No es de extrañar que esta cinta dirigida y escrita por Alonso Ruizpalacios haya sido seleccionada como competidora para el Oso de Oro del Festival Internacional de Berlín en febrero pasado. Tampoco que haya ganado el Oso de Plata a Mejor Guión en este certamen. Lo inusual es el aporte que museo hace a la cinematografía mexicana contemporánea.

Pareciera que hay dos bandos separados por un abismo en el cine que se hace actualmente en México. Como si un Moisés haya separado un mar, estos dos lados son el snob y el patéticamente superficial. El primero destinado a mostrarse en pequeños círculos y sumamente institucional, purista. Incomprensible, inalcanzable pero también arriesgado; muchas veces con un discurso disruptivo. Y necesario.

El segundo vacío y estacado. De personajes que no inverosímiles para nuestra realidad; no concebibles en nuestra ideología o que repiten estereotipos añejos. De groserías y desnudos inexorables e injustificados, sólo porque “es mexicano”. Que no tienen en cuenta el día a día o no hace un esfuerzo por considerar a otras historias que merecen ser contadas. Pero de permanencia en cartelera y de exposición la televisión de fin de semana.

Pero hay también uno tercero; el de las películas que toman aspectos positivos y negativos de estos dos lados. Y existen. Que profundizan en sus personajes e intentan dar cabida a otras voces, tanto que terminan ser un espejo donde es posible mirarse. Y lo logran bien. Puedo mencionar a Cumbres (2013) de Gabriel Nuncio, Los insólitos peces gato (2013) de Claudia Sainte-Luce o La región salvaje (2016) de Amat Escalante.

Mejor aún, cortometrajes como Música para después de dormir (2013) de Nicolás Rojas Sánchez o El último canto del pájaro cú (2010) del director cuyo largometraje nos convoca en este texto.

Ruizpalacios ya nos había adelantado parte de la estética de Museo en Güeros (2014). Sólo que en el largometraje más reciente la Ciudad de México no es protagonista: los personajes viven en la periferia. “Somos los reyes de Naucalpan, bueno los tlatoanis”, se le escucha decir a Juan Núñez (Gael García) en una escena ubicada en las torres de Satélite.

Esta es una historia que pasó casi desapercibida en 1985: el robo de 140 piezas del Museo de Antropología e Historia en Navidad. Mientras la ciudad de hallaba en ruinas por el terremoto de septiembre, un par de jóvenes realizaron uno de los mayores robos a museos en nuestra historia. Pero ese es el hecho real, para efectos de Museo, expongo cuatro razones para ver esta inusual película.

  1. Porque es inesperada

Inesperada para este año y para el espectador común. No es de extrañar que la mayoría considere a Museo como una película que no quisiera ver una segunda vez; incluso no es extraño pensar en que puedan salirse a la mitad de la proyección. Esto se explica en el trasfondo: Juan tiene conflictos con su familia. Aquí viene el primer rasgo de empatía, pues todos en algún momento nos hemos sentido incómodos con quienes nos sentamos en la mesa a cenar.

Lejos de la historia, también está el montaje y los recursos técnicos. Museo es inusual por los saltos en la narrativa y las continuas disrupciones en las luces o sonidos. La cuarta pared se rompe de una manera genuina y única con la voz del director cuando da la orden de acción o con el diálogo de los personajes que evidencian un desfase en el audio directo.

Hay escenas aparentemente extrañas que no son sino una broma de la dirección. Justificaciones estrafalarias para otras escenas que hacen olvidar al espectador qué película está viendo. Pero nada predecible.

Mexican actor Gael Garcia Bernal L and Mexican director Alonso Ruizpalacios react during a press conference to present the film Museum Museo presented in competition during the 68th edition of the Berlinale film festival in Berlin on February 22 2018 AFP PHOTO Stefanie LOOS

  1. Porque tiene una fotografía muy inteligente

A comparación con Güeros, Museo también se vale de su dirección fotográfica, a título de Damián García para hacer una reiterada intromisión en los personajes. De entre tomas astutas y ópticas que benefician el primer plano, la psicología de los personajes se muestra de manera genuina, aunque a veces perezosa. Resulta muy efectiva para lo que se quiere lograr al contar la historia.

Es gracias a la dirección fotográfica que puede verse con atención el diseño de producción, realizado por Sandra Cabriada. Detalles que los espectadores que vivieron en carne propia aquella época tienen el gusto y la sorpresa de reconocer en la pantalla.

  1. Por su guión

Una voz omnipresente, que es la de Leonardo Ortizgris en su papel de Benjamín Wilson, es la que nos conduce a través de la historia. Él nos habla de su relación con Juan, su mejor amigo y autor intelectual del robo. La inocencia e ingenuidad de Wilson hace que por momentos temamos lo peor: una traición por parte de Juan. Museo también desglosa la amistad en la que el personaje de García Bernal es indudablemente el líder; todo es más evidente cuando en una escena de tensión él prolifera “¡yo soy tu único amigo, cabrón!”.

El guión logra su cometido porque las historias secundarias que rodean a la principal nos llevan de la mano para conocer a los personajes. Además de mostrarnos a otros que parecen interesantes. Muchos temas se tocan en Museo, pero ninguno es ajeno a la realidad mexicana ni han dejado de estar vigentes desde 1985.

  1. Por el desarrollo de personajes

De la mano del guión, los dotes actorales salen libres por una dirección relajada. Los “descuidos” técnicos tienen su par en la improvisación y se materializan con la poca profundidad de campo de la fotografía. “Parece que yo he sido Juan alguna vez”, “alguna vez he tenido que dar mi brazo a torcer como Benjamín”, puede llegar a pensar el espectador.

Si bien es cierto que sólo se puede hacer este ejercicio con los personajes principales pues son los que aparecen más a cuadro, Museo tiene la capacidad de hacernos pensar en las otras vidas que se muestran.

De ahí en más, la más reciente película de Ruizpalacios llega en un momento que la expectativa del lanzamiento de Roma, de Alfonso Cuarón es ya ansiosa; otra cinta prometedora que podemos llamar técnicamente como producción mexicana. Espero que Museo pueda ganarse el lugar que merece, por más inusual que sea.

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Martín Vargas

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Me gusta contar historias: la forma es lo de menos. A veces una palabra vale más que mil imágenes.

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