El punk es ciertamente mi actitud, pero no mi bandera ni la palabra para categorizarme; me objeta Dick Verdult (1954) tras peguntarle si su tercer libro publicado por la editorial Caín Press de Bogotá es una novelita punk, queriéndole sacar un poco de ponzoña: “yo creo que es muy arrogante, es como una bola de cemento de esas que son balanceadas por una grúa—las que utilizan para demoler algo podrido—. Las Pinochetas es una bola, no muy grande pero bien precisa y bien apuntada. Por suerte los rígidos, los que no permiten, los que le rezan al calambre, no se transformaron en castillo inflable”.

Las señoras Pinochetas. Son bien raras ellas. Cuando jóvenes, por lo general son acueradas, bien teñidas, usan jeans ajustados hasta adentro de la vulva y una blusita de color claro como hasta los 45 años; pasados los cincuentena se desarman, engordan como toneles y los pelos ya cortos, teñidos muy claros o demasiado oscuros, revelan un cráneo pequeño, de superficie chata, cortado a pique en la parte trasera y se ponen vestidos claros y amplios, como floreadas carpas de circos. Se vuelven muñecas infantiles, regordetas, grotescas, con las mejillas hinchadas y la mirada perdida buscan al padre agonizante, que ya no esta para defenderlas de los fantasmas siniestros que les trae la democracia. Escribió la bloguera chilena Mona Mala y Guacha en 2006 sobre las albaceas del dictador, una descripción que bien podría determinar a Las Pinochetas(Caín Press, 2019) de Dick Verdult, novela que se presenta en la 13ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín. Las Pinochetas es un libro que relata con ingenio y humor gélido, el entorpecimiento de las ideas y el diálogo racional por parte de algunas personas dentro de las galerías de arte.

En lo personal, me gusta que la literatura te escalde la lengua, que te lacere el cuerpo y lo deje cubierto de heridas, recuerdos, como la pirotecnia que de niño te voló un dedo en Noche Buena sólo para recordarte que Papá Noel no provee de partes humanas a los niños amputados. Las Pinochetas de Dick Verdult es una novela que muerde y se caga en la estupidez humana; es nuestra tarea colocarle el anuncio de cuidado con el perro o la etiqueta de veneno, dependiendo del lector.

Verdult explica que los estímulos que lo llevaron de nuevo a sentarse a escribir una novela son en un principio, las ganas o el atrevimiento de hacerlo y en segunda instancia, la publicación: “¡Lo que es relativamente nuevo es escribir para que te publiquen!”. Dick Verdult, el hombre generoso que está detrás de la personalidad del cronista de lo feo, Dick el Demasiado, siempre escribió para llenar su propio almacén de ideas; cuenta que en lugar de desarrollarlas o trabajarlas, venían muchas más y nuevas. Proceso extraño que se generó por las ganas continuas de hacer cine y de saber que esta ultima y nuevísima idea, de nuevo, no sería viable para ser realizada —porque esas ideas estaban lejos de lo común—.

No hay frustración en la inventiva del artista holando–argentino, Verdult deja que la válvula se abra, y así a diario, hasta que se encuentra sentado sobre un monte de comienzos. En el tema de la publicación de libros, la mano que mece la cuna proviene del diseñador Francisco Toquica A.K.A. Caín Press, un editor con “predilección al veneno escrito”. A partir de esta grotesca alianza, Dick escribe —bien o bien—durante los largos viajes en avión o haciendo registros en una grabadora al conducir por la provincia ultramarina del Sahara español.

Las Pinochetas, en boca de su autor, es una novela exagerada, escatológica, púbera y venenosa; adjetivos fáciles y difíciles, porque los representa todos, con gran placer y mucho lubricante.

Recuerdo a César Aira decir que la única función que se asigna como narrador es dejarle al mundo algo que no haya tenido antes, porque esa es la función más genuina del escritor, entretanto, Dick Verdult prefiere dejar un retrato de sus experiencias por esta tierra baldía y fea, para que otros encuentren consuelo en las dificultades. “Porque siempre retrato los obstáculos y describo sus lados débiles, ayudando a la humanidad para mudarlos a la chatarra. Es como el entrenador de Box que le indica al pugilista: a este te tienes que acercar desde este lado, dar media vuelta y… pum”.

Las Pinochetastiene fragmentos iluminados de un humor absurdo, con esquirlas surrealistas y de una bilis muy negra, fuliginosa, como el fondo de las cloacas cachacas, atravesado todo por un toque excéntrico, característica cultural de la casa. Y para muestra (basta) un botón:

 

No hay duda, hemos llegado a la cantina de la cola que se bifurca. Unos se aguantan el hambre, otros el puré de Spinetta (sinónimo que le dieron los punks colombianos a las heces).

“Sí, a veces ofender es interesante. Lo que me pasa con Spinetta es que no lo puedo valorar. No le encuentro gracia y su rebeldía me derrite el arma. Yo siento, como alguien de afuera, que esa prosa que maneja es muy de dictadura, pos-dictadura, muy de metáforas que no atacan pero que formulan un descontento. La mariposa que quiere salir por la ventana, el ahogado que salva un pez, un pobre que lee su cartera vacía. Todo eso dice mucho, pero también expresa absolutamente nada”.

Para Dick es un placer estar viendo las cosas desde ahí, es una hamaca que lo mantiene tranquilo en esta vida turbia. “Luego, lo que me gusta del humor, es que es un medio para dar un trompada más fuerte, porque el que ríe no se defiende” [Ríe].

Dick Verdult opina que su humor especifico viene de que no viajó de niño, sino que lo viajaron. Es decir, su familia se mudó en demasía durante sus primeros veinte años y sin que Dick pudiera influenciar mucho; cada vez se encontraba en un contexto diferente al anterior. “Un día era verano, otro día era invierno, un día se hablaba holandés, el otro día todos hablaban castellano, un día se come la comida fuerte a mediodía, el otro siempre de noche, un día los vecinos huelen a cebolla y el otro los nuevos vecinos huelen a gasolina”. Siempre a la inversa del argumento, eso lo enseñó a defenderse de la distorsión, empleándola.

La más reciente novela de Dick Verdult resulta de la praxis artística así como del trabajo incómodo, el de exponer tu propio trabajo en galerías pomposas, de esa experiencia de efigie honrada de artista audiovisual (sea lo que sea que esto signifique ahora), de relacionarse con personas estancadoras de la museología, curaduría, gestión y museografía. Gente que hace mucho ruido–blanco.

            “Bueno, es muy jodido cuando sabes exactamente lo que haces y lo que quieres comunicar, que te venga algún Don Yo Sé y te diga que te va a ayudar. Que me ayuden los amigos o los que aman mi trabajo. Pero no los que tienen un diploma para hacerlo. Producir arte no es un blind date”.

Dick Verdult asegura que la persona ideal entre el arte y el publico (si es necesario, depende de la disciplina) seria alguien que facilite el encuentro del contenido con el receptor en un estado puro.

“Sin meterle salsita, sin sacarle espinas, sin poner su peluca de estudioso. Y eso, de esos, hay pocos. Y de los otros yo me encuentro continuamente, sin parar, es como la plaga de conejos en Australia, que para eso se terminó por inventar el desastre de la mixomatosis (virus que afecta a los conejos y suele manifestarse en forma de tumores externos)”.

A la pregunta de por qué la editorial Caín Pressde Bogotá y no otra, El Hipérbole contesta que:

Toquica (Francisco) es mi amigo, tenemos una unión muy especial. Luego, no soy de chupar medias a los editores, a ese proceso de convencer a alguien que te lea, hay que chuparle las medias. Si en México se me acerca alguien, bienvenido.  En Argentina una buena editorial me quería publicar si pagaba los gastos. Pues eso no me honra, ni tampoco al editor. Los últimos años lo único que no hago por invitación es cine: eso si que lo tienes que arrancar todo tú mismo, y empujar y empujar…»

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Alfredo Padilla

Alfredo Padilla

Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador. Autor de los libros: "Una pastilla más para que pase el dolor" (Editorial Ponciano Arriaga, 2015), "Monólogos de un niño inconforme" (Casa Editorial Abismos, 2017) y "Guadalajara Caníbal" (Paraíso Perdido, 2018). Colaborador de Letras Explícitas Nexos, Playboy México, Vice, Noisey, La Tempestad, Gatopardo, Penúltima, La Revue littéraire, Sabotage Magazine, Golfa, Cream, Marvin, Clarimonda, Juguete Rabioso, México Kafkiano, SOMA, Erizo, Revés, Siempre!, Crash, Desiertos Intactos y de los periódicos Diario Norte de Ciudad Juárez, Hoy Los Ángeles y Los Ángeles Times en Español, Escrituras Indie, los fanzines Punkroutine y El vacío.

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