La Sagrada Impunidad: Rosalía y el «paraíso moral» del arte
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La Sagrada Impunidad: Rosalía y el «paraíso moral» del arte

En su transición hacia una estética de «musa sacra» —marcada por su reciente colaboración en Omega y una iconografía que evoca el celibato y la devoción—, Rosalía ha intentado elevar el arte a un plano donde la ética no tiene jurisdicción. Sin embargo, su reciente cuestionamiento sobre la veracidad de los abusos de Pablo Picasso choca frontalmente con un archivo histórico que no se basa en rumores, sino en registros judiciales, memorias directas y análisis curatoriales contemporáneos y que retoma el viejo debate de separar la obra del artista

Defender la «valía» de la obra de Picasso hoy, mientras se siembra la duda sobre sus víctimas, es activar un mecanismo de gaslighting institucional que utiliza el prestigio cultural como un paraíso fiscal para evadir la responsabilidad histórica. La narrativa de la «musa sacra» que Rosalía proyecta en su marketing actual —donde el arte parece ser una entrega religiosa y monacal— se desmorona cuando se utiliza para proteger a figuras cuya conducta está documentada por las mismas mujeres que el sistema artístico hoy intenta rescatar del anonimato. No es una cuestión de fe, es una cuestión de registro.

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Retrato de Pablo Picasso en su estudio, imagen utilizada para analizar la controversia sobre su violencia y la defensa de Rosalía a su obra.

El mito de la duda frente al archivo judicial y testimonial

Por ejemplo, el testimonio de Françoise Gilot en su obra fundamental documenta no solo el maltrato psicológico, sino incidentes específicos de agresión física; un relato que el propio Picasso intentó prohibir legalmente en tres ocasiones, perdiendo todas las batallas en los tribunales franceses, lo que otorga a estas denuncias una validez jurídica histórica innegable.

Cuando Rosalía pregunta “¿Hasta qué punto uno sabe si esa información es cierta o no?”, borra de un plumazo la herencia del trauma que su propia familia ha denunciado. Marina Picasso ha detallado cómo el artista despojó de identidad a su entorno, describiendo su estudio no como un templo de creación, sino como un lugar de explotación emocional.

Esta «plusvalía estética» es la que Rosalía defiende al priorizar la obra sobre el contexto humano, una postura que también ignora el saqueo cultural que cimentó el cubismo. Como ha documentado el Metropolitan Museum of Art al analizar la influencia de las máscaras africanas en su obra, el prestigio de Picasso también se nutrió de una extracción estética no remunerada bajo el amparo del colonialismo.

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Rosalía sobre su defensa de Picasso y la impunidad en el arte.

Del misticismo estético a la relectura institucional del arte

Resulta contradictorio que, mientras el marketing de Rosalía vende una imagen de purificación y misticismo, su discurso se alinee con una impunidad que las propias instituciones ya están dejando atrás. Actualmente, centros como el Museo Picasso de Barcelona han iniciado una relectura feminista de sus colecciones para reconocer que la violencia del artista es indisociable de su producción. En esta era Omega, donde parece que el fin artístico justifica cualquier medio, la «tibieza» de una estrella global no es neutralidad; es una toma de partido que protege al agresor y silencia a las víctimas. Si la espiritualidad que Rosalía propone no incluye la justicia y la verdad histórica, entonces su velo es solo un disfraz para la indiferencia.

La reciente defensa de la figura de Picasso no es un incidente aislado, sino el punto de fuga donde convergen las contradicciones que han marcado la carrera de la artista catalana. Al observar la trayectoria de Rosalía, se hace evidente un patrón de apropiación cultural sistemática que ha sido denunciada por la comunidad gitana, quienes señalan el uso de su simbología como un accesorio de moda despojado de su carga histórica y social.

Esta tendencia a «extraer» la estética sin asumir la ética del contexto se repite ahora en su era Omega, donde la adopción de una imagen mística y religiosa que juega con el celibato y la pureza parece funcionar como una cortina de humo frente a su falta de compromiso con las luchas feministas actuales. Al dudar de las víctimas del pintor malagueño, Rosalía cierra un círculo de privilegios: primero se apropió del dolor ajeno para construir una marca, y ahora utiliza esa misma marca para blindar a los hombres que causaron ese dolor. En el altar de su nueva teología del genio, la «sacralidad» del arte no es más que un nombre elegante para la indiferencia ante la violencia humana.

Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola