He visitado en un par de ocasiones la Isla Tiburón. Un lugar paradójico. Hay una parte hermosa: el mar queda atrapado entre rocas pobladas de coral y cuando la marea está baja se aprecian auténticos estanques donde habitan peces de colores tornasolados.

La otra franja es densa, impenetrable, rocosa. Una sección amenazante, oculta. Un sitio donde por más que lo intentes, no te sientes bienvenido. Donde pelícanos y gaviotas observan detenidamente el oleaje con un dejo que uno puede relacionar con la melancolía.

Sobre este territorio, que también es parte de una nación, el pueblo Conca’ac, está edificado el asunto central de La joroba de la bestia (Ediciones B, 2018), del narrador sonorense César Gándara (Guaymas, 1971).

Chema, nuestro Virgilio en este thriller vertiginoso, es un tipo común, con aspiraciones comunes: la coca, el alcohol y el poder tres de los más citados. Pero con una porción de naturaleza vulnerable: su pequeña hija a la que cariñosamente llama Pitufina.

¿Dónde se enlazan la ambición de un ejecutivo, que tiene como meta lograr la construcción de un resort turístico para un consorcio multinacional, justo en un lugar sagrado para el pueblo Seri, con el amor hacia su pequeña hija? Son precisamente estos polos narrativos los que generan la principal fuente de tensión en la historia.

Y es que Chema parece el epicentro donde todos los demás personajes descargan sus frustraciones. Quizá porque él mismo funciona como un espejo deformante de quien se mire en él. Un personaje que pareciera un pararrayos de tensión. Por un lado tiene que cumplir con las expectativas, pero todas le quedan grandes en comparación con su banalidad infinita.

Su jefe, deshumanizado, una representación del capitalismo más rapaz, lo incita a la corrupción, en todos los sentidos. Su secretaria nos permite ingresar en el ambiente falso de su profesión, donde todo trabaja con la expectación de sacar ventaja. Su hija, un catálogo donde nuestro personaje puede mirar lo mierda que es como padre, y su ex: viva y decepcionante encarnación de lo que en algún momento fue su existencia.

Un rey midas al revés. Donde personajes que alcanzan a reconocer en él algún atisbo de nobleza, como Cacni, Xema y Cristina, son erosionados por el desengaño que éste les provoca.

Esta novela tiene su germen en un cuento maravilloso de Gándara: Es el viento. Donde ya podemos advertir todos los ingredientes que hacen de esta novela, de un ritmo impresionante, un auténtico alarido. Y en esto me quiero detener. La prosa de Gándara es atlética y liberada de la grasa que podemos encontrar en muchos narradores: la pretensión.

¿Cómo logra esta proeza en La joroba de la bestia? Alejándose, en apariencia, del registro literario grandilocuente y acercándose a uno más indicativo, básico, neutral. Donde las acciones que se exponen parecen consumarse de manera espontánea, sin que esté detrás un narrador todopoderoso. Una máquina bien afiladita pues de lo que Barthes llamó el grado cero de la escritura.

Si a usted, además de leer, le gusta el gimnasio, aquí tiene una novela que por su potencia y dinámica es una auténtica sesión de insanity. Una rutina que al final te deja pulverizado, con esa punch que tiene la literatura de calibre: percibiendo tu alrededor, como un animal rastrero, la desolación absoluta que rodea a las cosas.

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Iván Ballesteros Rojo

Iván Ballesteros Rojo

(Hermosillo, 1979). Es editor y narrador. Ha publicado Monstruario, Bungalow y Plaga Serena. Es director de la revista Pez Banana.

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