¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la Lepra [1] por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

 Roberto Fontanarrosa

–…porque ya fue esa época, ya fue. Yo lo que quería decir es que el Negro no era así, el Negro hubiera encontrado la manera de burlarse de eso. Qué tal, Extranjero, cómo te va, bien, ¿vos?, joya, siéntese acá, que hay lugar. No, Toto, no, basta con eso de que antes esto, antes lo otro, lo que a Roberto le hubiera gustado más que ganarle a ñuls [2]… y, no, me parece que no hay nada así, pero le hubiera gustado en serio, para mí, la posibilidad de la sonrisa, de no tener que tomárselo todo muy en serio, salvo cuando se trata de lo más serio que hay, que es un clásico en esta ciudad. ¿Sabés qué tan en serio? Yo escuché alguna vez que el padre de Marcelo, sí, Marcelo Bielsa, que su padre, un tipo muy respetado en la ciudad, abogado de alcurnia, como se decía antes, nunca veía los partidos que dirigía “El Loco“. Y yo lo que digo es, ¿cómo no vas a hinchar por tu hijo? Pero decían que no lo hacía por respeto a su club, porque Bielsa hijo dirigía a Newell´s, entendés, a la contra, justo a ellos, y el padre es, o era, no lo sé cómo ande Pedro, hincha de Central, y que si Marcelo quería ser técnico de aquellos leprosos, bien, felicidades, pero que él no podía acompañarlo. Esta ciudad está loca, pero no por el fútbol, no por eso…

Me tomó mucho tiempo encontrarlos porque primero me habían dicho que tenía que caminar por toda la Avenida Belgrano bordeando el río y para arriba hasta llegar al Monumento a la bandera, doblar a la izquierda –el Paraná estaba a la derecha, así que no había mucha ciencia en ello– y avanzar unas cuantas calles por Santa Fe, pero ni ahora ni en aquel momento pude recordar el nombre del lugar. Desahuciado, absorto en mis pensamientos y entregado a las oleadas del Paraná, no había nada más triste que estar perdido en pleno Rosario, la tercera ciudad más grande de Argentina, a miles de kilómetros de casa.

–…exacto. Pero Gustavo tiene un poco de razón, si hay algo que nos convoca es eso. El fútbol siempre es el pretexto. A la posibilidad de la sonrisa que decías, le sumo la posibilidad del relato, ¿por qué seguimos encantados con este deporte de mierda que nos da tan poco, nos quita tanto y sin embargo es imposible sacar de nuestras vidas? Porque podemos contarlo: qué hacemos aquí sino repetir cada tanto los mitos fundacionales de nuestras alegrías y derrotas, la persecución de la gloria íntima y el fracaso colectivo, y te puedo decir más, pero todos sabemos de qué va. Y todo esto, mejor que nadie, lo sabía Fontanarrosa

Deambulé por las calles que más me sonaban, aunque todavía no sé de qué, pero no había un termómetro que me indicara si frío o caliente, si cerca o lejos, si orsai o siga, siga. Fue la casualidad, un rebote en la barrera en un tiro libre que acaba en un gol, el resbalón del último hombre para dejar mano a mano al nueve de ellos, el poste donde la pelota impactó para después recorrer toda la línea de gol pero que nunca entra, lo que me llevó a lo que parecía un restaurante iluminado y con la terraza a reventar de gente. Volví a la vida. El mozo me llevó por entre las mesas interiores del lugar, copadas por palabras que se confundían en el aire, un día de semana ya entrada la tarde, después del laburo, a punto de que los comensales, que de a poco dejaban de lado la comida, se entregaran al café y a las bebidas digestivas. Me presenté como El Extranjero, y el más viejo me presentó con los demás. No recuerdo tampoco ningún nombre, y quizá sea mejor así. Sentados a la mesa, no paraban de interrumpirse para aportar a la discusión. No hablé una sola ocasión a lo largo de la noche, ni siquiera cuando la ingenuidad de creer que uno puede hacer una acotación pertinente me acechaba.

–…ay, ay, puede ser, no lo tengo nada claro. Debió haber sido después de su participación en el congreso aquel. Me acuerdo que hizo reír a todos los burócratas de la lengua, les dijo la verdad, no otra cosa. Cuando terminó aquello y fuimos a comer con los asistentes a la ponencia, recuerdo que todos usaban las malas palabras que Roberto había defendido en aquel discurso. ¿Y sabes que dijo? Que había que ser hijos de puta para querer quitarnos esas palabras, como si fuera posible dejar de usarlas, como si alguien pudiera quitarnos el derecho de putear, justo como él había hecho, y que ellos las usaran con hipocresía cuando nadie los veía. Es como el fútbol, ni las remeras [3] con mil anuncios, ni los directivos corruptos ni los equipos defensivos, ni los jugadores con mala técnica, ni la desaparición del enganche clásico para ser sustituido por el execrable “volante mixto” nos van a quitar lo que amamos. Las risas, por favor, estaban conmocionados. A veces me olvido de lo que significaba para todos, menos para nosotros. Un escritor, un dibujante, un humorista, una figura, una estrella. Para mí Roberto es Roberto y ya.

Me tomé el último expresso sin cerrar los ojos. Podíamos haber seguido para siempre, pero entonces uno que había pasado la velada tan callado como yo tomó la palabra y, cuando culminó, todos entendimos que aquel día había terminado. El viento, una vez afuera del bar, que cerró en cuanto salimos, me devolvió a la realidad, y lo único en lo que pude pensar fue en aquella vez en que robé uno de sus libros en Ciudad de México e imaginé que, si algo hubiera querido más que jugar con el equipo de mis amores, era escribir como el autor de aquellos relatos que parecían futboleros, pero en realidad eran un tratado sobre la vida, los amigos y, cómo no, la posibilidad de la sonrisa.

–Una vez me dijo Juan, ese, sí, Juan, que a Fontanarrosa le preguntaron qué quería para su hijo y respondió algo así como que sus amigos sonrían cuando lo vean venir. Una locura de respuesta si me apuras. Y, ¿sabés algo? Yo cuando lo veía venir, porque en la última época lo vi alguna vez, aunque te digan ellos que no, que soy un mentiroso, en el Gigante, sí, en el estadio de Central, Rosario Central, en el Gigante de Arroyito [4], porque ¿sabías que le dejó un dibujo al hincha del club casi como testamento de su vida y de su obra? Sí, un muñequito muy lindo con la mano alzada, obvio la izquierda, hinchando por Central, el de toda la vida, viste, bueno, pues cuando me tocó verlo ahí parado del otro lado de la platea, cuando estaba por salir el equipo y los papelitos amarillos y azules ya volaban y el día no podía estar más lindo, yo sonreía.

Se le cumplió a él, y estoy seguro de que supo, aquello que soñó para sus hijos. Y yo lo llamaba, aunque el grito de la gente, acadé, acadé, sonaba muy fuerte, ni yo mismo me oía, pero igual me desgañitaba, porque me hubiera gustado que volteara y viera mi sonrisa. Roberto, Negro, le gritaba, pero ni caso. Roberto, Negro, ¿me entendés? Como si nos conociéramos de algo, tuteándolo como los amigos que ves aquí, que lo vieron llorar de purrete porque había perdido la Academia Rosarina, la Acadé [5], y no había nada que hacerle, esperar al próximo domingo, porque señor, esto es así, a uno se le acaba el mundo este domingo pero ya el lunes nos ponemos a pensar en el próximo domingo a ver si hay redención o algo, un golecito con una pared previa a las afueras del área, un tiro libre al ángulo, una incursión del lateral en cancha contraria, y entonces aventuro si también aquel día que está por venir me encontraré, aunque sea de lejos, al “viejo canaya” [6] –porque nunca fueron, ni él ni ellos, canallas, no, ni de casualidad, no sé si me entendés–, al mismísimo, al otro lado de la platea, porque aunque Fontanarrosa tenga, qué dice usted, unos diez, once años de muerto, yo voy a seguir gritando, cuando el equipo se enfile a la cancha y los comentaristas pronostiquen la salida de Central, de la Academia, de la Acadé, su nombre. Roberto, Negro


[1] Apodo que recibe el club argentino Newell’s. El nacimiento de los apodos de Newell’s Old Boys y Rosario Central, “leprosos” y  “canallas”, respectivamente, es una de las historias más pintorescas del futbol argentino. Ambos equipos, eternos rivales en una ciudad donde se respira futbol, fueron bautizados con esos motes en la década de 1920, a raíz de un clásico, que no llegó a disputarse, para juntar fondos a beneficio de la lucha contra la enfermedad de la lepra. La web oficial de Newell’s, da su versión de la historia del surgimiento de su apodo: “Durante los años ’20 surge una anécdota que se volverá marca de identidad para el fútbol rosarino. En cierta ocasión, la comisión de damas del Hospital Carrasco decidió organizar un clásico a beneficio de los enfermos del Mal de Hansen (lepra). Newell’s aceptó de inmediato la propuesta, por lo que a partir de ahí sus hinchas fueron bautizados como los “leprosos”. Rosario Central rechazó el desafío, lo que motivó que fueran recordados como los “canallas””. Pero, por su parte, la web de Rosario Central indica que “el origen de este apodo es incierto, ya que hay numerosas versiones”. “La más difundida comenta que debido a la negativa a participar en los años 1920 en cierto partido a beneficio del Patronato de Leprosos frente a su clásico rival, Newell’s Old Boys, los seguidores de éste estigmatizaron la negativa con el insulto: “¡Canallas!”, lo que llevó a los centralistas a endilgar a sus rivales con el contra-insulto: “¡Leprosos!””, señala el portal del equipo azul y amarillo. Información de REFERI

[2] Club Atlético Newell’s Old Boys.  Conocido simplemente como Newell’s, es un club de futbol  originario de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina. Sus apodos son Leproso, La Lepra o Rojinegro. Lionel Messi es hincha de Newell’s. Allí jugó en las divisiones infantiles y su sueño siempre fue jugar con la camiseta roja y negra en el Coloso Marcelo Bielsa, del Parque de la Independencia. 

[3] Una playera de futbol. En algunos países latinoamericanos, una remera es una prenda informal que suele tener mangas cortas y que, por lo tanto, se utiliza en el verano. La remera suele usarse en la vida cotidiana, especialmente por los jóvenes. Durante la jornada laboral, sin embargo, es habitual que se empleen otras prendas más formales, como una camisa. Información de Definición.de. 

[4] Es un estadio de futbol que se encuentra en la ciudad de Rosario, Argentina. Su propietario es el Club Atlético Rosario Central, siendo el único equipo profesional de la ciudad de Rosario en tener un estadio en propiedad. En él se disputan los encuentros de futbol que Rosario Central juega como local y en ocasiones juega allí el seleccionado argentino de fútbol. Tiene una capacidad para 41.654 espectadores y su dirección es Boulevard Avellaneda entre Av. Génova y Paseo Ribereño.

[5] La Academia Rosarina apodo que recibe el Club Atlético Rosario Central. También se le nombra canallas o la Acadé, acortando la palabra academia. No con fundir con Racing Club de Avellaneda, también llamada La Academia. Primer campeón argentino del mundo. Disputó la Copa Intercontinental en 1967 ante el club escocés, Celtic Glasgow. Racing venció por 1 a 0, en el tercer y definitivo partido y salió campeón del mundo tras ganar con gol de Juan Carlos Cárdenas. Así se convirtió en el primer equipo argentino en la historia en ganar la competición. La tercera final se la llamó La batalla de Montevideo, debido a la violencia que la caracterizó. 


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Manuel González Vargas

Manuel González Vargas

Estudió periodismo. Corresponsal de deportes en México para la Agencia Alemana de Prensa (dpa). Antes trabajó en ‘El País América’ y en la sección de noticias de Cultura Colectiva. Practica la correspondencia con sus íntimos y a veces, como último recurso y en sus tiempos libres, recurre a la ficción. En su altar, Rodolfo Walsh, Alex Turner y Maradona. Le obsesiona, además de todo lo anterior, la política estadounidense y el fútbol argentino.

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