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LO QUE SABÍA MI ABUELA
CRÓNICA

LO QUE SABÍA MI ABUELA

Eran tiempos de Vicente Fox alisando su bigote frente a un espejo de Los Pinos y de un furor desmedido por la selección luego del gol cardíaco de Daniel Osorno frente a Brasil en la final de la Copa Oro. Era 2003 e iba en la primaria, escuela pública Justo Sierra, con pantalón azul y suéter rojo. Eran tiempos en que, como mamá trabajaba hasta tarde, mis tías iban por mí a la salida de clases para darme asilo y comida en ese terreno de varios cuartos y un jardín: la casa de la abuela.

Y casi siempre la encontraba, a Consuelo Cárdenas, mi abuela, en su sala: por lo regular sentada tejiendo una bufanda para alguno de sus tantos nietos. Y otras veces ordenando su colección de muñecas de ojos movibles, que me atemorizaban, o sus decenas de cruces de las que colgaban decenas de rosarios, que me daban sueño al rezarlos.

También, en diciembre, la veía alistando su nacimiento: una maqueta enorme llena de pastores, mercaderes, borregos, los Reyes Magos, seis niños Dios, un Mickey Mouse colado e incluso un río que un par de veces tuvo agua de verdad (gracias a una fuente que alguien le regaló).

Había días en que verla me daba miedo: sobre todo cuando me metía, junto con mis primos, a su jardín y ella nos veía tratando a las plantas como recargaderas. ¡El regaño era inminente! O cuando el ruido que hacíamos en el patio sobrepasaba el volumen de su tele, donde rompió el récord de más novelas vistas de lunes a viernes.

De todos los dramones que vio, me contagió el gusto por uno: ‘Amor Real’, programa protagonizado por Adela Noriega y Fernando Colunga, basado en el libro ‘Bodas de odio’ de la infravalorada Caridad Bravo Adams; ahora sé que Matilde Peñalver (Adela) fue mi primer crush y que Manuel Fuentes Guerra (Colunga) fue en quien basé muchas de mis ideas adolescentes de ser romántico. Y desde entonces, Sin Bandera, responsable del tema principal, se volvió mi grupo pop favorito.

Sólo en una ocasión sentí furia en su contra: ella, que fue catequista durante muchos años y adoró a Juan Pablo II toda su vida, en una ocasión leyó en el semanario católico ‘Desde la fe’ que los asiáticos estaban implantando estímulos demoniacos en los pequeños a través de sus caricaturas. Convenció a mi mamá de eso y pronto vi a mi colección de muñecos de Dragon Ball y Pokémon yéndose a la basura.

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Abuela Yair Hernández

Tras ese episodio, que involucró muchas lágrimas y la paulatina reflexión materna sobre su pésima acción, mi abuela comenzó a regalarme ropa una vez al año – quiero pensar que así intentaba revertir su responsabilidad en la muerte de Goku –; todavía uso los zapatos cafés que me regaló en 2019.

Pocas veces vi una sonrisa en su rostro, aunque esto no significa que siempre tenía el ceño fruncido; su semblante era cansado, como el de alguien que vivió una infancia difícil y un matrimonio que, si bien le trajo lo más amado, sus hijos, implicó infidelidad y tristezas perpetuas. Además de que cargaba con el peso de tantas jornadas de trabajo dentro de hornos humeantes, que acabaron dándole los mayores dolores corporales.

La última vez que la vi fue con un cubrebocas encima: aunque el covid nunca atacó su cuerpo, empequeñeció su interacción familiar. Y es ella, tan dada a convocar a hijos, nietos y cualquier persona presente en su casa a rezar un rosario vespertino, de pronto se conformó con orar desde su cama.

Esa última vez que la vi fue en su cuarto: estaba viendo una novela, luego habló de que se sentía “bien, aunque con dolor” y me despidió con una bendición, a pesar de yo llevó años sin frecuentar la iglesia y todos sus ritos.

La madrugada del 31 de agosto, volví a su cuarto. Y aunque su cuerpo estaba ahí, ya no la vi.

Pero sí vi todo aquello que ella sabía, que me enseñó: vi el cuadro de Juan Pablo II sobre su cama, el cartón que ponía sobre su foco para que no le diera la luz de forma directa, varias muñecas de ojos movibles con expresión triste, a mis primas llorando, un rosario rojo tirado en el piso, a mi madre convertida en la tristeza andante, su tanque de oxígeno por fin en silencio, una cobija con motivos florales tapando sus pies, su bastón que también fue herramienta de castigo, los cuadros que tenía de las bodas de cada uno de sus hijos y me vi ahí, a los 8 o 9 años, barriendo su sala por la tarde o de noche sentado en su sillón, listo para la telenovela del horario estelar.

Y antes de salir del cuarto, volví a sentir su mano derecha sobre mi frente haciendo la señal de la cruz.

Yair Hernandez

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