“No sé de qué materia maravillosa estoy hecho que, por más derrotas que sufra,

siempre salgo a la calle pensando: hoy voy a ganar yo”.

Neorrabioso

Cuando le mostré mi ejemplar de Fraude 2012, con textos de Paco Ignacio Taibo II, Héctor Vasconcelos, Sanjuana Martínez, y otros más, Elena Poniatowska me recomendó que de entre todos aquellos autores pusiera especial atención a Fabrizio Mejía Madrid. «Él es el más inteligente, se los lleva de calle. ¡Acuérdense de mis palabras!», comentó Elenita.

Este año, el autor recomendado protagonizó toda una aventura editorial, fiel a sus temas y a su militancia. Tres libros: un ensayo de teoría política a la mexicana (Manual para votantes primerizos o expertos); un libro en tono de ficción a 50 años del movimiento estudiantil del 68 (Esa luz que nos deslumbra); y Crónica de la victoria, su más reciente obra –como él mismo aclara– «no sobre López Obrador sino de quienes votamos el 1 de julio». «Menos Paz y más Revueltas», campaña de la que fue promotor Mejía Madrid, podría servir como vaso comunicante de los tres libros. Hay más, evidentemente. Y de eso hablamos.

Cigarro tras cigarro, en una fresca mañana de consulta ciudadana, Fabrizio inició la charla refiriéndose a la Universidad Nacional, su alma mater, «refugio de ideas, personas, organizaciones», así como de un «universitarismo que es ya una de las formas del nacionalismo». «Eso ilumina cuando el resto de la república está en oscuridad», sentencia.

Fabrizio Mejía Madrid/ Foto: Rodrigo González Olivares

Luz y tartamudeo

«Estaba pensando en metáforas de la luz», confiesa sobre el título de su novela del 68. El complemento para Disparos en la oscuridad –biografía novelada de Gustavo Díaz Ordaz– tenía que ser algo sobre la luz. Fue así como dio con la frase de Eduardo Valle («hay que cuidar que esta luz, deslumbrándonos, no nos ciegue»).

Alrededor de ello construyó una metáfora que es la luz de las luciérnagas: «una luz que brilla pero no alumbra». La voz de una chica que estudia teatro lo asimila en correspondencia con los movimientos sociales; «movimientos que sabemos que están ahí porque brillan, aunque de pronto ya no sabemos qué pasó con ellos, porque no alcanzan a alumbrar un solo camino».

Mejía comparte, sin embargo, un capítulo que no incluyó en la novela, «ya era demasiado». Uno de los cargos contra los estudiantes en huelga fue la «usurpación de funciones». Heberto Castillo dio el Grito de Independencia en la explanada de Rectoría, cuando «supuestamente sólo podía hacerlo el presidente». Y no conforme con esto, el representante de la Coalición de Maestros ofició la boda de varias parejas en una quermés.

«Me decía Elena Poniatowska que Gilberto Guevara Niebla se casó con una chica a la que llamaban Super Rorra (no se acuerdan del nombre, sólo de este apodo muy de los sesenta). Y para la autoridad, las actas de matrimonio de la quermés eran desde luego pruebas judiciales de dicha usurpación».

Hubo, además, otra metáfora: el tartamudeo de Ledezma (el protagonista). «La tartamudez es un temor a no completar la frase. Es una angustia. No se refiere a problemas físicos con la lengua. Y eso le ha pasado al país, tenemos una angustia de no completar algo», añade. En México –intenta explicar Fabri– la historia no concluye hasta que la obligamos a repetirse.

Sobre esto último, algo peculiar llama mi atención. Al filmar Gimme the Power, Olallo Rubio descubrió que Molotov no conocía el célebre tema «We got the power», aquella canción de Peace and Love por la que el Festival de Avándaro fue cortado de la radio. «Chingue a su madre el que no cante», gritó Ricardo Ochoa ante cientos de miles de jipitecas en 1971.

Un acto de libertad de expresión del rock como lo fue más tarde el hit de ¿Dónde jugarán las niñas? La frase del Búho (Esa luz que nos deslumbra) tuvo acaso su propia resonancia en lo que se leyó en una manta en Ciudad Universitaria durante el movimiento #YoSoy132: «si no ardemos juntos, ¿quién iluminará esta oscuridad?». El lema de la primavera mexicana.

«Eso pasa por no ponerte delante de lo que ya ocurrió, de lo que han hecho otros. Cuando el país tiende a echar bajo la alfombra a todas las matanzas, a los agravios, a las injusticias, no tiene necesidad siquiera de justificarlo. El olvido como descuido. Y entonces salen, cada determinado tiempo, los mismos sucesos como coincidencias. En terapia se llaman patrones; pero yo creo que funciona igual para las sociedades».

Fabrizio Mejía Madrid/ Foto: Rodrigo González Olivares

¿Por qué votamos?

«¿Por qué entonces no habrían de saquear una tienda, si los gobernadores se han depositado el presupuesto en sus cuentas en Panamá?», escribió Fabri. «¿Cuál es la diferencia entre robar una departamental y venderle la industria petrolera a tu cuñado? ¿Cuál, entre habitar una casa que es un regalo de uno de los principales beneficiarios de obra pública de tu gobierno, y secuestrar una pipa de gasolina para ordeñarla?». Con ello ya estamos conversando sobre su Manual de política para hastiados o desesperados, y en el Centro Cultural Elena Garro se ponen nerviosos por las fotografías. Fingimos que apagamos la cámara.

Aunque Fabrizio no se distrae. Y a continuación recuerda los casos antagónicos de Alemania y España; uno donde hay ventanas arqueológicas en el que pueden verse las piras de libros que quemaron los nazis, y otro donde los franquistas una noche de 1977 se fueron a dormir fascistas para despertar a la mañana siguiente como demócratas.

«Lo enterraron todo. Los españoles no se atrevieron a enfrentarlo por temor a sus familias, que lucharon en bandos opuestos durante la guerra civil. De modo que no hay un signo en Madrid de que haya ocurrido algo. Y tienden a repetirse. Ahora que están exhumando los huesos de Franco volvieron a las discusiones de hace 40 años. Y nosotros, a nuestra manera, también volvemos a las mismas discusiones de décadas atrás. Quizá, como en ningún otro momento, hoy tenemos la posibilidad de concluir algo».

Esto último en relación al «mito fundador» –dice el autor–, al que todo movimiento acude como origen y pretexto: el 68. Con el triunfo en las manos, Morena y AMLO no evitaron la tentación de trazar su camino de vuelta hacia la plaza de Tlatelolco, con todo y su basurero de la historia (por ejemplo, imprimiendo un matiz funesto al rescate que hace la derecha de Luis González de Alba; «muy pocos salieron bien librados de la cárcel», dice Fabrizio).

No obstante, el también ex diputado de la Asamblea Constituyente que renunció en protesta contra su grupo parlamentario (Morena) trajo al presente algunas citas lapidarias de Walter Benjamin: «todos se aferran al fetiche de la mayoría de la izquierda, y no les preocupa que esa mayoría ejecute un tipo de política que, si fuera llevada adelante por la derecha, conduciría a una insurrección». No comparte la idea de que el partido marrón corra el riesgo de transformarse en el PRI («viene de la oposición, no fue creado desde el estado»), aunque admite el riesgo de que le suceda lo que al PRD.

«No soy de Morena, nunca he estado en una asamblea», replica ante la insistencia de que es amigo de Andy López Beltrán, hijo de Obrador. «No. No. Yo más bien le hablo a José Ramón, que es el más light de ellos, y cuando hablo con él es sobre cine».

«Pero sí creo que los morenistas –hablo también de AMLO– deben hacer un esfuerzo por aceptar críticas de adentro y de afuera. No se trata de hacer un partido a favor del presidente. Debe ser un partido a favor de la sociedad que posibilitó el triunfo».

Con su Manual, dadas las circunstancias, Mejía se sumó a la tradición de trabajadores de la cultura como Michael Moore o Fernando León de Aranoa, cuyo objetivo es intervenir en las votaciones. De ahí que dialogue con los Estados Unidos de Bernie Sanders, la España de Pablo Iglesias y la Gran Bretaña de Jeremy Corbyn (e incluso con la «destitución» en la Europa del Comité Invisible).

Fabrizio Mejía Madrid/ Foto: Rodrigo González Olivares

Así que esto es ganar…

«El libro termina con una imagen que no es mía, sino de Carlos Pellicer, quien se va a poner de moda, ¡vas a ver!», explica sobre Crónica de la victoria. «En un poema cuenta que el agua del pozo quiso subir para conocer la luna, e hizo un esfuerzo por trepar, pero cayó y se desvaneció en el polvo. Concluye explicando que, aunque el agua se derramó sobre la tierra, al menos conoció la luz». Me recuerda aquello que escribió Monsiváis para AMLO, en 2006: «alguien que sólo conoce el desánimo y el abatimiento nunca será digno del pesimismo».

El «presente mejorado» que proponían el PRI («Leono») o el PAN («Chicken Little»), ese «espérense a que surtan efecto los cambios que iniciamos hace 30 años», probó no funcionar. En cambio, agrega el escritor, la propuesta de AMLO fue por una regeneración de acuerdo a cada zona del país, «algo más fácil que un futuro, que un porvenir: regenerar».

«Es la opción por la autodefensa, ahí estamos todos; digo, unos armados y otros no. Pero hay que defenderse y regenerar. Si el IFE hubiera respetado el resultado en 2006…», se lamenta. «Ahora Andrés Manuel entrará a gobernar un país completamente roto. ¡A la deriva! Hay un sabor raro en esta victoria. La gente está hasta la madre y Andrés Manuel fue la última salida (ahora sí que fue una salida de emergencia), no por optimismo sino como una esperanza trágica. Sin embargo, eso no garantiza que el país haya cambiado».

«No es lo mismo ganar, que te dejen ganar», escribió Mejía en el texto donde confesó que a finales de los ochenta fue vecino de AMLO en Copilco. «No es lo mismo ganar que enunciar un porvenir», completó. «Se entra de espaldas, mirando las derrotas del pasado y a sus muertos. No puede entrarse de frente porque el porvenir no se puede ver, salvo nombrarlo como quizás». Un guiño al 68, nuevamente.

No obstante, la composición misma de las alianzas electorales de la coalición Juntos Haremos Historia dio indicios de la solución a este impasse, «una clara tregua a la desconfianza», advierte el autor. «Hablo en el libro de la historia detrás del Mijis, la historia de Nestora, de Tatiana Clouthier, de la Sheinbaum; y qué pasó con Romo, y que pasó en Veracruz.

Todos los personajes emblemáticos que fueron construyendo la opción electoral. Y quienes, a pesar de ser tan distintos, representaron el sufragio de 30 millones de personas, independientemente de lo que dijo Andrés Manuel, el cual repitió lo mismo que ha dicho durante 12 años».

En seguida, pregunto qué fue lo que descubrió al escribir este libro. «Desde un principio, en aquel episodio en Tabasco del que ya no me acordaba, Andrés Manuel comenzó a representar el símbolo de una lucha contra la rapiña, y su forma de hacer política de alianzas.

Le entregaron anónimamente unas cajas con los documentos que demuestran cómo el PRI lavó dinero para la campaña de Roberto Madrazo, y Andrés lo ligó con el Fobaproa. Denuncia de corrupción en los medios por el robo a los recursos de los tabasqueños, con información que le filtraron seguramente sus contactos del otro lado. Este carácter se repetirá más tarde, y conformará su modo de actuar, en el Gobierno de la Ciudad cuando se inventó lo del centro histórico por una disputa con Vicente Fox mientras dialogaba con Carlos Slim».

«La idea de que 30 millones de personas votaran por Andrés Manuel habla de que la gente hace funcionar a la democracia, y no que las instituciones funcionen». A diferencia de las últimas dos elecciones, el anuncio de los resultados de la votación arrojó a la calle a las personas a celebrar.

No hubo rabia, y las únicas lágrimas fueron de alivio. La emoción de dejar a un lado el pesado lastre («la sola idea») de un fraude más. «La épica a la mano es la de lo pequeño», responde Mejía Madrid sobre el nuevo valor de las urnas en México. Al hilo, yo agrego: lo épico de los pequeños está a la mano, es el voto.

Fabrizio Mejía Madrid/ Foto: Rodrigo González Olivares

Lamparear

Para finalizar, no porque falten preguntas o palabras sino porque se acabaron los cigarros, nos cuenta Fabrizio la historia de Jacob Riis, célebre fotógrafo que escribía artículos para el periódico denunciando la pobreza de la gente en Manhattan –inmigrantes, en su mayoría–, consecuencia de la revolución industrial.

Como no podía obtener fotografías de ello (no había luz), «inventó una manera bastante peligrosa de tomar fotos, usando magnesio con pólvora: ¡eran explosiones!». Fue un pionero en los disparos de flash de magnesio. «Visibilizó a los pobres. Los lampareó, puedes verlo en el gesto de quienes fotografió». Además, continúa el relato, «la exposición en esa época tenía que durar más. Por eso, hay registro incluso de que se quemaron varias casas». Reímos.

Y pienso. En destellos, lumbre, carbón. En un fuego que nos ciega y, al mismo tiempo, deja que veamos en medio de la noche. «En realidad, la luz y la oscuridad funcionan del mismo modo. Visibilizar es más concreto de lo que creemos». Lamparear, el alma de los villanos, el rostro de las víctimas (Un hombre de confianza). Desde Nación TV, ese y no otro ha sido el efecto que sus explosivos textos han tenido sobre mi generación.

Afuera de la librería, hablando de Carmen Aristegui y La Onda, nos despedimos del Fabri, quien aún no decide si irá al Zócalo por el último número de Proceso, o comprará carne en el centro comercial.

Fabrizio Mejía Madrid/ Foto: Rodrigo González Olivares

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