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INDEPENDENCIA, LETRAS Y MÚSICA PARA TIEMPOS CANALLAS
ARTE MÚSICA

INDEPENDENCIA, LETRAS Y MÚSICA PARA TIEMPOS CANALLAS

De viaje y toquín con Miguel Rovel y Niñobomba en Torreón, dos artistas que apuestan por las creaciones originales en una región que fomenta los covers y los tributos a bandas consagradas

Hay decisiones que se toman a más de cien kilómetros por hora, pienso mientras Niñobomba y Miguel Rovel abren latas de cerveza Carta Blanca en el asiento trasero de mi auto cuando salimos de Saltillo por la autopista a Torreón. Es mediodía, nos separan doscientos cincuenta kilómetros del Ponciano Arriaga, bar donde el dueto tocará la última noche de festejos por el quinto aniversario.

“Imagínate la carnita con su cervecita, su cocainita, sus corridazos”, dice Niñobomba. Mi chica, a un lado como copiloto, presiona play.

Desde finales de 2016, Miguel Rovel y Luis Bernal (Niñobomba) empezaron un proyecto que mezcla música electrónica, norteña, videos y literatura, que incluye lectura de poemas y narraciones breves de textos suyos y audios de otros poemas o frases de películas.

“Es lo que le digo al Beat –otro sobrenombre de Luis Bernal–, hay que hacerlo nosotros mismos, jalar a la banda, llevar nuestro proyecto a un lado, a otro, abrir puertas, hacer fiestas, hay que hacerlo”, dice Rovel, sus palabras llegan entrecortadas por el aire que entra enfierrado a través de mi ventana.

Si hay algo que distingue al dueto, es la independencia, hacer las cosas a su manera y por sus huevos, incluso cagándola, a veces marginados por voluntad o por azares y desastres de la escena cultural en Saltillo, la capital del estado de Coahuila.

Prueba de esto son sus publicaciones en esfuerzos personales o proyectos locales: Miguel Rovel tiene los libros de poemas Orgasmos de tinta (2003 y 2008), Poem-arcela-s de ena-na-morados (Editorial Atemporia, 2012) y MA.DURA.R (Editorial Atemporia, 2016); Luis Bernal es autor del libro de cuentos La casa púrpura (Editorial Atemporia, 2013) y de la novela Por este cielo jamás dejan de circular aviones (Editorial Atemporia, 2017).

Otra lata que se abre. “¿Entonces en qué vas a trabajar ahora que regresaste a Saltillo, Nazul, otra vez al periódico o vas a vender droga?”, pregunta Niñobomba. “No podría, no me gusta trabajar con drogadictos”, respondo. “Pinches drogadictos”, se ríe Niñobomba y bebe. Pienso en la carnita con su cervecita, su alberquita, su cocainita y los corridazos.

“Nazul, deberías tomarnos una foto donde se vea el desierto y la carretera…”, dice Niñobomba, pero decido no soltar el volante ni disminuir los ciento cincuenta kilómetros por hora. “No ahorita, cuando puedas o veas uno de esos paraderos o en la caseta”, complementa, pero no pienso detenerme hasta que lleguemos a Casa México, hotel donde Frida Herrera y Adriana Osorno, las dueñas del Ponciano Arriaga, hospedan a los artistas que participan en los rituales del 19 al 24 de noviembre por los cinco años del bar.

Durante este año, Rovel y Niñobomba se han presentado en diversos foros, bares y ciudades, con sets que alternan el house, techno, la música norteña y, como columna vertebral, la literatura. También han armado lecturas y festivales de poesía y música, como los organizados bajo el sello IMPP (Instituto Mexicano de la Pedota Poética) o el Brindis del Bohemio Fest o el Poetas Pop Tour, en el que incluso hubo grupos de country, jazz y un mago.

“Todas son creaciones originales, la onda es de que hagas las cosas y te subas a leer con tu proyecto”, le explica Rovel a mi papá al día siguiente en una comida en mi casa. “¿No tienen un filtro?”, pregunta mi papá. “Sí hay una curaduría”, contesta Rovel. “Hemos tenido de todo, desde los que decimos a estos ya no los vamos a invitar”, complementa Niñobomba después de ingerir un taco al pastor.

En una ciudad donde los bares y foros privilegian los covers o los tributos a bandas consagradas, Rovel y Niñobomba apuestan por las obras originales, creaciones autóctonas, en centros culturales independientes, tabernas, fiestas, estudios.

“Me gusta enamorarme; es como olvidarse de todo menos de una persona. Es como dormir bajo un edredón suave, sin mucho peso pero calientito en el invierno, como un caldito de res en casa, es como las drogas bonitas, hablamos de la cocaína o el crico, pero, igual que estas: se acaba a la verga y el bajón es terrible”, lee Niñobomba en la planta alta del Ponciano después de las once de la noche.

El proyector falló, y también una de las tres computadoras que llevaron para el show. “Ya ponte a tocar”, grita un vato. “Enamorarme es mi deporte extremo predilecto”, entonces Niñobomba suelta los beats.

La música asciende, luego baja y da pie a los audios con poemas o las lecturas de obras propias. El ácido estalla. Mi chica sonríe, sus ojos afectados por la cerveza desde las tres de la tarde cuando comimos carne asada y caguamas en la cantina sexy a lado del Ponciano Arriaga, cortesía de Frida y Adriana.

“Hace falta una buena línea de coca o una pastilla de esas que te hacen vibrar la piel. Necesito despertar de este letargo que tengo por insomnio”, lee Rovel, y el público se saca de onda, no atina qué hacer con los beats que ejecuta un vato alto, gordo, con playera de Gizmo (personaje de los Gremlins), cabello alborotado y barba tupida, ojos grandes que saltan tras unas profundas ojeras, y con las palabras que pronuncia el vato delgado, cabello largo, rizado, amarrado en un chongo, bigote delineado.

“Es una satisfacción que se lleven algo más. Escuchan la música y luego se sacan de onda con las palabras, pero a veces se acercan a decirnos, cuando se acaba el cotorreo, que está chida nuestra onda, esa es una recompensa”, le dice Rovel a mi papá en la comida y le explica las actividades que han organizado este año. “¿Entonces forman parte de un colectivo?”, pregunta mi papá. “Sí…”, contesta Rovel. “De dos”, apunta Niñobomba.

Aunque en el trayecto se han sumado otros autores, cantantes y músicos para los festivales, sólo ellos dos continúan y se la rifan para conseguir jales, ya sea de manera individual o como dueto o contactando a otros cantautores. Incluso firmaron con un sello que supuestamente los iba a mover, conseguirles toquines, sesiones y grabaciones, pero en dos meses la compañía no se movió, sólo los invitaban a cotorrear, pero no sacaba los jales, esos los armaban Rovel y Niñobomba como siempre: de manera independiente.

“Y nosotros no queríamos fiesta, queríamos ensayar, trabajar”, dice Rovel después de que tomamos durante más de doce horas, con ácidos, mota y cristal, y celebramos el aniversario del bar y la gira en Torreón. “Ya maduraron entonces”, interrumpe mi papá. “Algo… si ya pasas de los treinta y lo sigues haciendo, quiere decir que estás de necio… y así andamos”, complementa Niñobomba con el tono de que esa decisión no fue por inercia, sino una batalla contra el tiempo.

Suena Chalino Sánchez y acaba el set de Miguel Rovel y Niñobomba. El público aplaude y espera el siguiente dj que va a cerrar el festejo. Hay morros que se acercan al dueto y los felicita, una chica compra un libro.

De regreso al hotel no hay cheves, sólo mota y cristal. “Mmm… maldita pobreza”, dice un primo que ya sólo quema la pipa de vidrio sin sacarle nada. Nos despedimos. Después de tantos años de inseguridad y plomazos, Torreón se portó generoso con estos adictos.

Al día siguiente regresamos a Saltillo después de comer con mis papás. “No te vayas a dormir, pinche Nazul, o te meto un putazo, después del putazo que nos vamos a dar”, dice Niñobomba. “¿Tienes sueño, amor?”, pregunta Merith, mi chica. “No, sólo tengo ganas de una cerveza con su clamatito, su carnita, su cocainita”, respondo y frente a mí se extiende el asfalto en línea recta, sin curvas ni cambio de paisaje, sólo tierra árida, matorrales, cactus y mezquites que se hunden en la penumbra.

La carretera es un animal oscuro e indomable. Estamos mermados. Por momentos hay subidones de adrenalina, risas, historias en Instagram, pero el asfalto nos aletarga. La música nos cobija y la palabra, ahora en silencio o apenas musitada, nos dirige. ¿A dónde? Niñobomba lo sabe: “Son tiempos canallas. Se necesita más punk, más grafiti, más autoedición, más underground, más DIY [do ir yourself o hazlo tú mismo], más furia”.

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Nazul Aramayo

Nazul Aramayo. Torreón, Coah. 1985. Autor de “La Monalilia y sus estrellas colombianas” (FETA: 2017) y “Eros díler” (Jus: 2012). Ha sido becario del PECDA y FONCA en el área de Jóvenes Creadores. Ganador del XXIX Concurso Literario Nacional “Magdalena Mondragón” en el género de cuento y del Premio Estatal de Periodismo Coahuila en los años 2017 y 2018 (en las categorías de Crónica y Mejor Trabajo de Periodismo Cultural, respectivamente). Ha publicado reseñas, cuentos y crónicas en diversos medios de circulación nacional. Su primer libro de crónicas, “Cantinas que merecen ser amadas y personas que no”, saldrá en 2019 en la editorial Producciones El Salario del Miedo. @erosdiler