Durante alrededor de quince años juré regresar a comer los tacos que cada viernes se ponían en un mercado cerca de la Noria a la salida de mi escuela. Eran grandes, baratos y riquísimos. Tan buenos que no logré quitarme su recuerdo durante todos estos años, diferentes tacos y nuevos amores.

Desgraciadamente fui postergando mi visita. Cualquier excusa era válida, ya fuera porque quedaban cerca de Xochimilco, o sea, bien pinches lejos; o porque a huevo tenía que ir los viernes; o porque me daba flojera y decidía comer en otros tacos que quedaban más cerca. Hace poco, por asuntos laborales tuve que lanzarme para el lejano sur ¡en viernes! y me emocioné. Ese día, aunque crudo, no desayuné nada porque para mí no hay mejor primera comida que unos ricos tacos cuando te da el vampirazo y traes la boca seca de tanta cerveza.

Ese viernes organicé el día de tal manera que después de la chamba, que terminaría a las 10:00 de la mañana, me lanzaría por los taquitos y regresaría, triunfal, antes de las doce a mi casa. Terminé lo que tenía que hacer y manejé a la taquería a través de aquellas calles tan familiares. ¡En mi mochila, tenía una cervececita que me chingaría, escondida, mientras comía! Estacioné el coche y, caminando rumbo al mercado, vi mi antigua escuela; me impresioné por lo poco que me emocionó toparla. Quizá la ominosa presencia de taco empañaba mi recuerdo.

Cuando terminas una relación o dejas de ver a alguien, siempre hay una sensación de duelo que permea tu ser durante algunas semanas (o meses). El remordimiento de saber que pudiste estar o hacer más cosas con aquella persona. De que pudiste aprovechar mejor el tiempo. La pérdida de una taquería no se asemeja para nada a la pérdida de una novia o la muerte de tu perro, pero duele. Lastima.

Por ejemplo, jamás podré olvidar, bajo la luz de la lona roja del mercado, ese comal gigante en el cual se cocían en pequeños montoncitos los ingredientes que acompañarían a los tacos. A un lado había, como si fueran sábanas acomodadas una encima de la otra, un bulto de pura cecina. Me encantaba ver cómo la depositaban delicadamente sobre el comal y que la taquera exprimiera el jugo de una naranja sobre la carne. El taco era poco dulce, con ese delicioso dejo naranjoso que combinaba excelente con las cebollas asadas, nopales y una salsa verde en la que se distinguía el aguacate en grandes pedazos, el chile serrano y la cebolla molcajeteada.

Más de quince años habían pasado y siempre prometí regresar a comer esos tacos porque eran deliciosos y no los había podido olvidar, pero nunca lo hice. Durante ese tiempo sucedieron muchas cosas. Encontré a mi perra Arwen un domingo en el pueblo de Tetelpan, me clavé un par de veces, cambié de trabajo, estudié la universidad, viajé, me enamoré de mi actual chica y, claro, postergué para una mejor ocasión mi visita a la taquería de la Noria. Mientras caminaba por el mercado, sintiendo la punzada de la premonición y del hambre, supe que no los iba a encontrar. El tianguis era más chico de lo que yo creía y estaba casi vacío. De fruta, verdura, carnes y quesos, los puestos pasaban sin que yo pudiera reconocer el que yo buscaba.

Después de recorrer la calle hasta el final, me cercioré que la taquería no estaba. En su lugar había unos tacos de cecina al carbón, que en otra situación hubiera escogido antes que todas las cosas, pero ya no eran aquellos que, al comal, con jugo de naranja, nopal y cebolla deleitaban el paladar dulces.

Al final, decidí comerme una barbacoa que se veía deliciosa. Tortillas gorditas recién hechas, una salsa de chile pasilla de cállate los ojos porque me la tomo solita y sin hielos, y la barbacoa, grasa, con ese dejo ahumadito a agave quemado que tiene cuando se hace en horno de tierra. Un taco excelso, de diez, de quince, ¡de viente!, pero jamás comparable con aquél que en mi memoria guardo endiosado y que nunca más podré volver a ver. Como a mi perrita que durante casi los mismos años que yo prometía regresar a comer esos manjares, me acompañó en otras taquerías y experiencias que tampoco podré olvidar.

Perder una taquería es como perder a tu perro. Quizá exagero. Pero ahora sé que duele en el mismo lugar, en la boca del estómago, ahí donde sientes el hambre, el amor o la perra nostalgia.


Este texto, con muchísimo cariño, es para ti Arwen, fiel acompañante de garnachas y de vida. Espero poder algún día volver a verte.


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Yeicko Sunner

Yeicko Sunner

Chilango de nacimiento; chilango por convicción. Amante de la comida, los libros, los tacos y la cerveza. Creador de @lupulocéfalo y editor gastronómico en @Yaconic.

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