Por Bibiana Camacho

De la columna Dalias Negras

Hasta hace 15 años, la ciudad de Aberdeen, Australia, cerca de Sídney, era frecuentada por ser el lugar de nacimiento de algunos de los animales más emblemáticos de ese país: emús, koalas, canguros y el pastor ganadero australiano. Sin embargo, el 1 de marzo del 2000, Katherine Knight se robó la atención, ganándose el mote del monstruo más depravado en la historia homicida de ese país. Ahora los turistas tienen mayor interés por conocer la vivienda que se encuentra en Andrews Street número 84, donde Katherine cometió un crimen atroz y despiadado.

Antes de recibir sentencia definitiva, varios testigos afirmaron que Knight era una persona vengativa y cruel, que lastimaba a cualquiera que se le cruzara en su camino. El Dr. Milton, el psicólogo criminal más reconocido de Australia, dijo que Katherine sufría de desorden de personalidad, pero que sin duda había estado perfectamente consciente de sus actos los días 29 de febrero y 1 de marzo del 2000. No obstante, los que no la conocían y la vieron sentada en el banquillo de los acusados por primera vez consideraron que parecía la madre de cualquiera; con mirada tímida y aspecto tranquilo.

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La sentencia, sin embargo, fue demoledora. De hecho, fue la más dura otorgada a una mujer en Australia: cadena perpetua y un archivo marcado con la frase: “Nunca deberá ser liberada”.

Lo sorprendente es que la mayoría de sus conocidos dejaron pasar su evidente carácter conflictivo y delictivo, por decir lo menos, y consideraban que ella simplemente era así. Katherine mostró señales muy claras de su personalidad bifurcada desde niña. La familia, lejos de atenuar ese perfil, lo consolidó.

Su infancia en una zona rural fue complicada. La comunidad donde vivía con su familia echó a su madre, Barbara Roughan, y la forzó a mudarse a Moree, luego de descubrir que mantenía una relación extra marital con Ken Knight, un compañero de trabajo de su marido Jack Roughan. La relación se convirtió en un verdadero escándalo. La familia se dividió en dos: los hijos más grandes de la familia permanecieron con el padre y los más pequeños fueron enviados con una tía en Sídney.

En 1959, cuando Katherine tenía cuatro años y su padre biológico se suicidó, la familia volvió a reunirse con un nuevo padre para todos: Ken Knight, un alcohólico que violentaba a Bárbara continuamente para tener relaciones sexuales. Por su parte, ella no oponía resistencia, y tampoco tenía pudor para platicar abiertamente de las acciones a las que las sometía su marido. Afirmaba delante de sus hijos lo mucho que odiaba el sexo y a los hombres. En ese ambiente, Katherine pronto se quejó de acoso por parte de otros integrantes masculinos de la familia, y la madre le dijo que se dejara hacer y que no anduviera quejándose por ahí. La niña creció, víctima de abuso sexual de parte de varios hombres de la familia, a excepción de su padrastro.

No es de extrañar entonces que Katherine tuviera episodios de furia incontenible, detonados por los detalles, en apariencia, más insignificantes. Durante su paso por la escuela Muswellbrook, sus compañeros y profesores la recuerdan como una niña a la que le gustaba hacer bullying a los más pequeños. Abandonó sus estudios a los 15 años sin haber aprendido a escribir y leer correctamente; salió casi analfabeta. Trabajó como cortadora en una fábrica de ropa y después consiguió lo que ella misma llamó el trabajo de sus sueños. Entró como aprendiz en el rastro local y aprendió tan rápido, que pronto obtuvo su set de carnicero. Solía colgar sus herramientas de trabajo sobre la cabecera de su cama, para tenerlas a mano en caso de necesitarlas, según ella misma dijo.

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En 1973 conoció a David Stanford Kellet, compañero de trabajo y alcohólico sin remedio. Cuatro años después se casaron a petición de ella. David recordaría años después el consejo de su suegra Bárbara luego de la ceremonia: “Ten cuidado, porque esta mujer puede chingarte, ni se te ocurra ponerle el cuerno porque te va a cargar la chingada. Esta niña siempre tuvo algo suelto en su cabeza”. De hecho, durante su noche de bodas Katherine intentó estrangular a su marido porque no cumplió con sus amplias expectativas sexuales.

El matrimonio no funcionó. David se marchó en mayo de 1976, pocos meses después del nacimiento de su hija Melissa Ann. Estaba harto de los desplantes de celos, de que le quemara sus pertenencias si llegaba tarde luego del trabajo y de que lo golpeara a la menor oportunidad.

Katherine fue diagnosticada con depresión post parto e internada en el hospital St. Elmo, luego de que algunos vecinos la vieron empujar la carriola de su bebé con evidente descuido por las calles. La dejaron salir al poco tiempo, pero tampoco duró mucho su libertad. Un vecino encontró a la bebé en las vías del tren, mientras ella secuestraba a una mujer para que la condujera en busca de su marido, e intentaba golpear al mecánico que arregló el carro de David, en el cual finalmente escapó de ella. Entonces, Katherine fue trasladada al hospital psiquiátrico Morriset. Ahí aseguró que David la violentaba física y emocionalmente. Por supuesto la versión de él siempre fue diferente: ella era impredeciblemente violenta. Una mañana despertó para encontrar a Katherine sobre su pecho y con un cuchillo en la mano. Lo movía a través de su garganta sin hacerle daño y al ver su expresión, Katherine se burló de él y le dijo que debía darse cuenta lo fácil que le resultaría matarlo si se atrevía a engañarla.

David regresó con ella en cuanto supo que estaba internada en el psiquiátrico, y no sólo permaneció a su lado durante otros cuatro años, sino que procrearon otra hija, Natasha Maree, en 1980. Pero una vez más, después del nacimiento de su segunda hija, David se marchó definitivamente y ella tomó una sobredosis de pastillas para dormir, por lo que de nuevo fue internada en el psiquiátrico.

Para 1986 ya estaba totalmente involucrada con el minero David Saunders, con quien tuvo otra hija: Sarah. La desahogada situación de su nueva pareja les permitió comprar una casa. Katherine tuvo un hogar que decoró con pieles de animales, trampas, esqueletos, machetes y cuchillos. Hizo de su dulce hogar un gabinete escalofriante de curiosidades, en el que reflejaba su personalidad sangrienta y su gusto por la violencia.

Saunders, como era de esperarse, tampoco aguantó los episodios de violencia y los celos inexplicables de su mujer. En una ocasión, para ejemplificarle a Saunders lo que le ocurriría si lo descubría en una infidelidad, Katherine degolló a un cachorro de escasos meses frente a él. Así que David partió aterrorizado; pero meses después volvió con la intención de ver a su hija y se encontró con que había una orden de restricción en su contra por violencia doméstica. Katherine siempre lograba voltear la situación y culpar a sus parejas.

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Incapaz de permanecer sin pareja, Katherine se relacionó con el ex alcohólico John Chillington en 1990, con quien procreó a su hijo Eric. John tampoco corrió con mejor suerte, pues en un arranque de furia, Katherine le rompió los lentes mientras los llevaba puestos y le destrozó la dentadura postiza. Para su fortuna, Katherine lo abandonó a los pocos meses, pues ya mantenía una intensa relación con John Charles Thomas Price, quien vivía con dos de sus tres hijos, luego de haberse divorciado.

Pricey, como le decían los amigos, nunca imaginó que acababa de firmar su sentencia de muerte. Era un tipo que le agradaba a todo el mundo y estaba dispuesto a echar una mano siempre que fuera necesario. Divorciado desde 1988, vivía con sus dos hijos adolescentes, mientras la ex mujer se había marchado con la hija más pequeña. Tenía un bungalow de tres recámaras y un buen salario por sus servicios en varias minas.

Pricey ignoró los rumores acerca de los malos tratos que Katherine propinó a sus parejas anteriores. Además, la relación inició de maravilla, pues Katherine se mostró devota y amorosa; cocinaba y cogía estupendamente. En 1995 Pricey la llevó a vivir a su casa. Entonces inició una relación intermitente llena de episodios de violencia, separaciones y reconciliaciones. La última vez que se reconciliaron, algunos amigos de Pricey le retiraron el habla, pero lo peor vino cuando ella quiso casarse y Pricey la rechazó. Katherine, como venganza, lo acusó con su jefe de las minas de robar herramienta, por lo que lo degradaron de puesto, luego de 18 fructíferos años de trabajo. Esto fue intolerable y Pricey la corrió definitivamente de su casa, pidió una orden de restricción y avisó a sus colegas que si al día siguiente no se presentaba a trabajar, seguramente sería porque Katherine lo habría asesinado.

El 29 de febrero Pricey estuvo hasta las once de la noche con sus vecinos. Ya en casa descubrió que no había nadie; los niños se habrían ido a quedar a casas de amigos. Horas antes Katherine había comprado lencería sexy y había video grabado a los niños, mientras los conminaba a que dijeran su última voluntad, como si se tratara de un juego macabro. Además afiló perfectamente las herramientas que usaba en el rastro y las escondió estratégicamente en algunos rincones de la casa. Luego se marchó. Regresó de madrugada y encontró a Pricey dormido. Vio un poco de televisión, se bañó y despertó a su pareja cariñosamente y luego hicieron el amor.

A las seis de la mañana del siguiente día tanto los vecinos como los compañeros de trabajo de Pricey estaban preocupados porque su carro seguía estacionado a una hora en la que él ya se habría marchado a trabajar. Tocaron varias veces el timbre sin obtener respuesta, hasta que vieron manchas de sangre en la puerta y llamaron a la policía. Tuvieron que derribar la puerta, pero nadie imaginó lo que encontrarían dentro.

De acuerdo a los peritos, Pricey despertó cuando su mujer lo apuñaló por primera vez. Adormilado y aterrorizado trató de encender la luz de la habitación; quizá pensaría que se trataba de una pesadilla de la cual podía despertar. Trató de escapar, corrió desesperado por los pasillos de su casa hasta la puerta de entrada, donde Katherine lo alcanzó y lo arrastró de nuevo al interior. Una vez dentro lo apuñaló otras 36 veces. Seguramente los últimos minutos de Price debieron ser una combinación de terror abyecto y desesperación.

Una vez muerto, Katherine se dispuso a hacer lo que mejor sabía. Lo desolló metódicamente, le quitó toda la piel frontal: cuero cabelludo, el rostro, las orejas, el cuello; como si se tratara de un delantal de cuerpo entero, hasta los pies. El único orificio que se apreciaba era el de la primera puñalada que le propinó Katherine. (Esta piel desollada fue lo que los policías encontraron al entrar en la casa, colgada en la puerta que separaba el comedor de la sala.) Luego le cortó la cabeza a la altura de los hombros con un cuchillo muy filoso, con un corte preciso y limpio. Según el patólogo Dr. Timothy Lyons, quien practicó la autopsia, el procedimiento le debió llevar más de 40 minutos.

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Después,  Katherine cortó partes del resto del cuerpo de Pricey. Las cocinó y las dispuso en la mesa acompañadas con papas horneadas, calabaza, col, verduras y salsa gravy. Había tarjetas con los nombres de sus hijos, que indicaban dónde les correspondía sentarse. La cabeza fue localizada en una olla con verduras que habría hervido a alta temperatura durante varios minutos.

En una repisa de la sala se encontró una nota escrita con varias faltas de ortografía enfrente de una fotografía de la víctima. Tanto en la nota como en el resto de los objetos, había sangre y pedazos de carne humana. La nota decía: Time got you back Johathon for rapping (raping) my douter (daughter). You to Beck for Ross —for Little John. Now play with little Johns Dick John Price. Algo así como: “El tiempo tomó venganza por violar mi ija. Tu por Beck para Ross –para el pequeño John. Ahora juega con el pequeño John Dick John Price. Esta nota que fue desechada en la corte por su insensatez y falta de fundamento.

Luego hallaron a Katherine Knight en la parte trasera de la casa, roncaba ruidosamente y estaba en estado comatoso, luego de haber tragado varias píldoras.

De acuerdo al detective Muscio, quien investigó el crimen, Pricey trató desesperadamente de salvar su vida. Encontraron marcas de sangre con sus huellas digitales, por los pasillos, los muros, las puertas, los apagadores, la puerta de entrada. Quizá hubiera podido escapar, si no hubiera estado tan aterrorizado, desconcertado, desesperado, horrorizado ante algo tan descomunal como su propia muerte a manos de su mujer. Ella, por su parte, seguramente sacó las armas que escondió horas antes, en los lugares más insospechados, para seguir martirizándolo hasta matarlo.

Katherine Knight cumple su condena en el Centro Correccional para Mujeres Silverwater, un dulce hogar donde no podrá jamás colgar sus adornos favoritos.

 

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