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RESEÑA: ‘THE IRISHMAN’ DE MARTIN SCORSESE
CINE SERIES

RESEÑA: ‘THE IRISHMAN’ DE MARTIN SCORSESE

Culpa y Muerte

La violencia se da siempre por una contra-violencia, es decir, por una réplica a la violencia del otro.

Crítica de la razón dialéctica (1960), Jean Paul Sartre

No hay ninguna verdad que una cámara dirigida por Martin Scorsese no pueda captar. Incluso si está enterrada bajo quince centímetros de maquillaje digital.

En ‘The Irishman’ (2019), su proyecto de pasión por la vida y su prioridad por sobre todos los guiones y producciones, el legendario cineasta cobra un cheque en blanco que ha guardado en el bolsillo trasero de su pantalón durante décadas, canjeándolo por tiempo indefinido en ejecución de bonos y un presupuesto que normalmente se le asignaría al tipo de películas que le gusta comparar con los sosos paseos en los parques temáticos (‘Marvel’).

Estrenada en ‘Netflix’ después de un despliegue teatral, grandilocuente y muy poco convencional, ‘The Irishman’ es una historia sobre hombres que se están reconciliando con su MORTALIDAD, tanto delante como detrás de la cámara (en espejeo con el actor). Ciertamente, no es una película que ni siquiera Scorsese –con todo su inmortal esplendor– hubiera podido realizar de joven.

Es a la vez densa y detallada (como certificada por un enfermo de TOC), no obstante, se siente curiosamente estribada en la trama. Con una duración asombrosa de doscientos minutos (tres porros, aproximadamente), ‘The Irishman’ requiere el tipo de compromiso que probablemente, no has asumido desde la última vez que confiaste en Ashutosh Gowariker (conocido por dirigir películas “ambientadas en un gran lienzo mientras se jactaba de un tratamiento opulento”).

A diferencia del director de ‘What’s Your Rashee’ (2009), Scorsese sigue siendo uno de los pocos cineastas vivos –además de Nuri Bilge Ceylan y Quentin Tarantino– que pueden justificar un tiempo de ejecución prolongado en sus filmes. A pesar de lo largo que es ‘The Irishman’, se siente como una película y no como una miniserie sin cortes. Aunque muchos de ustedes, habitantes del país de la televisión por streaming, podrían consumirla como una.

Papá Scorsese lo ha llamado como “un experimento costoso”, pero es más bien, un comentario sobre la magia técnica en juego, y no necesariamente sobre la narratología de la película, que es sorprendentemente más tradicional de lo que te imaginas.

En el guión multicapas de Steven Zaillian (‘American gangster’) hay flashbacks dentro de otros flashbacks, que se extienden a lo largo de varias décadas, mientras se rastrea el ascenso y la caída de dos hombres: el corrupto líder sindical Jimmy Hoffa (Al Pacino) y el asesino a sueldo de la mafia de baja calaña destinado a matarlo, Frank Sheeran (Robert de Niro).

En la cúspide de su fama, se decía que Hoffa era tan popular como Elvis Presley y los Beatles en la cumbre de las suyas. El Teamster (persona que conduce un equipo orientado al trabajo animal), gruñe a Sheeran en su primera conversación telefónica, haciendo referencia al título original de la película, que Scorsese conserva en los créditos iniciales.

También es un eufemismo o clave de asesinato, un acto que Sheeran lleva a cabo varias veces en la cinta, arrastrando una muerte mundana que normalmente, se asociaría al ruin trabajo de pintar casas. En una secuencia, Sheeran golpea al dueño de un local bajo ninguna clase de autoridad, casi como si fuera parte de algún tipo de rutina establecida…, como si estuviera comprando comestibles para la cena (esa es la violencia a la que nos tiene acostumbrados Scorsese).

Scorsese filma esta escena de manera ininterrumpida, resaltando la forma “artesanal” en que Sheeran lleva a cabo los actos más terribles.

Es una feliz coincidencia que el envejecimiento digital le robe a De Niro los ojos de toda humanidad (sino, se nos aparece el Diablo). No queda claro si era la intención de Scorsese o simplemente fue el resultado de la evidencia de una tecnología imperfecta.

Los efectos maleables dificultan la lectura de Sheeran como un personaje –una vez más, esto podría ser intencional–, pero en honor a De Niro, siempre se mantiene en él un aire de no confrontación, de cabeza nivelada.

Pacino, por otro lado, tiene el perfil adecuado de ‘Scent of a woman’ (1992) –oh tristeza-. En varias tomas, mientras gesticulaba maníacamente con sus brazos y miraba con ojos de loco a cualquiera que estuviera a la distancia, esperaba que gritara su eslogan: “Hoo-ah!”.

En varias tomas, mientras gesticulaba maníacamente con sus brazos y miraba con ojos de loco a cualquiera que estuviera a la distancia, esperaba que gritara su eslogan: “Hoo-ah!”.

 Existen escenas que nos presentan a De Niro y Pacino operando a niveles divinos, tienen el potencial de ser tan culturalmente relevantes como el intercambio de “¿Te divierto?”, en el otro clásico de los gángsters de Scorsese: ‘Goodfellas’ (1990). ‘

The irishman’ es una clase magistral en la construcción de escenas, editada sin descanso por su editora fetiche Thelma Schoonmaker (‘Raging Bull’), fotografiada por el mexicano Rodrigo Preito (‘The Wolf of Wall Street’), y escrita por Zaillian.

Casi se puede imaginar a Scorsese, sentado detrás de sus monitores, con una gran sonrisa en la cara (por cierto, se ha vuelto una constante en Hollywood, que si quieres ganar al menos un Oscar, debes contratar a un fotógrafo mexicano).

Una vez más es Joe Pesci –convocado por Scorsese–, en la tercera ronda de esta emblemática intimación cinematográfica– quien ofrece una actuación digna de un Oscar. Como el silenciosamente convincente mafioso Russell Bufalino, Pesci es vengativo y soez; despreciativo y ocurrente. Por alguna extraña razón, los efectos digitales no le distraen tanto como a De Niro.

Pero debajo de toda esta postura supra–varonil y las almas de los actores enterradas bajo engaños visuales, hay una historia sobre la CULPA, sí señor –un tema que Scorsese ha estado luchando por comprender durante décadas, como el devoto chico católico que es en el fondo–. En sus últimos momentos, El Irlandés se encoge de hombros ante su bravuconería… Y se transforma en una meditación melancólica sobre el envejecimiento.

‘The Irishman’ es el tipo de película que se deja cocer a fuego lento en sus propios jugos gástricos, inmune como lo es al juicio precipitado de los nuevos críticos de cine con cuenta en Twitter (aún sin saber absolutamente nada acerca del género, como ocurrió con ‘The Joker’). Así que abre una bebida con mucho alcohol, corta algunos limones y saca los vasos tequileros. Compra una pantalla grande como tu ego, invierte en acciones de ‘Netflix’ y nunca pierdas la fe en Papá Martin Scorsese.

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Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.