Despiertas otra vez, cansado, con el hastío desbordando tus entrañas. Miras la almohada y la cubre una capa espesa de lágrimas y mocos. Te dan arcadas, pero no hay vómito. Estás deshidratado por tu inútil aluvión de llanto nocturno –inútil, porque sabes bien que la lluvia nunca ha lavado tus heridas-. Piensas en tomar una sopa de cianuro para acabar con todo. El frasco está lejos. Cierras los ojos y sientes cómo se derrumban los cristales de tu alma. Quisieras ser un insecto para que un niño de pecas y manos rosadas te aplaste sin vacilar. Te imaginas en un exoesqueleto y recuerdas tu último sueño:

Estoy en una clase de literatura, me siento incómodo pues todos mis compañeros hablan con voces ajenas y parece ser que mientras más se asemejan a actores de doblaje más prestigio tienen. Es cansado escucharlos hablar. Me pregunto si alguna vez dicen algo sin que sea una réplica de todo lo que han leído. Hablan de mitología y yo no entiendo más allá de las piedras que cuartean mis labios. Poco a poco el catedrático empieza a tornarse verde y a babear sobre los pupitres; todos en la clase tragan como si fuera el más preciado elixir. Las manos del Profesor-lagarto se voltean y reparten escamas cuando sentencia sus frases. Las siamesas de la esquina las comen como si fueran papel secante y una me ofrece su boca y la otra su sexo. Trato de ignorarlas por su condición de seres vivos, pero caigo ante ellas cuando recuerdo que lo que mata es la humedad. Quedo estrábico después de que me absorben y regurgitan. Los ríos de baba han inundado el salón y no sé si me dirijo a un camalote o a un nenúfar, pero me dejo caer sin temor. Alguien sujeta mi brazo y no puedo mirar su rostro, sólo escucho su voz que me exige no caer, que me demanda mantenerme en pie y me recuerda: “para robar el fuego, sólo mi amigo Ramón”. Me estremezco con sus palabras y nos fundimos en un abrazo. Después caigo en cuenta que yo no quería robar nada ni retar dioses podridos ni mucho menos iluminar a los humanos. ¡No! Siempre me negué a esa idea. Pienso que el fuego del Olimpo es una daga incandescente cuando no pretendes robarlo ni por el hecho de joder la perfección. Quedo ensimismado y recobro la conciencia cuando el Profesor-lagarto-cornudo me baña con su llanto sangriento y saborea mi exoesqueleto. Noto que ya no cargo con la culpa de tener que conservar un fuego que no deseaba. Me pregunto por qué seguir con esta eterna condena de repetir la verborrea de mi penar y sumo más palabras a mi vertedero. Me percato que aunque se desborden las letras en mi letrina continuaré repitiendo el día a día cargando ese estiércol cual Escarabajo-Sísifo… y ni el llanto evitará que vuelva a una clase de literatura y me sienta incómodo con compañeros que hablan con voces ajenas.

Después de recordar el sueño sientes la necesidad de tomar insecticida y aniquilar lo domesticado de tu ser. Miras el techo y anhelas que cada hercio en el ventilador apriete la soga de tu cuello. No sucede. Piensas en las vidas que te negaste a vivir. Piensas en todo lo que se te ofreció y despreciaste con total desdén. Escuchas la gente sonriente que anda por las aceras. No eres el Buenosdías de nadie. Ya no recuerdas cuándo fue la última vez que hablaste o sonreíste. Las comisuras de tus labios han cicatrizado y es más doloroso ser feliz entre tanta porquería que rodea tu metro cuadrado, donde el reloj se detiene y la muerte se aleja. No crees que sea necesaria la interacción humana. Giras un poco y reposas sobre tu mejilla derecha. Notas que dentro de tu boca la carne está más viva que tú. El gusto a hierro te hace levantar la vista y ves en la pared garabatos sangrientos:

Aún lo recuerdo bien, tenía escasos cuatro meses de edad y jugaba a alterar las agujas del reloj. Un día jugué con fuego y lo apagué, con las cenizas hice una punta de lanza y extirpé de mi cabeza los pensamientos que creí no servirían. Desde entonces cuento sinsentidos y canto al tiempo mis latidos.Días después una voz me dijo que la interacción humana sirve para un único fin… Y qué más da si nadie intenta entender o prestarte el más mínimo de atención, sí, total, lo que más te gusta de platicar con el otro es escuchar lo que dices a partir de lo que callas.

Levantas la vista y no crees haber sido tú quien escribió eso. Desconfías de tu sombra a pesar de resguardarte en ella. Estiras tu brazo y encuentras en el alféizar de la ventana un gotero. Maldices todas las drogas que no terminan de matarte y te hunden más en la miseria. Quieres desengrapar la cortina para que entre un poco de luz, pero sabes bien que el sol teme encontrarte. No hay nada que ilumine tu rincón. Te das asco y piensas en hacer algo al respecto. Ya no limpiar y respirar vida y buscar algo para salir de tu inmundicia.

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