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‘CAPITÁN, ESCÚCHAME. EL ÚNICO OCÉANO ESTÁ ENTRE NOSOTROS’
OPINIÓN

‘CAPITÁN, ESCÚCHAME. EL ÚNICO OCÉANO ESTÁ ENTRE NOSOTROS’

Retrato escrito del actor Sid Haig (1939-2019)

Este capitán era uno de esos valiosos mortales que se encuentran en todo tipo de profesiones, aún en las más humildes; esa clase de persona a la cual todo el mundo está de acuerdo en llamar “un hombre respetable”.

Billy Budd, el marinero (1924), Herman Melville.

“Los premios tienen menos importancia que el hecho de que un niño de diez años te diga que ama al Capitán Sparrow”, suele divagar a los flashes por ominosas y largas alfombras rojas el tan mórbidamente hinchado en alcohol Juanito Profundo (Johnny Depp, para las niñas). ¡Eso no es nada, Soquete, a mis hijos los moja el Capitán Spaulding y la sangre que emana de su cutter! Personaje que gusta de la tortura, el engaño, los asesinatos y la carne humana… Eso te enseña más de la vida (o de la muerte) que un afeminado pirata ondeado en Ron. Sí, es cruel, pero al menos el Doctor de la Muerte insta a los niños comer “pollo frito” y a permanecer unidos como familia, gozando de buen optimismo y riendo de absolutamente todo. Eso es la fuckin life y la inocencia es un constructo social.

Además de ser el supervillano ‘Rey Tut’ en la serie ‘Batman’ de 1968, Sid Haig, el actor californiano nacido en Fresno, trabajó en facturas como ‘Daniel Boone’ en el papel de Tifón, en ‘Che!’ De 1969 dirigida por Richard Fletcher, en donde interpreta el papel de Antonio; actúa en ‘El Súper Agente 86’ (1965–1970), ‘Misión Imposible’ (1966–1970), la ardiente y mórbida ‘The Big Doll House’ (1971) escrita por el gran Don Spencer, ‘Savage Sisters’ (1974) de Gerry Romero, ‘Los Ángeles de Charly’ (1978), ‘Underground Aces’ (1981), ‘Misfits of Scilence’ (1985–1986) –altamente recomendable–, y así, por 147 súper producciones, hasta llegar al personaje de Jay en ‘Kill Bill: La Venganza, Volumen 2’, un camarero en el club de strip-tease ‘My oh my’, propiedad de Larry Gómez.

Pero no fue hasta el 2003, cuando nació de la mano del músico y director de cine Rob Zombie (quien merece un artículo completo), su violenta, maquillada y psicótica Majestad: El Capitán Spaulding, que yo alucinaba, acompañado de ratas, fosas sépticas y fúnebres, recluído en el Cereso de Uruapan, en Michoacán, México, al lado de reos medrosos que salivaban fútbol y hechiza droga de prisionero, que no era nada mala (no está de más decirlo). El Capitán Spaulding se llevaba la suciedad de los días y de los pisos, el sabor sintético de la comida de vinyl, el olor a orín y mierda, la puñalada en el ojo. La carcajada de Sid Haig es un pozo profundo de dónde sacar vitalidad, un socavón donde podías arrojar al enemigo, como metáfora oscura de la indolencia.

El payaso maldito me hacía sobrellevar la jornada ahí dentro. Infestado de soledad y encierro, en el fundillo del infinito, la cárcel, el invento occidental por excelencia para ficcionar la reinmersión social y hacer perder el tiempo.

Un Payaso, a lo ‘Príncipe de la Canción’: “Uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser”. El patriarca que suministra; el padre amoroso; la ganzúa para las sonrisas forzadas; el Clown loco de las avenidas del extrarradio; la semilla a punto de romper; la carcajada sin risita; el grito preñado de terror; la sonrisa o el cutter. Sí, uno no es lo que quiere…

Sin embargo, me tocaba mucho las pelotas el sombrero de copa con estrellas a lo Tío Sam y todos los pelmazos gringos, lo demás sí que molaba: El azul cobalto arqueando sus cejas sobre el maquillaje blanco de las funerarias Vergara, las ovaladas manchas rojizas en las mejillas muertas apenas insinuándose, ahí, en la inmaculada rugosidad de viejo sabio, la barba deteriorada, rota, nívea como el alcaloide, los labios negros, obscenos, las cejas escuálidas como escalpelo; pero sobre todo, la mirada, una mirada que ha llegado a independizarse de la ternura humana, al ser negada como potencia detonadora de la personalidad del payaso de fiestas, y ha acabado por independizarse también de la estética del Clown, al ser afirmado el valor visual del miedo. El Capitán Spaulding es la efigie de la pesadilla más atroz, el circo itinerante de las fobias del mundo.

Ilustración: Correopola

En el penal, vislumbré ‘La Casa de los 100 Cuerpos’, al lado de reos tristes que pensaban en el miedo que no podrían despejar de las cabezas pequeñas de sus hijos por estar encerrados en ese feo y apestoso tampón con rejas. Era difícil ver “cine” con esas caras idénticas a las paredes, aunque con la varita mágica de celuloide de Rob Zombie todo era distinto: “Eso es todo. Voy a contar hasta diez y tú vas a entregar todo el dinero, o voy a salpicar tu taza de pintura a través de toda la frontera estatal.

Uno…”, decía Killer Carl en la película del 2003. “Qué te jodan, Mamá. Dos… que te jodan Hermana. Tres… Que te jodan Abuela”. Y a la postre, nuestro Capitán (oh mi Capitán) emperifollado como el mismísimo Demonio, recitaba uno de los monólogos que más he disfrutado de la pantalla grande: “¡Hola, gente! ¿Les gusta la sangre? ¿Violencia? ¿Fenómenos sobrenaturales? Bueno, entonces, ven al Museo de los monstruos y hombres locos del Capitán Spaulding. Ve al chico Caimán montar en mi famoso paseo del asesinato. Y Sobre todo, no olvides llevarte a casa algo de mi sabroso pollo frito. ¡Sabe tan bien!”.

Saldría de la cárcel sin el pollo frito, pero me llevaría la sonrisa, el miedo y el rostro desalentador de todos aquellos reos a los que el Capitán les había hecho la vida feliz y canchera durante un periodo de dos horas en la verdadera casa de los 1000 cuerpos. Y me llevaría aún mucho más, algo que está pronto a ser contado… El esoterismo, el picahielo ingresando en la carne fofa, las madres que nunca olvidan a sus hijos encarcelados, los hijos que nunca olvidan la droga de allá afuera y la droga que es espada de doble filo pero nunca un asunto moral.

Al salir de la cárcel busqué un Océano, un lugar seguro donde escribir, escribir por ejemplo que los valores del Capitán Spaulding en las películas Slasher de Rob Zombie ya no entrañan signos o símbolos de personas sensibles, empáticas u horadadas por el húmedo dedeo de dios, como todos los fieles, sino que expresan, como se muestra en las cintas, una imaginería que al ser puesta en ejecución por el acto de la brutalidad, requiere de otras representaciones mentales, de otras asociaciones de los sentidos, capaces de captar, en la composición general de la violencia, las resonancias de los objetos punzo cortantes, la atenuación poética de las líneas sangrantes, el silencio perfecto de los payasos.

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Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.