La bayoneta, el alcance y la trascendencia de Chalino Sánchez.

“Se ha llegado el momento Chatita / del Alma de hablar sin mentiras / esperé mucho tiempo pa´ ver si / cambiabas y tú / ni me miras”. Se escucha justo en medio de la película ‘Bayoneta’ (2018) dirigida por Kyzza Terrazas y escrita por Rodrigo Márquez-Tizano.

Tarareada por Miguel “Bayoneta” Galíndez (Luis Gerardo Méndez), un boxeador retirado, que después de un funesto evento en su vida, decide exiliarse en Finlandia sin propósito alguno. “Al principio dijiste que ya que / vinieran Las Nieves de Enero / ir a ver a la Virgen sería lo primero”.

Le susurra Galíndez a Sarita (Laura Birn), un débil prospecto de las tierras frías. “¿De qué habla la canción?” —le pregunta la güera al ex boxeador— “…De la vida y de la nieve”, —contesta bayoneta—, llevándose un dedo a la nariz en referencia a la cocaína.

Así es el alcance cultural de Chalino Sánchez (Sinaloa, 1960-1992), llevado a los oídos de una finlandés en el país nórdico, de la mano de la pluma del profe Márquez-Tizano.

Después de su mítica muerte, digna de un héroe Marvel de la sierra — fue encontrado muerto a tiros hace 20 años fuera de Culiacán, la capital de su estado natal de Sinaloa, México— la figura musical de Chalino Sánchez se ha convertido en la más influyente, aquella que emergiera de los Ángeles en una generación colmada de drogas y narcotráfico.

Un iletrado inmigrante, que no hablaba inglés, prácticamente sin ayuda de nadie, creó el género de la música narcocorrido, con canciones que él mismo compuso, y que actúan hoy como una historia oral de los ranchos sin ley — aldeas — de Sinaloa, Durango, Chihuahua y otros noroeste Estados mexicanos, donde la impunidad y el narcotráfico eran muy riesgoso.

Chalino Sánchez ya era una estrella subterránea en los circuitos de polvo y bostas vaqueras de Ángeles. Su muerte confirmó su mito de la calle y los montes, y se convirtió vertiginosamente en un fenómeno. Es hoy una leyenda y los más raro, conocido por los niños que ni siquiera habían nacido cuando él aún estaba vivo.  No olvidemos que Chalino también hizo lo imposible, modificando tubas, acordeones y clarinetes instrumentos que acompañan su poesía ancestral del sombrero y la pizca, tanto que diversos jóvenes latinos en diferentes países se volcarían a escuchar polkas hechas a base de tubas y acordeones, en sus camiones de transporte, mientras conducían por las carreteras de las ciudades en el sureste de cualquier condado del mundo. Y si eso no es alcance y trascendencia, entonces no sé qué fenómeno es. Un puente que a través de la música une botas alrededor del Universo.

Cientos, tal vez miles de niños de Los ángeles, de Des Moines Iowa —desde donde escribo esto— se convertirán en cantantes de narcocorrido, sonando y escribiendo igual que el Maestro de las bayonetas, la baraja de oro y las cartas de luto.

Al final, Miguel “Bayoneta” Galíndez termina por ligarse a la vikingo, logra regresar al cuadrilátero y mandar a la lona a la muerte que le surtía uppercuts en las costillas…, pero  las nieves de enero ya se fueron para él, y las de mayo aún están muy lejos, lejos, casi imposibles.

Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.

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