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LAS CERTEZAS SOBRE EL JARDÍN DE DIANA RAMÍREZ LUNA
LITERATURA

LAS CERTEZAS SOBRE EL JARDÍN DE DIANA RAMÍREZ LUNA

¡Cuán difícil es para el ser humano decir adiós! En ocasiones, la imaginación es un bálsamo que nos ayuda a soportar las ausencias y Diana Ramírez Luna es muy consciente de este remedio. A través de su pluma nos transporta hacia un universo narrativo que podríamos clasificar dentro del realismo mágico, pues en su novela transforma lo cotidiano por medio de acontecimientos fantásticos. 

Natalia es el personaje principal de esta historia. Una pérdida significativa la hará aventurarse a un mundo alojado en una pieza de arte. Aquel lugar maravilloso, nombrado El Jardín de las Certezas,  ofrece a Nat la posibilidad de sanar sus heridas, pero en el camino deberá hacer determinadas elecciones relacionadas al desapego y la valentía. Durante este recorrido, el lector se unirá a la protagonista en la búsqueda de sus propias certezas. 

El arte, la naturaleza y la fantasía son tópicos que la autora utiliza para configurar espacios y personajes que representan profundas emociones humanas. Pienso en el Jardín de las delicias, del Bosco, enigmático tríptico con referencias místicas sobre el origen de todo; esto último me lleva a mencionar el Jardín del Edén. En la narración del Génesis, gran parte del relato bíblico se centra en exhaustivas descripciones acerca del surgimiento de la humanidad y lo que rodea a ésta.

Asimismo, el fenómeno que permite a un objeto cobrar vida de forma inexplicable alude de manera sutil a los juegos narrativos utilizados por Oscar Wilde en su Retrato de Dorian Grey. ¿Qué relación tienen estas obras con la historia de una joven a la cual le obsequian un bello cuadro? Las pasiones humanas, la curiosidad por descifrar los secretos del universo y la trascendencia de las decisiones son fragmentos que los unen. 

Por otro lado, las realidades que habitan esta atípica ecfrasis despliegan elementos de la naturaleza más allá de los hermosos paisajes descritos. Como ejemplo de ello, mencionaré uno de mis favoritos, el agua. Este símbolo fundamental en la narración de Ramírez Luna aparece a modo de guiño en diferentes representaciones: la fuente en medio del jardín, la albufera que contiene las emociones de todos los aldeanos, la lluvia cuyo sonido acompaña o las lágrimas capaces de purificar el alma.

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¿Por qué el agua es una clave? Bueno, «[…] para entender varias de las particularidades del Jardín necesitarás hacerte de algunas de las propiedades del agua […] Adaptarte a las circunstancias, ser transparente, fría, dejarte fluir y reinventarte, pero sobre todo, mantenerte siempre en movimiento».  

Otra particularidad del estado líquido es el poder de reflejarse, como lo haríamos al mirar un estanque. En este punto, el universo creado por la autora adquiere un misticismo peculiar de hallar nuestro reflejo en el otro. La relación de Natalia con su familia evoca la vida dentro del cuadro en diferentes niveles, pistas sutiles que la conducirán hasta él, mientras que los tintes de romance se matizan entre la visitante del Jardín y Santiago; sin embargo, ambos tendrán que reflexionar los límites de sus mundos. Una atmósfera de confrontaciones, renuncias y crecimiento espiritual se conjuga en las letras de Diana Ramírez Luna. 

Regreso a la complejidad de los adioses. La ficción construida trae de vuelta al lector a su cotidianidad mediante un sentido de pertenencia que brota cuando éste se identifica con las pérdidas y miedos de los personajes fruto de la mente de nuestra escritora, los cuales se convierten en instrumentos que forjan el coraje, la compasión y el amor.

Quienes acompañamos a Nat y Diana en esta travesía, nos llevaremos valiosos aprendizajes, haremos las paces con la soledad, nos permitiremos ser generosos aun en medio del caos y renovaremos nuestra percepción de los finales que enfrentamos en la vida porque «a pesar de que escribir las últimas líneas de la historia siempre es lo más difícil, todavía nos queda la memoria, donde siempre existiremos en una noche de fuegos fatuos».


Por: Lezlie Anahí Andrade Ruiz


 

Staff Yaconic