Johnny Indovina pasea una y otra vez por la ciudad. Desde hace años se le sabe encantado por la colonia Roma. los Botones del Hotel Milan tiene claro que es cliente preferente. Lo esperan por que saben que aunque no haya fecha fija un día de estos volverá a marcar el territorio ganado desde hace dos décadas. Piensa en lo que se viene a continuación para celebrar, en 2020, los 35 años de Human Drama.

Le gusta la suite con vista a Álvaro Obregón. Esa donde se puede fumar y arar al aire con el humo convertido en los cuerpos femeninos con los que dialoga en sus canciones. Por ello sus voces casi nunca faltan en el fondo de muchas de sus piezas. Más que arreglos constituyen condición indispensable de sus introspecciones, la razón de muchas de sus reflexiones. En ello se parece a Leonard Cohen. En eso y en la atemporalidad que se logra colocando ciertos elementos contratantes en la proporción exacta para crear atmósferas perdurables por melancólicas…

Y luego resulta que se parece a Cohen por inercia. Le preguntamos si Delancey street, su nuevo sencillo, hace referencia a la zona donde el poeta canadiense vivió cuando no lo hizo en el Chelsea Hotel y respondió que no lo había pensado. Fue él quien directamente experimentó vivencias en esa zona de Nueva York de por si inspiradora de miradas elegantes, desafiantes casi siempre enfundadas en negro, protegidas por sombrero y si, de nuevo, humo de cigarro como altivo complemento al vapor de la lluvia y el gas de las alcantarillas. Todo lo que los perdedores han de necesitar.

Recordarle a Johnny sobre aquella categoría de “Blues gótico” que le colgó la Mosca en la Pared a finales de siglo es arrancarle una carcajada. Él está claro en su convicción por la falta de etiquetas. Sus influencias quedan claras en el álbum Pinups (1993), un majestuoso tributo a Bowie, Pink Floyd, Genesis, Nico DeVille, y algunos más que junto con Cohen han trascendido como dispositivo contra la liquidez y como punto de partida para la búsqueda de nuevos sonidos.

El principio fue algo más new wave y post punk. Escuchar Feel (1989) es recetarse tremendas guitarras que auguran una potencia al borde el heavy metal que poco después explotó cargado de una frivolizante moda “hair”. La profundidad de la voz que alterna sigilo y desgarros es sin lugar a dudas un sostenido característico de sus proyectos, pero después de ello es imposible no darse cuenta del sonido de cada álbum. Las cuerdas en The world inside (1992); las guitarras de Cause and effect (2005), el piano en Songs of betrayal (1995) Quizás Solemn sun setting (199) es a la postre el más ecléctico de todos pero su sonido y disposición pop permite diferenciarlo de los demás. Por ahí van las coordenadas de este fanático de Emmylou Harris (su álbum favorito es el Wrecking ball, joya producida por Daniel Lanois en 1993), que reconoce estar descubriendo a la legendaria Lucinda Williams. Buenos augurios.

A estas alturas resulta inexplicable que Indovina y Human Drama no hayan traspasado más fronteras que las mexicanas con algunas excepciones hace ya varios años. Sin embargo no deja de ser un lujo que sea un acto habitual en nuestra Ciudad en la que recopilar sus presentaciones derivaría en un vasto mapeo de los sitios que han visto crecer nuestra cultura subterránea. Desde el museo del Chopo hasta el Real Under pasando por Rockotitlan el DaDaX pasando algunos garitos que no sobrevivieron y algunos lujosos escenarios que no merecen la mención.

Ser su ciudad adoptiva es un lujo que hay que valorar en toda su dimensión. Aquí donde el gótico hecho raíces más que en muchos sitios del mundo, Human Drama nos brinda el privilegio de sintonizarlo con fantasmas del folk norteamericano con el que aún tenemos deuda de escuchas. Ese matrimonio sonoro abre carreteras interminables que aseguran vigencia interminable. Su arraigo entre nosotros nos recuerda el valor de lo entrañable en medio de oscuridades donde la luz arrinconada en la esquina del cuarto resulta acogedora y esperanzadora. Ya queremos verle otra vez.

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