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UNA ENTREVISTA CON NICOLÁS FERRARO
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UNA ENTREVISTA CON NICOLÁS FERRARO

‘La  violencia es un fracaso’

Nicolás Ferraro (Buenos Aires, 1986), es autor de la novela ‘Cruz‘, editada en 2017 por la Editorial Revólver, trabajo que fue finalista en el ‘Premio Dashiell Hammett’ a mejor novela negra, que otorga la Semana Negra de Gijón, y que reeditaría la editorial mexicana independiente Nitro/Press en conjunto con la universidad de Nuevo León (UANL), en su colección ‘Nitro Noir’.

Se dice que Nicolás Ferraro trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno –la más importante de Argentina–, que es “hincha” de George V. Higgins, Kike Ferrari, Ben Affleck y RM Guerra.

En entrevista hablamos un poco de ello, y de la construcción de personajes para novela, el Río Paraná, las fronteras y sus clandestinos, México, la cocaína, la literatura y la violencia.

¿Qué referentes te ayudaron a construir tu personaje de Tomás para Cruz (Nitro/Press, UANL)?

Por lo general, a la hora de perfilar los personajes suelo tomar dos o tres notas, a grandes rasgos, quizá definirlos en una frase y tomarla de guía —por ejemplo: un hombre que con tal de no ser su padre termina siendo nadie— y los voy desarrollando a medida que avanza la trama.

Tomo referentes a la hora de generar un clima o ciertos universos que quiero retratar, ya sean del cine o libros o historietas. En Cruz, sobre todo en la tercera parte, traté de empapar algo de desolación y camaradería que hay en la película ‘Cold In July’ (2014) de Jim Mickle basada en la novela de Joe Lansdale. También la manera en que hacía foco en el retrato de la violencia, dónde poner la cámara o el ojo.

Los personajes, por otro lado, suelo abordarlos desde lo que conozco, les presto mis mejores y peores cosas a todos, y las que voy observando de los que están cerca. Después, de alguna manera, la propia trama y la elección de ciertos detalles son los que terminan por potenciarlos —cuando funciona— y achatarlos —cuando no—.

¿Qué te ofrecía el Río Paraná para contar esa historia de “asesinos perversos, narcotraficantes y asesinos corruptos”, como escribe Gabriela Cabezón Cámara?

La clave para decidir a escribir ‘Cruz’ fue encontrar ese escenario. Siempre está esta idea de cruzar dos propuestas para lograr una que funcione.

Tenía el disparador de ‘Cruz’ desde el 2012 dando vueltas, esta historia de hermanos de padre criminal y la manera en que cada uno lidia con ese pasado en común y la manera en que cada uno es afectado por ese legado, y no fue hasta 2014, cebado por varias lecturas o películas de rural noir, cuando dije: esto no puede pasar en la ciudad.

Tengo que sacarlo afuera. Y varios artículos que había visto respecto al tráfico de drogas en el norte del país me terminaron de dar la ambientación. Me ofrecía un nuevo ambiente para una historia que ya nos cansamos de ver, un “decorado” nuevo con el que disfrazar el esqueleto de una historia archi reconocida de manera de poder presentarla de una manera “fresca”. Sacar al género negro de la ciudad y llevarlo más allá del asfalto y los edificios.

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Foto: Alejandro Meter

¿Lo único bueno que tienen las fronteras son los pasos clandestinos?

No consideraría los pasos clandestinos como algo bueno, salvo, claro, narrativamente o como tema con el cual hacer ficción. Las fronteras son lugares muy difíciles de arbitrar por lo que muchas veces la justicia y el orden queda en manos del hampa. O de uno mismo. El Estado en diferentes oportunidades queda ausente y la gente va a sacar ventajas de lo que pueda para salir adelante.

Como punto positivo, la hibridación de las culturas —sus formas de vida y sus lenguajes— y el intercambio de bienes y servicios entre diferentes ciudades de diferentes países; claro que, desbordado, deviene en contrabando.

¿Qué harías tú si del cielo te llueve cocaína, como leemos en las primeras páginas de tu más reciente novela, El cielo que nos queda (Revólver editorial, 2019)?

Eso es un poco la pregunta que se hacen los personajes de la novela. Y estoy seguro que, de haber mantenido el trabajo, de saber de dónde sacar el mango, de haber estado de este lado de la desesperación —y no más allá—, los hermanos Vargas hubieran seguido de largo cuando se toparon con esa merca.

O si a Reiser le caía la falopa en otro momento, estaría calculadora en mano cuánta guita valían esos ladrillos, pero ahora no quiere saber nada. En mi caso, en este momento te diría seguir de largo y rezar que no me vea nadie. Y si me ven, agradecer tener el pasaporte el día para mandarme a mudar a México.

¿Qué es lo que encuentra Nicolás Ferraro detrás de la efigie de la violencia, por qué hacerla protagonista, y no sólo un concepto al servicio del argumento?

No considero que la violencia sea la protagonista de mis novelas. Sí es un tema con el que deben lidiar los protagonistas, y nosotros como personas y sociedad.

No es una violencia por que sí, gratuita, “pochoclera” o gore como a veces se dice, no la considero como un elemento estético que tengo en mi caja de herramientas como escritor y decida cuándo la voy a usar, de la misma manera que puedo decidir utilizar un registro poético, cierta cadencia de diálogos, o el uso de metáforas o comparaciones.

Trato de mostrarla lo más real que es; si a alguien le hacen comerse una escopeta, lo más natural es que le desparramen la cabeza contra piso y pared. Y si trato de mostrarla así es porque —ahora, pensando en retrospectiva— me interesa ver las consecuencias de las violencias por encima del acto en sí, alejadas de algo cool o perfomático, ver cómo se lidia con ese daño.

La violencia, tanto negocio como oficio o metodología de supervivencia, tiene un precio. Muchas veces vemos que las consecuencias sólo quedan en la víctima, y es algo errado.

Me interesan las secuelas de la violencia en el que las ejerce también, no sólo como una cicatriz en los nudillos o una mancha de sangre en la playera. De qué manera lidian con el daño que infligen. La violencia también en los sobrevivientes. Hacedores y testigos.

La violencia pone en evidencia muchas más cosas que las que parecen a simple vista. Es, en cierta manera, un fracaso. Y la solución que algunos encuentran cuando fracasa todo, cuando uno ya no cree que alguien lo va a venir ayudar, o está abandonado, por los suyos, por el Estado.

No es solo odio, también es miedo, desamparo y desesperación, y una posibilidad, en el peor de los casos, de acceder a una justicia que no va a encontrar por otros medios.

“En la tele mostraban la entrada en calor de México — Argentina. Ella abrió la heladera y se sirvió un porrón”, escribes en El cielo que nos queda, ¿cuál es tu relación literaria con México?

Al momento del viajar para presentar Cruz a principios del 2019, te diría un tanto distante, especialmente por los eternos problemas de distribución —sacando pocas excepciones—: libro editado en México, muere en México, libro editado en Argentina, muere en Argentina.

Sí aproveché e hice la tarea antes de viajar y me leí lo que pude Bef, Hilario Peña, Imanol Caneyada, algún cuento de Taibo. Poco más.

El viaje cambió eso. Creo que lo que más disfruto de los viajes es la posibilidad de ponerme en contacto con los libros de diferentes autores locales, no sólo de las grandes editoriales, sino también de las independientes.

Así fue como me vine con una valija extra y ya acá disfruté la desolación de ‘Humo’ de Efrén Ordóñez, que también se hace extensiva a su libro de relatos ‘Gris Infierno’; la pasé muy bien y me sacaron varias risas las penurias de la vida de los escritores / artistas como Mauricio Bares y Juan José Luna, las novelas policiales y fronterizas de Gabriel Trujillo Muñoz y José Salvador Ruiz, cuentos de Iván Farías e Iris García Cuevas y seguro que se me escapan varios más.

Ahora en esta cuarentena me encontré con dos libros de cuentos que disfruté muchísimo ‘Misericordia’ de Miguel Ángel Hernández Acosta y ‘Cien Caballos en el Mar’ de Alfonso López Corral. Buenísimos. Ambos de un formato que parece estar siendo una especie de modelo: poco más de cien páginas y 5 o 6 relatos.

Ahora mismo estoy con libros de crónicas; Fernanda Melchor y su ‘Aquí no es Miami’, y está en la torre de lecturas pendientes ‘Chicas Kalashnikov’ de Alejandro Almazán. Como ves, de todo un poco, y me debe quedar una valija entera más para descubrir.

¿Qué es lo que verdaderamente representa un Premio Dashiell Hammett para un autor de novela negra?

En mi caso el haber sido nominado para el Hammett fue realmente un sueño, algo inesperado también, y en cierta manera una palmada en el hombro que me decía que tanto trabajo había valido la pena. Y también un aliento para seguir escribiendo.

Después te puede abrir alguna puerta a la hora de publicar o que a alguien le dé curiosidad y decida leerte. Pero también me pasa que mucha gente cree que por eso te abre la puerta a muchísimos más lectores, y lamentablemente, al menos en mi caso, no es así.

En resumen, es un orgullo haber sido nominado al Hammett, y ojalá algo de lo que escriba pueda tener la calidad y la suerte de volver a estar en esa categoría.

¿Qué ocurrió cuando leíste por primera vez Los amigos de Eddie Coyle (1972) de George V. Higgins?

Pasarla de puta madre. Que es lo más importante cuando uno agarra un libro. Me acuerdo de haber leído tres, cuatro capítulos y decir: esto es genial. Y cerrar el libro. Porque más allá de la historia, sentía que había un montón de herramientas narrativas que podía sumar, pero que en ese momento, al verme inmerso en la escritura de un libro, no iba a poder aprovechar.

Así que terminé esa novela, y a la hora de escribir la siguiente, fue volver a meterme en esa historia y pasarla más que bien y sacarle dos o tres cosas, y estar de seguro de que, en una futura relectura, con más experiencia, voy a poder encontrarle más aristas.

Me parece bueno marcar qué va más allá de remarcar esos diálogos que son el ochenta por ciento de la novela —y por los que se hizo famosa—, e ir un poco más allá de los recursos y ver una propuesta donde se rompía la escuela de los detectives y la figura intachable del éste y sus códigos, para pasar a una novela donde el protagonista lidia con convertirse en un soplón o no en orden de seguir en libertad.

Nada menos heroico que un chivato. Y donde la línea entre buenos y malos no existe, y el crimen ya no está en manos de grandes mentes criminales, sino en gente normal que debe planear el golpe y volver a su casa y encontrarse con los gritos de su pareja porque se olvidó de comprar la leche.

“México está en guerra desde hace mucho tiempo, antes era un sitio tranquilo, con sus dosis de violencia diaria, pero había ciertas pautas y reglas…”, te comentó en entrevista el escritor mexicano Iván Farías. ¿Cuál es el panorama actual de Argentina, de la noticia se desprende la violencia y viceversa?

Hay algo clave, a mi entender, y es que Argentina no es un país productor de droga, sino de tránsito, a diferencia de, por ejemplo, Perú, Paraguay o México. Por lo tanto, no llega a un nivel de violencia en los que podemos encontrar en países o zonas de esos lugares.

En las ciudades en las que se empieza a afianzar cierto poder ligado a las drogas, las muertes han ido en aumento. Rosario, por ejemplo, donde ya los ajustes entre narcos empiezan a arrojar cifras de muertos que van en aumento.

Ahí el control de territorio es el problema, de la misma manera que sucede en la ciudad de Buenos Aires y las bandas que operan en el barrio 1—11—14. Además, en el narcotráfico tenemos diferentes figuras “invisibles”, porque siempre cae un pichón o un imbécil, no un capo, invisibles porque operan donde hay una ausencia o alguien que decide mirar a otro lado. El problema de las políticas neoliberales y la flexibilización laboral, con su desempleo inherente, es que terminan por entregar un montón de mano de obra barata / desesperada a las organizaciones narcos. La desigualdad social se ha ido aumentando en los últimos años, y a medida que lo hace es inevitable que aumente la violencia.

¿Cuándo te veremos por México?

Por lo pronto, pandemia mediante, voy a estar participando de manera virtual del Festival ‘Huellas del Crimen’ presentando ‘Cruz’ junto a otros autores de Nitro/Press. Espero que pronto pueda volver ya que ha sido una gran experiencia, poder conocer diferentes lugares y personas de México. Así que será cuando haya una invitación. O cuando me llueva cocaína del cielo.

Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.