Esta vez la noche empezó y terminó temprano. No hubo mareas ni corrientes humanas que cruzaran de un extremo a otro. Durante todo el evento sonaron guitarras, un bajo, un violín y hasta un sitar. De cualquier forma los asistentes sabían que estarían en una sesión relajada, consciente, y que la locación sería el estacionamiento del Goethe-Institute Mexiko, diametralmente opuesto a la Ex Fábrica de Hielo que acogió a la Noche Electrónica Alemana en México (NEAM) el año pasado.

noche alemana

Todo tiene un porqué. La NEAM reveló su programa semanas antes de celebrarse, pero esta vez un terremoto se atravesó en la vida los mexicanos y nos hizo reflexionar sobre muchas cosas (cada quien con su cada cual). Tal vez no era momento, como lo es ahora, para echar la fiesta titánica hasta el amanecer, llena de gente súper frita y alocada, sino de convivir (también conbeber ¿por qué no?) acogedora y cálidamente bajo una carpa, como reunión familiar en sábado y acompañarnos para gozar con un poco de música “moderna”.

Además, el objetivo de este año no fue que la banda amaneciera en un rush profundo y multicolor, sino recabar el dinero de la taquilla para destinarlo al Fondo Semillas, una organización feminista que entregará los recursos a las mujeres afectadas por los sismos del 7 y 19 de septiembre: una comunión para ayudar, celebrada bajo una carpa que bien pudo ser la de una boda en jardín, ya que el ambiente era familiar.

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ACOGIDOS POR EL KRAUTROCK Y EL PROGRESIVO

Pocos días antes del evento nos enteramos que dos proyectos electrónicos nacidos hace cuatro décadas, y por ello considerados más próximos al rock progresivo, serían los actos principales: Vía Láctea, surgida de las manos de Carlos Alvarado quien también fue integrante de Chac Mool (progresivo mexicano macizo) y Michael Rother, conocido por ser partícipe del krautrock y ex integrante de Kraftwerk.

Vía Láctea inició por ahí de las siete y media de la noche. Por el sonido profundamente atmosférico, que remitía a mantras budistas acompañados de fractales y mandalas  multicolores en la pantalla, entendí por qué Alvarado, quien conducía el ritmo con sintetizadores a la vieja escuela, hacía música con el difunto Jorge Reyes: ambos traían ese viaje místico y sideral, el cosmos, la pachequez del jipiteca tardío, algo que se percibía con los sonidos mesurados del sitar pero que se adecuaban sin problemas al violín, bajo y guitarra que los acompañaba.

Cómo era de esperarse, los asistentes seguían cada uno de los acordes, de las capas sonoras que salían del escenario, nadie fiesteaba intensamente, se cumplía el cometido: una sesión de escucha consciente, para alivianar las semanas crudas que habían transcurrido en las calles cercanas a la NEAM.

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Pero la Noche Electrónica Alemana Mexicana no podía serlo sin la presencia de beats, sin el fluir sonoro de la máquina. Enseguida de que Vía Láctea se despidió apareció la dupla Marbeya Sound, quienes nos ofrecieron un set de dos horas que inició en house amable y jugó con nuestras mentes en sonidos más nü disco hasta que llegó a la antesala con clásicos del krautrock: de pronto estábamos sumergidos en una fiesta ochentera con sonidos agresivos que obligaban a sacudir la cabeza de arriba a abajo.

El homenaje resultaba obvio y mientras los de Marbeya seguían en la tornamesa Michael Rother apareció en penumbras sobre el escenario, preparando sus artilugios dispuestos sobre una mesa retacada de cables. Sólo tomaron los instrumentos y la banda se volcó en ovaciones, brincos y aplausos: la Alemania antes de la caída del muro se trasladó durante hora y media al México antes del muro gringo, momentos difíciles, pero no menos alegres.

Un tío que minutos antes bailaba como poseso dionisiaco de pronto había sacado una pequeña libreta y dedicaba miradas al ex Kraftwerk en tanto con sus manos trazaba lo que parecía un dibujo, pues el lápiz no se dirigía como si formara carácter alguno. La gente se apretujaba cada vez más, así que decidí salir después de un par de rolas, unas fotos y unos fumes entre la multitud, entonces caí en cuenta de que aquello se había llenado en algún punto y que difícilmente regresaría al mismo punto donde me estuve. Ni hablar.

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Desde atrás observé como todo se volvió más frenético hasta que las bases repetitivas se volcaron en ritmos más sucios, más rockeros: aquello ya no era la NEAM como la conocía sino una celebración musical donde había lo mismo jóvenes que señores, quienes seguramente escucharon el vinilo de Neu! (el proyecto que presentó noche Rother además del Harmonia) y que ahora acompañaban a sus hijos. Agitar el cuerpo frenéticamente, brincar, escuchar sin chistar o beber una chela alejado, una escena tan dispar en momentos pero que compartía algo: todos sonreían. Michael Rother, muy puntual, terminó a las 12 aunque no pasó mucho para que regresara al encore.

Tan pronto el güero desapareció del escenario mucha banda hizo lo mismo, algunos todavía se pidieron otras chelas para escuchar a Von Temple con un techno más bien extraño pero no menos bailable, atmosférico por momentos y fúrico en otros.

Mario Castro

Mario Castro

Latinoamericano verborreico. Fotógrafo. Escribidor de debrayes. Corrector de horrores lingüísticos. Editor en veces. No alimentar con tristezas a este sujeto.

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