El cambio. Para nadie es un secreto que los tiempos vienen; pero sobretodo, van. Y con ellos, el planeta: sus espacios, sus formas, sus habitantes… Esas realidades que construyen la experiencia artística como legado para aquellos que lo habitan.

La historia contemporánea de América Latina engendró grandes músicos que han entendido las transformaciones de su entorno a través de ópticas muy diversas: desde las más contestatarias hasta las más pop. Figuras expuestas a la luz, convertidos en iconos  para cualquiera que hable nuestro idioma.

Sin embargo, los mitos también se construyen de héroes discretos. Justo en el caos urgido de respuestas encontramos a ZETA, la legendaria banda venezolana que sobrevive a la catástrofe para decirnos que no todo está perdido. Exiliados en el camino que dirige el viento, esta agrupación es un cúmulo de expresiones en crudo que aspiran a cuestionar las virtudes y condenas de la existencia.

Formada en 2003, ZETA ha recorrido las principales ciudades del continente como parte de sus decenas de giras. Su esencia los acerca a escenarios muy variados entre sí, situación que los ha curtido como una propuesta temeraria, marcada por el rastro de las calles.

Sus recursos parecen no tener límites. A nivel sonoro, resulta evidente el empeño en el desarrollo de transiciones que ejecutan con la agilidad del rock progresivo; por otro lado, su comunión instrumental les permite establecer una solidez a la que pocas bandas tienen acceso.

Descendientes directos del post-hardcore e influenciados por las bandas de punk europeo, encuentran su canal de experimentación cuando retoman percusiones más propias de los pueblos viejos sudamericanos: batacazos místicos, contundentes y casi ceremoniales.

La sección melódica de ZETA es muscular, formada como una entraña ávida de sacudir la naturaleza de nuestros sueños. Hay mucha sabiduría en el manejo de las guitarras. El volumen, los silencios y la aparición de los requintos son apropiados para enmarcar el eje principal de sus aspiraciones: dar un mensaje que promueva el reencuentro con la conciencia.

A pesar de la aparente oscuridad de su sonido, el objetivo de ZETA se ha orientado hacia la reconciliación con el optimismo  y la esperanza. El tratamiento de tópicos como el veganismo, la filosofía y la vida del arte independiente los erigen como toda una transgresión lírica dentro de una escena que a veces excede su plasticidad.

Después de casi quince años, podemos definir a ZETA como la frontera final antes del precipicio. Un acto de resistencia donde luchan todos, para todos. Abren el corazón; y sin embargo, no dan tregua a quien usurpe nuestros esfuerzos de empatía.

Con varias producciones en su palmarés, este 2018 estrenan Magia Infinita, el LP que los encuentra con un concepto minimalista respecto a sus predecesores; pero igual de poderoso gracias a la marcada aportación de ritmos caribeños originarios de Las Antillas venezolanas.  El culto que se ha generado alrededor de ZETA no es gratuito y se vuelve en una referencia obligada para dudas en búsqueda de redención.

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Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.

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