Cuando entré de nuevo a la carpa, unos esqueletos de huesos fosforescentes, y con sombreros charros, amenizaban el slam en el que minutos después perdería mis lentes (al caerme un güey por la espalda), los cuales habían sobrevivido a los varios empellones que sortee durante el día. El Wild O Fest es una fiesta que te incita al baile en solitario o a clavarte a los madrazos ((in)voluntariamente, lo comprobé de primera mano). Claro, aunque no es perfecto, como ningún festival (¿o sí?).

Llegué a eso de las seis, cuando The Tormentos, una banda argentina que rola entre el surf y el western, tocaba para un par de centenas de asistentes; la mayoría de la banda se encontraba en la carpa del Dj Set (de vinilos) echando la chela o el cigarro, o bien, dándose el rol por el puesto que parecía sacado del Chopo: unas rejillas con camisas surfers o de luchadores, máscaras de los mismos y el característico olor a pachuli (por razones desconocidas para los más incautos). Adelante, la merch oficial.

Después de los argentinos, fue el turno de la Tokiotas The 5,6,7,8’s, aquellas que apaerecieron en el Kill Bill de Tarantino, quienes subieron alegres aunque después se veían consternadas (más que preocupadas) porque no se escuchaban en los monitores. Después unas tres rolas notaron que la situación poco mejoraría así que se enfocaron de lleno en hacer bailar a la gente, aunque la preocupación siguió a pesar de que la gente se emocionó al (medio) escuchar “Woo Hoo” en una versión un tanto soñolienta.

La carpa comenzaba a llenarse poco a poco, aunque la masa se dejó venir cuando anunciaron a Lost Acapulco. Aquel bajeo fuerte de “Calaveros del Justicio” cimbró en corto debajo de nuestros pies, mientras algunos se colocaban sus máscaras para entrar de lleno al slam estilo Vive Latino (sin nadie en silla de ruedas). La fiesta de los empellones, las mochillas rotas, los lentes pisados, había comenzado.

Si algo caracteriza a estos chilangos es el desmadre que provocan y evocan con su surf-garage, porque si alguien llega a estos aposentos sabrá que la escena no es sólo la música sino la gente que la vive: gente volando, morras metiendo codazos por doquier, patadas en la espinilla, el mero trash garagero.

Que los músicos sean de gran talla no quiere decir que los asistentes deban ser modosos, mojigatos, meros espectadores: deben sentir la música, y el desmadre, aquí, es la mejor expresión ¿O acaso debí esperar que nadie me empuje cuando Wild Evel & The Trashbones se apoderó del escenario o cuando The Boss Martians covereó Human Fly” de los mismísimos Cramps? Nariz de perro, esto no es el Corroña Capital con sus espectadores de aparador que se quejan con la seguridad si intento armar el slam con los Pixies, aquí se baila así sea con hijo en hombros.

Para este punto ya me había encontrado con mi amiga Jarva y sus acompañantes skinheads-garageros, quizás de ahí me entró más la gana de echar la chela y el slam. ¿Por qué no ser Gonzo en tierra del garage? Además, después de ese episodio donde los “jefes marcianos” invocaron el espíritu “Bad music for bad people” ¿qué podía hacer si no encender mi pipa y bailar como chango que tomaba fotos de ven en vez?

The Gruessomes no tardó en concederme la razón. Con un garage con todo el tinte y espíritu de la escuela sesentera, en la carpa no dejaron de brincar punks y enmascarados, entre ellos, un tío mostraba cada que podía un vinil del grupo quebecúa en sus manos.

Sin embargo, la energía se interrumpió cuando los organizadores entregaron tres reconocimientos a leyendas de la escena: Papi Saico de Los Saicos, Armando Vázquez de OVNIS y Juanito Wau de Wau y los Arrrghs! Después de recibir un disco como galardón, hubo un poco de confusión entre los asistentes (algunos creían que la sorpresa eran Los Saicos sobre el escenario), al final sólo se dieron un par de covers.

Este movimiento poco convencional hizo que saliera de la carpa en busca, a mi regreso una plática sobre Zague y otra acerca del empoderamiento sin sentido de la gente se extendió a tal grado que cuando caí en cuenta The Neanderthals estaban a punto de terminar su turno. Para evitar que lo mismo ocurriera cuando iniciaran The Bomboras (el gran plato fuerte del Wild O pues llevaban 10 años sin subirse a un escenario), decidimos ir por una chela antes de entrar.

Cuando regresamos, The Bomboras tocaba con atuendos de charros psicodélicos, no dejaban descanso entre canciones y el medio de la carpa era un desquicio total: banda sin playera, gente volando, máscaras por todos lados, vaya, un slam involuntario en pocasa palabras al cual llegue en cuestión de tres minutos.

Corrí el riesgo y quise tomar un par de fotos, pero la marea garage no me dejaba y justo cuando lo intenté sentí el madrazo: un güey cayó sobre mi espalda, mis lentes volaron y como pude sostuve la cámara para que no se perdiera en aquel desorden.

Aturdido, ciego en mi miopía y acompañado por mi amiga, que también tenía un golpe en la boca, decidimos salir del tumulto y eventualmente de la Carpa Astros. El Wild O Fest cumplió mis expectativas, aun con sus fallas de sonido y sus interrupciones raras para reconocimientos. Una buena fiesta que ya amenaza con su cuarta edición.

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Mario Castro

Mario Castro

Latinoamericano verborreico. Fotógrafo. Escribidor de debrayes. Corrector de horrores lingüísticos. Editor en veces. No alimentar con tristezas a este sujeto.

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