Darte el tiempo de escapar en una nube de humo que te lleva a descubrirte y consentirte no es un placer que puedas lujear a diario. Las mil ocupaciones que me atrapan hacen que disfrute esos momentos como si fueran los últimos. Esta noche la sativa y un ente curioso me acompañan.

Prendo mi pipa con la misma delicadeza con que me desnudo. Todo placer debe cumplirse como si fuera una ceremonia y este es el ritual de mi placer. Cada bocanada de humo me hace pensar en qué parte de mi cuerpo quiero explorar cómo si fuera tierra recién descubierta. Mi piel se eriza al tiempo que pienso en lo mucho que disfruto tener su rostro entre mis piernas y cerrarle el paso a los sonidos. Sus manos inquietas recorren el sendero de mi vientre hasta encontrarse posadas en los botones de mis senos que prenden una máquina de imágenes en mi cabeza.

El erotismo va más allá de las sensaciones corporales. Mi imaginación excitada por la marihuana me permite crear escenarios donde su empeño por prenderme es mínimo, ya soy un caudal hirviente de agua. El THC no se ha quedado únicamente en mi torrente sanguíneo, ahora viaja a través de mi vulva por el fino movimiento de su lengua. ¿Qué más da si pasan 10 minutos o una hora? Prefiero no dar cuenta del tiempo y experimentar pequeños espasmos en el vientre a modo de reflejo de mis terminaciones nerviosas.

Cerrar el sexo a las penetraciones es como enclaustrarte dentro de un ático en una casa llena de luz. Las posibilidades van más allá de un “mete y saca”, la creatividad acompañada del deseo abre espacios en la mente que permiten revolcarte como bestia sin perder el sentido humano, explotar en múltiples orgasmos que te sorprendan por el nivel de intensidad o la extraña forma en que fueron creados.

Fotografía: Miguel Ángel Sosa Arzate

A mí, la hierba me provoca orgasmos de todas las formas posibles. Tal vez esa sea la verdadera razón por la cual prefiero la intimidad de un buen encerron que flanquee mis gemidos cuando la fumamos, porque el sonido del placer asustaría a los moralinos o excitaría a quienes se deleitan desde su distorsionada imaginación. Digo, porque soy cínica y descarada, pero tampoco me gustaría pensar que un güey se la jaló escuchando como mi garganta se desmorona por gritar la delicia que siento.

La marihuana llegó a mi vida como un método de reflexión y relajación, pero descubrirla en sus manos como un estimulante y potenciador de sensaciones ha sido una de las experiencias más gratificantes. Cada vez que mi nariz detecta el aroma de la hierba, mi cuerpo se cimbra recordando todo el mundo de posibilidades que nuestra vida sexual ha sembrado en mí.

Fumamos y nos fundimos. Sé que mi tono de piel le recuerda el color de la textura mielosa que el hachís deja en la pipa y mis movimientos le indican lo alucinógena que es esa noble planta y los viajes terrenales que se pueden hacer a bordo de una cama. Prendemos la pipa nuevamente una vez que ambos agotamos el poder de nuestros cuerpos, el humo nos dibuja la próxima faena sexual donde embestirnos será lo de menos.

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Stephanye Reyes

Stephanye Reyes

Periodista en formación.
Humana por imposición, bruja por elección.

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