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SOBRE EL ENIGMA FONSECA
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SOBRE EL ENIGMA FONSECA

En la vida real lo que hay son detectives imperfectos.

Rubem Fonseca

Detective Privado en Black Mask

Desde sus orígenes, el género negro ha tenido que luchar no sólo contra académicos sino también contra el gremio cultural para que se le reconozca como tal, al ser considerado una literatura de masas con nula calidad literaria e impresa en papel barato.

Sin embargo, como bien menciona Mempo Giardinelli en su libro El género negro (1984): “la novela negra moderna, en sus mejores expresiones, es una radiografía de la llamada civilización tan eficaz y seria, tan aguda y sofisticada, como en cualquiera de las mejores páginas de la literatura universal contemporánea”.

No sería sino hasta 1925 cuando la mítica revista Black Mask cambió de editor y de rumbo. Entonces, quedaría al frente Joseph “Cap” Shaw, un escritor de Nueva Inglaterra, quien pronto se fijaría en la originalidad y autenticidad de los relatos de un autor al que André Gide consideraba como el mejor escritor estadounidense del siglo XX, a la par del mismo William Faulkner, ese era Dashiell Hammett.

En las páginas de esta revista, que se publicó entre 1920 a 1951, deambularían los mejores autores del género duro, el llamado hard-boiled, el cual gestó y configuró un modelo de relatos policiacos que pronto habría de conmover y entusiasmar al público de todo el mundo.

Uno de los escritores que mejor supo desarrollar este género fue el brasileño Rubem Fonseca (1925-2020), quien desde sus primeros relatos reproduciría la estructura del policial para narrar una realidad cruda, violenta y contraria a los valores aceptados en su época. En la mayoría de sus obras existe una investigación de por medio, ya sea de un crimen o hecho delictivo.

El primer cuento con el que incursiona en el género es “El collar del perro” (El collar del perro, 1965), protagonizado por el comisario Vilela, en el que reproduce el ambiente policíaco que se vive dentro de una comisaria, similar al de la serie de novelas policíacas del escritor Ed McBain, y se adelanta a lo que años después plantearía el siciliano Leonardo Sciascia en El día de la lechuza (1965), la definición de poder hacer justicia en una sociedad corrupta.

Años más tarde aparecerían textos memorables como “Feliz año nuevo” (1975) o “El cobrador” (1979), en los que se reconocen elementos primordiales del género negro, donde el crimen y la violencia extrema de las favelas irrumpen el frágil orden de las clases media y alta.

Algo interesante en la mayoría de las novelas fonsequianas es que parten de esa apropiación del género negro, como El caso morel (1973) o la famosa Agosto (1990), la cual puede leerse como una novela histórica o como un thriller policíaco, al contar con ciertos elementos fundamentales del género, como son el detective, la víctima, el crimen y los diversos culpables.

De esta manera, Fonseca recrea las últimas horas antes del suicidio del presidente Getulio Vargas.

Teniendo como protagonista al comisario Alberto Mattos, personaje bastante complejo y con un rasgo peculiar: sufre de una terrible acidez estomacal la cual se va acentuando a lo largo de la historia, a tal grado que la única manera posible de que el sufrimiento termine será atrapando al culpable o resolviendo el caso; sin embargo, la obsesión por buscar y administrar una justicia casi perversa termina por llevarlo a un destino fatal e inevitable.    

COSECHA ROJA, LA NOVELA QUE REVOLUCIONÓ AL GÉNERO POLICÍACO

El misterio Molière

Dentro de las influencias más destacables en la obra de Fonseca se halla la Jean-Baptiste Poquelin, Molière, evidente en algunas novelas, como por ejemplo Buffo & Spallanzani (2009) o Diario de un libertino (2003).

Pero será en El enfermo Molière (2000) en la que el escritor brasileño hace notoria su rotunda admiración por el dramaturgo francés al escribir una novela policíaca y de corte clásico, que forma parte de la colección “Literatura ou Morte”, creada por la editorial Companhia das Letras, que invita a participar a escritores afines al género negro y de cierto renombre internacional para entregar una obra de corte policíaca de mediana extensión, con la particularidad de ser protagonizada por escritores famosos ficcionalizados (Borges, Bilac, Camus, Molière, Hemingway).

En El enfermo Molière la trama gira en torno al asesinato de Molière, misterio que debe resolver el Marqués Anónimo, quien desarrollará la función del detective incidental que busca, al puro estilo de Dupin, entre los parientes, conocidos, médicos, sacerdotes, príncipes y aristócratas al posible culpable del envenenamiento de su querido amigo. 

De la Agencia Pinkerton al caso Mandrake

Un primer caso de autoficción dentro del género negro se da con uno de los principales exponentes; Samuel Dashiell Hammett, quien, antes de escribir y volverse el escritor más popular de los que publicaba la Black Mask, trabajó como investigador privado en la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton, sin embargo, una tuberculosis mal atendida, herencia de la Primera Guerra Mundial, y varias deudas por pagar lo hicieron escribir con una intención clara y concreta: ganar dinero.

Hammett utilizó su propia experiencia para escribir sus primeros cuentos y también la mayoría de sus novelas, ya que conocía a la perfección el mundo de los detectives, del crimen y la corrupción en una sociedad decadente, de tal manera que sacó el crimen del jarrón veneciano y se lo devolvió a los verdaderos criminales.

Algo similar sucede con Fonseca. La denominada autoficción existe entre el pasado del escritor mineiro, quien estudió leyes, especializándose en Derecho Penal, antes de dedicarse por completo a las letras y uno de sus más emblemáticos personajes, el abogado criminalista Mandrake, es bastante notoria.

No por nada Mandrake es el personaje que más parentesco comparte con el propio Fonseca, y es protagonista de cuatro cuentos, dos novelas y dos nouvelles publicadas de 1967 a 2017: “El caso F. A.” (1967), “El día de los enamorados” (1975), “Mandrake” (1979), El gran arte (1983), Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro (1997) “Mandrake, la Biblia de Maguncia” y “Mandrake y el bastón Swaine” (2005) y “Calibre 22” (2017).

El mejor ejemplo de autoficción se encuentra en sus memorias José (2011), en las que Fonseca narra uno de sus primeros casos como abogado penalista: al tener que defender a un empleado de una imprenta, acusado de falsificación de moneda, en el que participaban otros dos implicados en el delito: el dueño de la imprenta y un capitán del ejército, sin embargo, el único absuelto fue el empleado de la imprenta, gracias al ingenio por parte de su abogado defensor; éste hecho se verá más tarde ficcionalizado en la novela Mandrake, la biblia y el bastón, (2005) en la que el abogado criminalista, cuyo nombre tiene que ver también con la pasión de Rubem por la dendrolatría, cuenta una breve biografía de cómo fueron sus inicios en el mundo de la abogacía haciendo alusión a ese mismo caso del tipo acusado de falsificación de moneda.

Mandrake, cuyo verdadero nombre es Paulo Mendes, sin embargo, termina por cambiárselo porque era nombre de Papa y según él se considera: “una persona que no reza, y habla poco[1].”

Por ende, siempre se presenta como Mandrake, abogado criminalista, quien conoce las calles de Rio de Janeiro, ama los puros —en especial los Pimentel #2—, fiel asiduo a beber vino tinto portugués y un apasionado de las mujeres con escotes pronunciados, ya que como él mismo dice, es: “un hombre que ha perdido la inocencia [2]”.

Réquiem por la novela policíaca

Heredero del famoso hard-boiled norteamericano, Fonseca escribió la mayoría de sus obras utilizando la estructura de la novela negra/policíaca/criminal, con historias sangrientas, múltiples crímenes y mujeres fatales.

Supo apropiarse de un esquema narrativo como es el policial y trasladarlo hacia su propio contexto, parodiándolo de tal forma que no era de sorprender encontrar a sicarios satirizados que declaman a Pessoa o que saben latín como en El Seminarista (2010).

Entre sus páginas deambulan todo tipo de personajes que supieron ser parte del no sólo del imaginario colectivo, sino también de una realidad latinoamericana que perdura hasta nuestros días. Rubem formó parte de una generación de escritores que no sólo adoptaron sino también se apropiaron de un género como el policial para narrar la violencia e injusticias de la sociedad en la que les tocó vivir.

Con su muerte se cierra uno de los más grandes capítulos de un género que no ha parado de transgredir a las buenas conciencias y luchar contra la censura. Sin embargo, nadie puede negar que Fonseca fue y es un referente para el género, pues sus historias lo avalan y sus personajes lo demuestran.


[1] Fonseca, Rubem, Cuentos completos 1, TusQuets, México, Cal y arena, 2018, P. 396

[2] Rubem Fonseca,“Mandrake”, en, El cobrador, Barcelona, Bruguera, 1980, p. 108.  

Atzin Nieto

Agente de la D.F. Continental. Amante de la novela negra, los ligueros y escotes pronunciados. Mi única debilidad son las mujeres con tacones.