mañana.

Cada tema, con sus múltiples capas, nos regala la mejor versión del Sabina cantante, y eso también es gracias a su productor, Alejo Stivel, que supo entender el complejo universo ‘sabinesco’, otorgándole al autor la libertad de expresarse a su manera desfachatada, sin concesiones y con la sinceridad por delante, sin importar que te dejara roto el corazón o la vida misma.

El próximo 14 de septiembre se cumplen dos décadas del lanzamiento de 19 Días y 500 Noches, un disco que, con el transcurrir de los años, permanece incólume en la generación que lo vio nacer y lo abrazó, así como en aquellos que lo descubrimos más tarde, cuando atravesábamos por esos periodos de crisis que la vida nos regala cada que se le antoja. “Que el corazón no se pase de moda”.

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Alonso Efeese

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