La luz, el vino prohibido, los vértigos,

¿para quién escribes?

Ruinas de un templo olvidado.

Si celebrar fuera posible.

Extracción de la piedra de la locura,

Alejandra Pizarnik

“Inconscientemente desde niño, experimentando ahora como adulto, otorgo a las gemas cualidad poética. Porque en ellas se reducen, gracias al tiempo, a las intolerables temperaturas y a las inconcebibles presiones telúricas, enormes cantidades de materia bruta. Que finalmente se resuelven en un fragmento esencial, es una gota de luz. ¿Y qué otra cosa es la poesía, sino un agotamiento de vivencias en una frase definitiva y tal vez definitoria”. Escribe Juan José Arreola en Inventario (Grijalbo, 1977).

En la obra de la artista Sophia Green (Los ángeles, CA, 1983), el acero, el hormigón y los desechos orgánicos forman parte de una resina que en conjunto, solidifican la representación de la ruina y la destrucción a través de la praxis del dolor, el salto al vacío y la detereorización del yo, sublimado todo a la gema de la que hablaba Arreola. Bucólica rústica.

Evidentemente, como le gustaba decir a Scott Fitzgerald, la vida es sólo un continuo proceso de deterioro, y quien se resiste a percibir el deterioro, acaba reivindicándolo, sin demora, en una justificación especial para su permanencia; pero las piezas de Green son esa sangre que salpica la piedra, la participación activa del caos en un desierto colmado de huellas y materiales. Piezas intervenidas para dar fin o inicio al deterioro perpetuo y contemplativo.

Sophia Green dota con experiencias remotas ese desgaste en la obra, producido por acciones destructoras y regeneradoras, del uso de la decadencia en concepto, de fenómenos externos e internos; como si la infancia de Sophia provocara accidentes estéticos, hechos voluntarios de ternura; o del paso de la medicación psiquiátrica dentro de la pieza, del mazo del tiempo que desmiembra tanto a las cosas animadas como inanimadas.

Su trabajo evoca fachadas de templos en declive, que algún día albergaron el Síndrome de Stendhal, como aquella Santa Croce de Florencia, que en la obra de Green se resquebraja por una memorial lluvia ácida, se viene abajo por subsecuentes materiales pesados.

Ruinas de fondo donde hubo un altar, ruinas de fondo donde hubo una familia: cera y lámparas, bichos y barro, un sagrario en el tiempo destruido, la grieta del espejo maldito que esconde escote e inocencia, grasa seca y carbón, la última fisura, la última pastilla. Una fachada sin aislamiento debe ser un recuerdo, el del hormigón muerto en la ruina del núcleo.

Antepuesto a esa remembranza del desastre está el cine, que se descompone de igual manera, a veinticuatro cuadros por segundo, y en el que Sophia Green tuvo un paso notable: trabajó en el Departamento de Vestuario de la cinta Rescue Dawn (2006), dirigida por Werner Herzog y protagonizada por Christian Bale, en donde ya se veía esa obsesión de Green por desgarrar los objetos, en este caso, el uniforme militar de un piloto (Bale) que es derribado en pleno vuelo.

Perdido en la inmensidad de la jungla; colaboró también como asistente de la actriz Abbie Cornish (Candy, Limitless) en W.E. (2011), una película maquilada por Madonna, sobre el romance entre Wallis Simpson (Duquesa de Windsor) y el Rey Eduardo VIII; así como en el crew de Live free or die hard (2007), la cuarta secuela de Bruce Willis como John McClane.

Pero el cine son sólo cuatrocientas butacas que llenar (Hitchcock dixit) mientras que el arte es un espejo para verse la cara, para verse el alma, y eso es lo fundamental para Sophia Green: despedazar un espejo que pueda dar una razón artística o destruirla por completo. Green sabe que para romper un espejo se necesita soledad, miseria o pasión; convertir una semilla en una roca; una varilla en una hechicera con poderes sobrenaturales; convertir el viento áspero en terreno puro.

Irrumpir en el estudio de Sophia Green, en la Colonia Providencia de Guadalajara, es toda una expedición a la vieja usanza de Herzog, una particular excursión por los delirios interiores de la artista: varillas, placas y láminas de acero, granitos de argamasa, plástico, pintura iridiscente; guantes, botas salpicadas de cemento, animales fracturados dotados de vida, perfiles de elefantes provenientes de la Fantasía (1940) de Walt Disney; bosquejos del malestar, esbozos eróticos y de la rabia que sabe bien como dibujarse, autorretratos que no siempre hacen justicia, y momentos para recogerse en soledad.

Las piezas artísticas de Sophia Green son una especie de desarrollo de la ruptura. El ser en sus posibilidades de dejar de ser. Probablemente, el mundo llegará a su fin en el momento en que Sophia concluya el ciclo de su obra y se realicen todas las formas y las condiciones posibles del ser. Consumación de la destrucción fina.

Entrar por esa puerta es convertirse en un monje del arquetipo, la luna y la lámina, preparándose para saltar desde la cúspide de la montaña (que en realidad es un departamento). Y yo tenía artillería en el cuerpo —de alcohol y THC— como para diez épocas multiplicadas en el espejo de sus ojos.

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