Según cuenta la historia, entre los siglos XVI y XVII se deseaba mucha mierda antes de comenzar una función de teatro debido a que buena parte del público que solía acudir a una puesta en escena llegaba en carrozas jaladas por caballos que defecaban en las entradas de los teatros. Con esto se entendía que si llegaba mucho público, muchas carrozas habrían pasado por fuera del teatro que estría lleno de estiércol. Así, mientras más público, más mierda y mientras más mierda, más monedas serían lanzadas como pago a las compañías. Actualmente, en cambio, desear mierda antes de una función parece representar la esperanza de que ninguna eventualidad logística o administrativa arruine el evento ya que los errores de producción y organización suelen ser más constantes que aquellos que ocurren sobre el escenario.

La 39 Muestra Nacional de Teatro se lleva a cabo en la Ciudad de México desde el pasado primero de noviembre y hasta el día diez del mismo mes, presentando veinte obras montadas por compañías, grupos y colectivos provenientes de más de diez estados de la república que buscan “mostrar la diversidadde poéticas teatrales que existen a lo largo y ancho de la República Mexicana, así como fomentar la participación de creadores y creadoras que normalmente permanecen al margen de la Muestra Nacional de Teatro”, tal como se puede leer en el programa de la MNT.

Ante la interesante propuesta que la muestra ofrece este año, revisé la programación y me animé a acudir a la función de la obra Sed del Colectivo Charalito, grupo que fomenta la creación de experiencias escénicas que surgen de trabajos colaborativos en laboratorios de experimentación interdisciplinaria y buscan la construcción de nuevos lenguajes teatrales, esta obra se presentó el pasado domingo cuatro de noviembre en el Foro A Poco No a las seis de la tarde.

Mi colega Laura y yo arribamos una hora antes de la función, conseguimos nuestros boletos de prensa amablemente otorgados por Ulises Ortega, coordinador de prensa del Sistema de Teatro a de la Ciudad de México y Benjamín Anaya, director de divulgación cultural de la Secretaria de Cultura de la Ciudad de México como intercambio para escribir una reseña sobre la obra y la muestra, reseña que no pudo ser escrita pero que tiene el presente texto como testigo de nuestra presencia en el evento.

La fila de público ingresó sin ninguna complicación, incluyendo a varias personas que acababan de llegar con boleto en mano, como si los tickets hubieran sido dados en otro lugar. Cabe destacar que poco tiempo antes, un chico pasó por la hilera de personas ofreciendo entradas de regalo para otras funciones en otros horarios, muy probablemente para llenar alguna otra sala.

En la fila de boletos especiales, que ya no era fila sino grupo amorfo de individuos desorientados, había más personas que aquellas con las que esperamos durante casi una hora. De pronto un chico que posteriormente se identificó con el nombre de Arturo Moreno salió de la sala para decir que únicamente quedaban 8 lugares disponibles. Nos pidió acomodar una fila en el orden en el que habíamos llegado, cosa complicada puesto que todos los ahí presentes aseguraban haber llegado primeros. Ante esta situación yo me realicé dos preguntas: 1) ¿Por qué no contar los lugares disponibles antes de dar los boletos y realizar un cálculo de cuántos boletos se pueden vender por función y cuántos boletos especiales se pueden dar para prensa, críticos e instituciones? 2) ¿Por qué no numerar los boletos y controlar así tanto el orden de ingreso como el cupo?

El caos era aún mayor en el grupo amorfo que intentaba organizarse con el miedo de no alcanzar a entrar a la función. En medio del desconcierto mi colega y yo decidimos acercarnos al individuo que nos pedía hacer fila sin decirnos cómo ni asegurando nuestra presencia en la sala aun cuando algunos tuvimos que cruzar la ciudad para llegar al centro y estuvimos por una hora o más esperando un turno para entrar. Al acercarnos, con una mirada despectiva solicitó que mostráramos nuestros boletos y con expresión de lástima nos dijo: “¡Híjole! Estos boletos son para la función de las 8 de la noche, yo creo que se confundieron”. Una cosa es no poder generar las condiciones mínimas de organización para conducir la entrada a un foro pequeño y otra muy distinta es intentar verle la cara a la gente para así librarte de culpas y resolver tus conflictos. Con duda revisé el boleto que tenía en la mano y verifiqué: era un boleto color verde limón con los logos de la Secretaría de Cultura de la CDMX  que decía “cortesía”, no tenía impreso horario ni función pero fue el que me dieron en taquilla asegurando que “con ese pasan todos”, taquilla en la que no me pidieron ninguna identificación ni me anotaron en una lista, como si la presencia de alguien de prensa fuera algo inútil o sin importancia. No había manera de que yo aceptara un boleto de las 8 de la noche siendo que llevaba más de una hora esperando y bien sabía que a una función más tarde no me podría quedar, además la puesta en escena de las seis de la tarde fue la obra para la que se acordaron entrada. En ningún momento nadie me avisó que el boleto que yo tenía en la mano era para otra función, ni siquiera cuando, en medio de la espera, me acerqué con el personal del teatro para averiguar si estaba bien el lugar en el que me formaba y el boleto que tenía en la mano.

Al cuestionar al señor Arturo Moreno, quien resultó ser parte del Staff Técnico del festival, descubrí que la gente que llegó en grupo pocos minutos antes de iniciar la función tenía unos boletos impresos diferentes al mío. “Venimos del Sergio Magaña”, me dijo Arturo como si eso me regresara el tiempo que yo llevaba esperando. Como en ningún lugar me avisaron que para entrar a una función tenía que solicitar mis boletos en la sede inmediatamente anterior y como eso me parecía absurdo, una idea llegó a mi cabeza: la gente que acababa de llegar o bien eran invitados o bien eran amigos del mencionado Arturo, aparente poseedor de los boletos reales. ¨No puedo hacer nada, la sala está llena y ese boleto no es para esta función” me dijo después de explicarle que mi interés en esa sala de teatro era escribir una reseña sobre la obra y el festival para invitar a más gente a acudir al teatro, un espacio muy golpeado por la poca difusión que se le suele dar y el consecuente poco público que suele consumirlo. Junto a mí estaban otras dos o tres personas que se encontraban en la misma situación y con los mismos boletos verdes en las manos, entre ellos, una investigadora del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU). Argumenté la falta de respeto que me parecía el proceder de los empleados de la Muestra Nacional de Teatro para con la gente de prensa y los representantes de una institución tan importante como es el CITRU y destaqué su poca capacidad de organización justo en el momento en el que recibí un “Ya cállate” de un chico chaparrito y de apariencia muy joven que, visiblemente empoderado, había decidido que no tenía más sentido dialogar conmigo y la gente a mi lado. “¿Podemos ir metiendo a la gente que sí tiene boleto?” Le preguntó a Arturo Moreno y comenzó a dar ingreso a aquellos que tenían boleto verdadero mientras pegaba constantemente el dedo índice sobre sus labios haciendo una señal de silencio hacia nosotros.

Muy interesante me pareció que aquellos que representan a un evento cultural como la Muestra Nacional de Teatro resuelvan los conflictos que tienen con una actitud tan prepotente y grosera mostrando expresiones de superioridad que sólo me permiten pensar que trabajos como este no son para cualquiera.

En épocas contemporáneas la figura del gestor ha ocupado un lugar preponderante en la cultura al ser el facilitador necesario que disminuye la brecha tan amplia que existe entre autores, creadores y públicos. Que importante se vuelve alguien que sepa organizar la entrada y la salida a un foro, el trabajo con prensa, la atención a invitados y participantes. Que importante se vuelve alguien que actúe con profesionalismo y responsabilidad en todo momento en el que sea encargado de un evento o actividad cultural por pequeña o grande que sea.

Cada vez más foros de teatro son inundados con shows de Stand Up o comedia estilo Mascabrothers, uno pensaría que es porque la gente los prefiere por sobre una puesta en escena que realmente explore los lenguajes escénicos, una propuesta de experiencia performática o antes que involucrarse en una obra que invite al público a ser él mismo parte de la puesta en escena, pero yo me atrevería a preguntar, ¿qué tanto el público está cansado de lidiar con un teatro elitista que empieza desde la taquilla?¿Qué tantos complejos de superioridad uno se encuentra en el teatro?, y,¿qué tanta falta de profesionalismo y de responsabilidad hay en aquellos que, si bien no que se dedican a hacer teatro, si se dedican a gestionar el teatro?Es importante decir que los artistas teatrales son también víctimas de aquellos que llevan foros y festivales. Creo que mucho tienen que aprender en México los organizadores de grandes festivales escénicos de los festivales gigantes de cine como Ambulante o Docs, más pequeños como STUFF MX o Panorámica, de música como el festival Cloak&Dagger o las grandes ferias de libro como la Fil Oaxaca, en donde la figura del gestor y el productor han logrado generar puentes muy sólidos entre los creadores y el público, tanto que varios de estos eventos culturales han alcanzado fama a nivel mundial al grado que se han convertido en auténticos acontecimientos internacionales.

Ante la actitud grosera del Staff de la MNT, decidimos no enojarnos y emprender la retirada. El mal sabor de boca lo limpiamos con churros y chocolate. Después de hacer una fila de aproximadamente 20 minutos, muy bien organizada en la que ningún amigo de nadie se intentó meter y en la que todos teníamos muy claro qué era lo que tenía que pasar, descubrimos dos cosas: los auténticos churros del moro ubicados en Eje Central siguen sin perder su sabor tradicional y una churrería es más capaz de organizar un par de filas de entrada que la Muestra Nacional de Teatro. Por mi parte, me retiro indefinidamente como público teatral y me devuelvo a mi cómoda butaca que me ofrecen otros espacios como el cine no sin antes desearle mucha mierda a la Muestra Nacional de Teatro.

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Emiliano Escoto

Emiliano Escoto

Nace en la CDMX en 1992. Estudió filosofía en la UNAM. Ha publicado textos en diversas publicaciones impresas como UnoMásUno, Día Siete, Rúbrica, Generación o Kilómetro Cero, y digitales como Yaconic, El Fanzine, Letras Explícitas, Citric Magazine, We’re magazine, Poesía Referencial o el Periódico de Poesía. Escritos suyos aparecen en antologías de narrativa, crónica y ensayo como en los libros De Equivocaciones y Barbarie (Mantarraya, El Salario del Miedo, Almadía, 2015), Entre la Tradición y la Vanguardia (Pulquería Insurgentes 2016), Conversaciones Pachecas (Generación, Cáñamo, UANL, 2016), Luis Villoro y la diversidad cultural (CIALC, UNAM, 2016) y Hostería La Bota, un lugar en el centro para todos (Mantarraya 2017). Ha participado en la organización y producción de ferias de libro, encuentros de escritores y coloquios en la UNAM, la Secretaría de Cultura, el Centro Cultural España y la CANIEM. Ha trabajado en cine, radio, tv, teatro y su principal labor es organizar fiestas culturales en la Pulquería Insurgentes donde ha presentado más de doscientos libros, realizado la logística y curaduría de más de cincuenta exposiciones, ha presentado y producido más de veinte obras de teatro así como programado y exhibido más de cincuenta películas mexicanas en los últimos tres años. Actualmente tiene una columna sobre libertades y derechos individuales en la Revista Cáñamo, trabaja como actor en una obra de teatro sobre violencia de género con el Instituto Nacional de las Mujeres, realiza piezas escénicas de poesía y videoarte con el colectivo TAO y organiza el 30 Aniversario de la Revista Generación.

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