¿Alguna vez has tenido la oportunidad de haber bailado con una rumbera? ¿De esas que aparecen en las fotos de tus ancestros en sus días de fiesta, y a las que tu abuela veía con desdén y envidia? ¿Aquellas lucidoras de cortas vestimentas coloridas, repletas de holanes y pieles al aire? ¿Matriarcas de la pista, devoradoras de los débiles, domadoras de caifanes y seductoras de donjuanes ? Yo sí, una vez.

Posiblemente tenía cuatro veces mi edad y graves problemas de cadera (o hasta artritis), pero eso no impidió que le sacara filo a las zapatillas y que me fuera imposible aguantarle el paso. Sucedió una vez que por casualidad entré al mítico Salón Los Ángeles.

“Quién no conoce este salón, no conoce México”, más o menos así va el dicho. Personalmente, esa frase se me hace algo exagerada: mi chamba me ha llevado a visitar sitios como el consultorio de un auténtico sacerdote vudú, varias veces las mesas de embalsamamiento, el salón del hotel lleno de militantes panistas con lágrimas de cocodrilo donde Ricardo Anaya admitió su derrota, y hasta la casa de un bato que colecciona cucarachas.

No obstante, lo que sí es ley, es que chilango que nunca ha puesto un pie en la pista de madera del Los Ángeles es porque, o baila de la chingada, o porque le falta un madral de barrio.

Su perfume: lavanda, rosas y sudor; sus telas: escasamente amarillas con naranja. Su actuar por la pista inició poco después de las 6:00 PM, casi enseguida de la apertura del salón; el mío, hasta seis horas después, cuando la suerte decidió que me refugiara de la lluvia en La Tormenta, la cantina cruzando la calle. La Orquesta de Perez Prado “Los Reyes del Mambo”, eligió al  #8, como el mambo que marcaría mi predestinado oso social, y al del Politécnico como la fanfarria tropical para restaurar mi tieso y doblemente patizurdo honor.

Cuenta la leyenda que por sus mesas pasaron los carnales Fidel y Raúl Castro, el Che “máquina de matar” Guevara, y la relación más tóxica y célebre del arte nacional: Diego Rivera y Frida Kahlo, quien, según el LA Times, llevó a León Trotsky, el sancho soviético por excelencia. Además, en el ‘97, un grupo de zapatistas hizo del salón su base. Algunos de los “ilustres” contemporáneos que he visto caminar por su piso ajedrezado son el papá del PRD, Cuau Cárdenas, la MILF Edith González, y el ex padrino de Milenio, Carlos Marín.

Rumbera regresó a su mesa. Necesitaba un descanso. “Ya no tengo tus años, rey; pero me conservo”, dijo con una sonrisa jadeante. Me fui al bar por una rubia helada para disfrutar fervorosamente bajo las escaleras espiral, esas, si es que nunca han ido, llevan a uno de los baños y permiten una vista panorámica.

Antes del último sorbo, ese que si dejas un momento en el limbo se torna un sabor rancio y tibio, un pachuco enfundado en un tacuche negro, que daba la impresión de un gangster antaño, me extendió la mano: deseaba que le tomara una foto junto a su pareja, y, “antes que nada”, según él, quería felicitarme por mi “desempeño” en la pista.

“La verdad, le haces bien cagado, pero traes la esencia; la mayoría de los chavos que vienen nomás echan desmadre en la pista, bailan cumbia o sacan pasos de chambelan; no saben la forma correcta en que uno se tiene que mover en un danzón y en el mambo”, me platicó mientras esperaba que su dama regresara del baño. Había fila.

Le solté la pregunta básica chismosa reporñera: por qué le había entrado al pachuquismo. Se soltó por 20 minutos, incluso su compañera regresó, fue al bar y nos trajo a él un vaso de agua y a mí otra coronita: desde que era niño veía su abuelo y padre llegar a su casa entacuchados a su casa, sus progenitores se echaban sus danzones en su sala, y también era fanático de la obra Zoot Suit. Hizo énfasis en que no cualquiera era un pachuco auténtico.

“Entonces, ¿cómo es la elegancia del pachuco?”, le pregunté. “Es un estilo de vida”, contestó con firmeza. “Son años de trabajo, el traer pose de todas mías y sentirte estrellita es algo que sacaron de Tin Tan y este tipo es solo una caricatura. El pachuco legítimo impone, no necesita hacerse notar, tiene una vida recta y siempre está en búsqueda una búsqueda estética que refleja en su vestir y en la pista”.

Detalló  con minucia: “Debes tener vestimenta de calidad: un traje que no esté arrugado y que sea gris, negro, verde o azul, no naranja, amarillo o algo que te queme los ojos; es necesaria la disposición de gastar lo que sea necesario para una vestimenta bella y de talla, nada de telitas baratas ni sombreros de cien pesos”.

“¿Y en el baile?”, exclamé. “Pues tener buena mímica cuando estás bailando con una mujer: no hablas, todo lo dices con el movimiento; el danzón, se dice, lo bailaban los indios encadenados, por ello se baila en un cuadrito, muchos parecen que hacen waltz e inventan pasos. No son XV años”.

Terminó su bebida de golpe, sacó un pañuelo blanco del bolsillo del saco y se limpió suavemente la boca. Antes de partir exclamó sonriente: “en la vida no existe la tristeza, existe la negación de la realidad, y no hay mejor forma que enfrentar las inminentes tragedias de la vida que en la pista. ¡Qué no te importe que te digan vago! todos nos vamos a morir; y si algo sé yo es que ¡lo bailado nadie te lo quita!

Su palabra es ley; y las deidades, el presidente, los ingenieros, el barrio y el salón… lo saben.

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Raúl Campos

Raúl Campos

Cultural Journalist & Documentary Photographer Kitsch Journalism Mexican decay Anarchy Road

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