Si hay una palabra certera para describir a Susan Meiselas es curiosidad. En una entrevista hecha en 2013 declaró que estaba convencida de que la labor de la fotografía documental era descubrir, ser curioso: ir a lugares donde no pensaste alguna vez ir. Esta labor escapa de cualquier etiqueta, cosa que aborrece profundamente, pues al momento de fotografiar un hecho, no importa si se es un hombre, una mujer, o siquiera un fotógrafo de profesión.

Tampoco su pretensión es “dar voz” a aquellos que no la tienen. “Eso es absurdo, ellos tienen una propia voz, en términos fácticos ellos pueden hablar”, declaró en una conferencia en 2011 para la Parsons The New School of Desing. Quizá el sentido de esta declaración —lejos de cualquier interpretación metafórica— vaya más ligada a un trabajo que pretende ser un fiel testigo de lo que sucede. Difícil tarea si hablamos de una trayectoria compuesta principalmente por conflictos bélicos.

Fotografía: Susan Meiselas

Sin embargo, por la lente de Meiselas no sólo han pasado este tipo de eventos: la transformación social, la vida diaria, la violación de los derechos humanos y el impacto que tiene la imagen fotográfica como testimonio y base para el futuro es algo que le concierne también. Ella admite que fue en Latinoamérica donde se dio cuenta de la importancia de convivir con las personas, de tratar de entenderlas para poder realizar una fotografía significativa. ¿Qué tanto sentido puede tener una fotografía?, ¿cuál es el papel de la fotografía documental en la era tecnológica?, son algunas de las preguntas que frecuentemente lanza en sus clases magistrales o conferencias.

LA TESTIGO: MAGNUM PHOTOS Y PUBLICACIONES

Originaria de Baltimore, una ciudad de Maryland en Estados Unidos, Meiselas estudió en la Universidad de Harvard y empezó a trabajar en la agencia fotográfica Magnum Photos, fundada en 1947 con sede en Nueva York. Como mencioné párrafos arriba, podemos dividir su trabajo en temas, antes que en etapas, pues la curiosidad, ese elemento vital en su trabajo, ha quedado intacto después de tantos años. El primero es el conflicto social. En este rubro caben los proyectos más famosos y aquellos que se materializaron como portadas de publicaciones como The New York Time Magazine y libros fotográficos.

Fotografía: Susan Meiselas

El más trascendente es sin duda  la cobertura de la revolución sandinista en Nicaragua entre 1978 y 1979. A 40 años de este conflicto, la fotografía más fructífera fue “Molotov Man”: un hombre de cabello largo y gesto de furia lanza una bomba molotov en medio de lo que se adivina como un tiroteo en la calle. Tal como otras imágenes, esta se reproduce como símbolo, no sólo de la revolución que sacó a Somoza del poder, sino de la rebeldía latinoamericana: hoy en día, comercializable en memorabilia como todo buen símbolo.

Pese a las dificultades que enfrentó por su nacionalidad en pleno conflicto, Meiselas supo internarse en la vida de los involucrados, comprenderla y ser un testigo silencioso; ningún otro fotógrafo tiene un archivo más significativo para el pueblo nicaragüense como ella. De este trabajo se publicó un libro titulado a secas Nicaragua, cuya última reimpresión fue en 2016. El Salvador (1979) fue el proyecto inmediato del anterior mencionado. Aquí, el trabajo de Susan sirvió también como testimonio y evidencia de los abusos de la Guardia Nacional contra la población civil, en una de las guerras civiles más sangrientas del siglo pasado.

Fotografía: Susan Meiselas

Desde el asesinato de unas monjas estadounidenses, la Masacre de El Mozote que arrasó con poblaciones pequeñas y la búsqueda de los restos muchos años después, de un hecho reconocido por el gobierno sino hasta 2012. Chile from within 1973-1988 (1988), por su parte, significó su primera publicación como editora de una libro constituido por trabajo de fotógrafos chilenos. La vida diaria durante la dictadura de Pinochet, la represión y la victoria del NO en el plebiscito que lo quitó del poder son los principales temas.

Con un tratamiento similar, aunque más centrado en el entorno antes que en las personas, Missing Women of Juárez (1998) y United States/Mexico Border (1989) son los únicos dos proyectos hasta la fecha que Susan Meiselas ha hecho respecto a nuestro país. El primero, logra entrever el trabajo de las unidades de búsqueda de los restos de mujeres en el desierto, así como de las unidades forenses en la reconstrucción de los rostros sugeridos por estos. El sufrimiento de una familia, las protestas civiles en contra de los entonces no tipificados feminicidios y la incompetencia de las autoridades para concebir el machismo como problema son los temas que logró llevar a la prensa internacional (y mexicana también) a través de sus fotografías.

Fotografía: Susan Meiselas

El segundo da una vista general del problema migratorio entre México y Estados Unidos. Este es quizá el menos personalizado, pues no recoge el testimonio usual en los pies de foto para sus exposiciones, a excepción del de un policía fronterizo que “entiende” la problemática: “¿Crees que estas personas quieren vivir en una caja de cartón porque les gusta?  No lo creo. Ellos quieren vivir en un apartamento o conseguir su propia casa. Ellos quieren mandar sus hijos a la escuela, igual que el resto de nosotros. Pero hay gente que les paga $2.25, un box lunch y ellos son la razón de que no puedan superarse a sí mismos. Yo no lo soy. Mi trabajo es detenerlos. Ellos son los que abusan más de los inmigrantes que yo”.

Otro tema que aborda en su trabajo es la vida diaria. No se puede hablar de lo que no se conoce, así que la mayor parte de este tópico fue realizado en las calles de Nueva York. Prince Street Girls (1978), habla del paso del tiempo en un grupo de chicas de un barrio italiano con las que convivió antes de ir a Nicaragua. Diez años después, ellas no eran unas niñas, muchas ya con familias propias. En una reflexión final, la nostalgia acecha y confiesa lo complicado que fue juntar la vida familiar y los amigos con el trabajo como fotógrafo, dispuesto a no echar raíces por no poderse quedar en ningún lado definitivamente.

Fotografía: Susan Meiselas

“A menudo fue una separación dolorosa, pero no lamento haberla elegido”, explica. De este tema también se desprende Volunteers of America (1976-1978), el seguimiento de una organización que en época navideña recaudaba fondos para un refugio de indigentes; ellos a su vez se vestían de Santa Claus para esta misión. Muchos de estos señores, el resto del año, volvían a su realidad, quizá a la espera de diciembre.

Por último, un tema que engloba varios proyectos es el impacto de la imagen fotográfica. En un segundo término, con una intención ciertamente experimental Porches, American South (2008) y 44 Irving St. (1971) son un inicio para la fotógrafa; aunque el primero sea intencional, pues fotografiar extraños y la sensación de empezar de cero fue su motivación. El segundo proyecto fue el inicio de su carrera profesional, consistía en retratar a sus vecinos y pedirles que describan con sus palabras cómo se perciben en ellas. Con una intención más docente, Cova da Moura, Portugal (2004), recoge los resultados de un barrio marginado y su acercamiento a la fotografía a través de cámaras Polaroid. La apropiación de las imágenes y la intención de generar un discurso a partir de la vida diaria, es la intención.

Fotografía: Susan Meiselas

ENTRE OTRAS COSAS

Kurdistan (1997) es un caso aparte, pues antes que un proyecto fotográfico propio, busca la reconstrucción y la identidad de un pueblo al que se le ha negado existir. Un libro recoge los testimonios de una cultura que se ha visto envuelto de conflictos bélicos; entre naciones históricamente en guerra: Irak, Turquía, Siria e Irán, la memoria de miles de familias se hace perpetua por medio de un sitio web que es alimentado por todo aquel que quiera formar parte de esa nación sin patria.

Pandora’s Box (1995) es quizá el libro más extraño, pues se interna en un club exclusivo autodenominado como el “Disneylandia de la dominación”. Aquí los fetiches sexuales se satisfacen como un servicio de primera clase: el látex y los látigos, las torturas y los aditamentos temáticos no tienen otro fin más que el del placer. Este tempo del pecado se muestra sin prejuicios y como mercancía para el que lo puede pagar.

SER VISIONARIO

Susan Meiselas es consciente del cambio que la era digital trajo a la fotografía, pero lejos de ser un inconveniente, es una oportunidad. Las nuevas tecnologías dan pie a nuevas relaciones con la fotografía, pues los soportes se expanden: muestra de ello es la reimpresión de su libro Nicaragua, que con el apoyo de una aplicación de realidad virtual, lleva al usuario a una nueva experiencia sobre este conflicto; el sitio web colaborativo de Kurdistan es otro ejemplo.

“El reto es mantenerse crítico, independiente y ver al mundo de una manera inteligente”, advierte. Percibir una fotografía documental como un puente, como la apertura de una puerta que provoque al espectador una identificación pese a nunca haber estado ahí. “Aumentar el círculo del conocimiento”, expresa Meiselas. “Se trata de sentir el pasado y ver el presente. Los nuevos documentalistas deben de estar comprometidos y tener la determinación de ser un testigo”. No dejarse llevar por los adelantos tecnológicos, sino procurar encontrar nuevas maneras de contar la historia. “Ellos (los documentalistas) deberán seguir creyendo en lo que las fotografías son capaces de lograr. Yo también así lo hago”.

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Martín Vargas

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Me gusta contar historias: la forma es lo de menos. A veces una palabra vale más que mil imágenes.

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