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10 cuentos de misterio y suspenso cortos que te erizarán la piel
CUENTOS

10 cuentos de misterio y suspenso cortos que te erizarán la piel

A continuación te presentamos un top 10 de cuentos de misterio y suspenso que te pondrán la piel de gallina. La mayoría son escritos por escritores independientes y de varios países de Latinoamérica. Cabe mencionar que los cuentos de suspenso también se conocen como cuentos de horror. Y una de sus características es que tienen una composición literaria breve, generalmente de corte fantástico y su principal objetivo es remover miedos de los lectores.

TOP 10 DE CUENTOS DE TERROR PARA NIÑOS

De Madrugada

Por: Pablo Rodríguez Prieto

La partida del bus estaba atrasada, por razones que nunca nos dijeron. Esperando abordar, rodeados de familiares de los viajeros, vendedores de golosinas, bultos, maletines y mochilas, cada uno trataba de entender la razón de la demora. Finalmente, por una de las puertas de embarque anunciaron el inicio nuestro viaje. Con identificación en mano, la larga cola de fastidiados pasajeros fue ubicándose cada uno en su asiento.

En la segunda fila de asientos, se ubicó un señor subido de peso que llevaba una camisa blanca muy llamativa. Durante la espera conversaba con cuanta persona se le cruzaba, en la mano portaba un manojo de tarjetas que repartía a diestra y siniestra. Al tocarme pasar cerca de él, me entregó una de las consabidas tarjetas, la tomé y avancé en busca de mi sitio. Al ubicarme, miré la tarjetita y pude entender que ofrecía seguros, con cierta indiferencia la guardé, pero en mi retina quedó la imagen que contenía e involuntariamente la volví a ver, mercadotecnia pensé y la volví a guardar.

Junto a mí, se sentó una señora joven relativamente, que llevaba un enorme maletín que no encontraba forma de poder ubicarlo. Trató de varias maneras, pero no cabía por ninguna parte, al notar mi incomodidad pidió disculpas, le dije que no se preocupara y le sugerí que tratara de meterlo debajo de su asiento, lo intentó y logró introducir solo la mitad del bulto, luego se sentó prácticamente encima del enorme maletín.

Salió el bus del terminal y lo primero que hizo, fue recoger más personas que con el vehículo en marcha lenta subieron “al vuelo”.

Los que habíamos abordado dentro del terminal nos incomodamos por varias razones, la principal fue que nadie identificó a los que subían, cuando hacía solo unos minutos, a todos nos amenazaban con no poder viajar si no portábamos nuestro documento de identificación. Nadie se dio por enterado de nuestro malestar y el autobús se enredó en el tráfico endemoniado que rodeaba el terminal de camino a la salida de la ciudad.

Un niño lloraba sin cesar y la madre no encontraba forma de calmarlo. El calor al interior del bus se dejaba sentir cada vez con más intensidad a pesar que las pequeñas ventanillas estaban abiertas. El sol se ocultaba en un atardecer caluroso de temporada veraniega. Tras más de media hora, por fin el tráfico era fluido y el aire fresco aliviaba la incomodidad de los ya atormentados viajantes.

No pude dejar de tomar en cuenta que nuestro bus no contaba con servicios higiénicos y traté de hacer cálculos, éramos aproximadamente cuarenta pasajeros que partimos a las cinco de la tarde y que nuestra llegada debería ocurrir, si es que no se presentaban contratiempos, a las seis de la mañana del día siguiente, catorce horas que tendría que soportar estar mal acomodado en esta aventura.

Perdí la noción del tiempo tratando de ordenar mis ideas y pensando en lo que debería de hacer al llegar a mi destino, me quedé dormido escuchando el llanto del niño y sintiendo el movimiento que hacía mi compañera de asiento tratando de acomodarse, sin lograrlo.

Avanzada la noche, en un lugar que no pude identificar, sentí al autobús detenerse y me desperté. Por la ventana vi que un hombre alto de contextura delgada, vestido con ropas oscuras, descendía y corriendo se alejaba en la oscuridad de la noche, otras personas también bajaron; sintiendo ganas de orinar yo también bajé.

El paisaje era desolador, desértico, no se veían cerros, ni plantas. La luna se escondía entre oscuras nubes, que daban al lugar un escalofriante aspecto. Por precaución o temor no me alejé demasiado y pronto volví a pararme cerca de la puerta del autobús.

Pasado un tiempo prudente los conductores pidieron que todos subiéramos. Alguien alertó sobre el hombre que descendió primero y que aún no regresaba, decidieron llamarlo a gritos, pero nadie respondió.

Se juntaron algunos pasajeros en un pequeño grupo dirigiéndose hacia donde fue el hombre desconocido para llamarlo. El chofer ya incomodo pidió que subieran todos, mientras que con la bocina y las luces hacia señales indicando que partiría. Nadie respondió, ni nadie apareció.

Cuando partimos, había una señora de voz ronca y sonora, muy conversadora, que pude verla cuando se sentó unos asientos detrás de mí. Pude escucharla durante mucho tiempo hasta que me quedé dormido. Ahora era ella la que se quedó en las escaleras comentando y hablando lo que nos tocaba vivir, mientras el autobús reiniciaba su marcha.

Los choferes indicaron que cerca había un pueblo y ahí había que dejar constancia en la comisaría del lugar lo sucedido. Coordinaron quienes serían los testigos, nuestra compañera de voz ronca se ofreció voluntaria.

Efectivamente, al cabo de unos minutos el autobús se estacionaba en la puerta del establecimiento policial. Un policía soñoliento y mal humorado atendía a los encargados de hacer la diligencia; costó al parecer bastante trabajo hacerle entender al agente, lo que la mayoría de los pasajeros pudimos ver.

Para certificar lo que se decía cogió la lista de pasajeros y comenzó a llamar uno por uno, cuando llamó al nombre de Ezequiel Dulanto Porras, nadie contestó, reiteró el llamado y recibió la misma respuesta, silencio.

La señora de voz ronca preguntó por el número de asiento y se acercó a verificar. Resultó que se trataba de la persona que viajaba junto a ella, que se encontraba aparentemente bien dormido. Lo movieron para despertarlo y se recostó sobre el otro asiento, en una pose muy rara, rígido. Cundió rápidamente el pánico provocado por la señora que entró en shock. ¡Está muerto! Gritó.

Pidió el policía que todos los pasajeros descendieran del bus, entonces pude ver la hora, eran las tres de la madrugada. No sabíamos que había ocurrido, no sabíamos que nos esperaba, lo que si pude saber es que el muerto tenía el mismo aspecto del hombre que vi alejarse del autobús cuando paró en el desierto.

ESCALOFRIANTES CUENTOS DE TERROR JAPONESES

cuentos de misterio y suspenso

Una Sombra en la Niebla

Por: María Teresa Di Dio

En medio de una carretera escarchada, cubierta de una densa neblina, el automóvil mantenía una velocidad constante, ¡Era una noche un poco extraña!

Tan solo faltaban unos días para el cumpleaños de su madre y él debía hacer un viaje de negocios. Esperaba regresar pronto para reunirse con su familia.

La luna apenas se distinguía detrás de la bruma, era un punto difuso que dejaba entrever las sombras fantasmagóricas de algunos árboles, sin hojas, cuyas ramas retorcidas se asemejaban a largos brazos extendidos al cielo, que a su vez perseguían la ruta.

Otro recodo, y allí en medio de la ruta una sombra, que le obligó a clavar los frenos.

La sombra se elevó rápidamente a una velocidad increíble.

Después de unos minutos, creyó ver otra vez algo suspendido sobre los árboles. Pero no había nada, tan solo su imaginación o su cansancio.

Estaba agotado y decidió que era un buen momento para descansar un poco, quizás hasta el amanecer, el sueño llegó pronto y con pesadillas.

Poco tiempo después aún de noche un ruido muy fuerte lo despierta, un destello blanco ilumina la parte frontal del automóvil, dejando un rastro de luz detrás de sí.

Una nave en forma de platillo acaba de posarse frente a él, un instante y Dani se encuentra dentro de la nave, que se eleva rápido hacia el espacio.

Cuando despierta se da cuenta que han pasado varios días, se encuentra en un bosque verde y se ven montañas a lo lejos.

Comienza a caminar -“¿Dónde estoy? ¿Qué lugar? ¿Qué país?”

Más tarde llega a un claro y la aurora boreal lo sorprende, sabe que no está al sur de América, dónde él vive.

Lo que le preocupa es cómo regresará a su casa, sin dinero, ni papeles y documentos que están en su automóvil.

No habían pasado muchas horas cuando ve un poblado, comienza acercarse y las personas lo miran extrañados, además no las entiende, hablan otro idioma.

Dani está asustado, hambriento, con frio y sueño.

Cuando ya las fuerzas lo abandonan, algo le llama la atención, un local donde hay comida y personas adentro charlando en las mesas.

Al entrar pregunta en voz alta: “¿Alguien habla castellano?”.

Varios son los que gruñen y se ríen…

Pero no se rinde, sigue insistiendo aún a costa de las risas que provoca: “¿portugués?”

Una persona le responde y casi se desmaya al saber que se encontraba en Finlandia.

Pasaron los días, y muy pronto se adaptó al lugar…

Una noche que salía de su refugio, la sombra con destellos de luz blanca, avanzó nuevamente sobre su cabeza y en un segundo se encontró en su auto nuevamente.

Muy asustado por lo sucedido, ahora pensaba que simplemente fue un mal sueño, puso el auto en marcha.

¿Cuánto había pasado desde que le pareció estar en Finlandia?

Le pareció tan real, condujo hasta llegar a su casa.

A la mañana siguiente seguía pensando en lo ocurrido.

¡Pero el almanaque decía que era día 24 de marzo! y él había salido el día 9 de marzo, ¿qué había pasado? ¿Por qué no recordaba nada?

Dos días después suena el teléfono:

– Hola ¿Estoy hablando a la casa de Daniel?

– Si…

– Llamo desde Finlandia, soy su amigo portugués, no me dijo que regresaba a su país.

Aterrado no supo qué contestar. ¡Al fin no lo había soñado!

Le dio las gracias y le contestó que algún día regresaría.

Sin poder creer lo que había pasado, se dedico a llamar a su familia para reunirse en esa fecha tan especial para él, el cumpleaños de su madre, con abuelos tíos, hermanos y sus padres.

Y… no se le ocurrió contar lo sucedido, tan solo les dijo que su trabajo lo había mantenido de viaje varios días.

La cena fue muy linda junto a la familia, y los regalos que los niños abrían, haciendo un gran lio de cintas y papeles.

Daniel sigue sin entender, pero algún día sabrá la verdad…

Otra dimensión

Por: Lazurus Kilyx

Su triste y monótona vida, transcurría día tras día…

Vestía siempre de traje gris, sombrero del mismo color que tapaba su rostro
Llevaba consigo todo el tiempo, un portafolio negro.

Caminaba en la calle, entre la multitud, todos ellos vestidos de trajes negros y sombreros de mismo color, dando la impresión que él se encontraba caminando entre sombras…

Ellos avanzaban en manada, hacia ningún lugar.
Con miradas completamente perdidas.
Calles de la ciudad, edificios de gran altura, donde el sol no ingresaba.
Dando más oscuridad a la ciudad.
El hombre de gris caminaba hacia su trabajo.

Una tarde de mucho trabajo, se quedó después de hora.
Trabajaba en una fábrica de indumentaria.
El edificio había sido construido en 1867, donde antes los cuatro pisos que poseía, eran un viejo depósito.

El paso del tiempo lo convirtieron en modernas oficinas, pero siempre manteniendo la vieja estructura, incluso se podía apreciar, si uno veía al techo, las cañerías externas de agua, también se apreciaban las enormes columnas, que sostenían el enorme edificio.

La única luz prendida, era la de su box en todo el piso.

Apagó la computadora, en esa época las mismas poseían una pantalla con aumento como si fuera una lupa cuadrada gigante donde atrás de la misma se encontraba una pantalla muy pequeña y el teclado era una máquina de escribir.

Esa noche en particular, volvió en subte, era el último servicio, que funcionaba, el de las 23:50.

Caminando el largo túnel, para llegar al andén de Lima, vio dos personas de cabellera muy larga, de trajes negros y camisa de seda negra con corbatas rojas, uno tocaba el violín y el otro el bandoneón, tocaban perfectamente un tango, pero su música era bastante oscura y tenebrosa, al pasar por al lado de ellos, quiso divisar sus rostros, pero estos giraban mientras el caminaba, y no pudo verles las caras.

Mientras el avanzaba, las luces comenzaban a parpadear, hasta ir apagándose completamente detrás de él.

Comenzó a sentir ese escalofrió en la piel, en su cuerpo, que indica la señal de miedo. Sus manos comenzaban a transpirar y sus palpitaciones subieron rápidamente.

Cuando al llego andén, se encontraba completamente sólo, las luces se prendían y apagaban como en cortocircuito. Esa noche la sensación de soledad era más notoria que otras. Realmente deseaba no estar solo en ese momento.

Esperando el subte, en la punta del andén, vio a una persona exageradamente alta, Muy flaca, casi daba la sensación de ser un esqueleto, su rostro era tenebroso, sus ojos estaban casi hundidos en su cara huesuda, vestía un traje con galera y tapado negro que le llegaba hasta los tobillos y en su hombro derecho divisó un cuervo con ojos rojos.

Que lo miraban fijamente a él.

-¿Un cuervo?

Pensó y musitó: -Debe ser el cansancio.

Vio como esta sombra alta y oscura avanzaba hacia él.

Paralizado por la escena, el hombre de gris, vio como esta sombra se acercaba a él. El corazón comenzó a acelerarse y esto se incrementaba aún más con el constante parpadeo de las luces.

Cuando la figura estaba a unos metros, para su suerte llegó el subte, subió rápidamente, su sorpresa fue que al girar para ver el andén, la sombra de galera ya no estaba en el lugar.

Miró a su alrededor y tampoco estaba dentro del vagón.
Se encontraba completamente solo en ese lugar.

Primero un cuervo y después una persecución, definitivamente es el cansancio, stress o falta de sueño– pensó mientras se dejaba caer sobre un asiento de madera.

Las puertas se cerraron, dirigió nuevamente la mirada hacia el andén, ya que le pareció ver un movimiento y el horror inundó su cuerpo, allí estaba él, el hombre de gris en el andén sentado en un banco de madera y a su lado la sombra con el cuervo en el hombro derecho.

Se vio a si mismo sentado en el asiento del andén sin vida…

Perplejo y confuso se levantó y golpeó con fuerza las puertas, trato de abrirlas, para poder bajar pero ya era tarde y nada pudo hacer.

El subte comenzó a moverse y vio como el hombre de negro parado junto a su cuerpo sostenía con la mano derecha su corazón.
Se vio a sí mismo en el andén con su pecho abierto.
Mientras la sombra reía a carcajadas…

Sin poder entender nada, el hombre de gris con la mirada perdida, se sentó nuevamente en el asiento del vagón y descubrió a su lado un aparato de DVD portátil.

Lo encendió y, como si fuera una película, vio con tristeza, su vida, un día igual a otro, se vio existiendo como un ente, sin alegrías y en soledad. Vio, como había desaprovechado su vida, convirtiendo su alma en completo vacío.

Debajo del aparato encontró un papel con un número. “666.000.000.000″.

Levantó la mirada y miró por primera vez a su alrededor, sus compañeros de viaje no hablaban, no gritaban, no lloraban, no hacían nada, sólo miraban con espanto un aparato como el que él tenía en sus manos.

¿Son almas?- pensó

¿Yo qué hago acá?- Preguntó, pero nadie contestó, ni siquiera lo miraron.

El hombre de gris siguió sentado en el asiento de madera de la formación.
Y así, el subte siguió avanzando a toda velocidad.
Sin detenerse en ninguna estación y sin ser visto por nadie.
Perdiéndose en alguna curva…
Otra dimensión quizás.

10 CUENTOS CORTOS DE TERROR QUE TE QUITARÁN EL SUEÑO

cuentos de misterio y suspenso

El espanto de la sábana

Por: Tatiana Martinez Vásquez

Hace muchos años, cuando el pueblo de El Socorro era un pueblo pequeño, cuando sólo había caminos, las casas quedaban muy distantes, el medio de transporte eran caballos, burros y mulas, cuando no existían los teléfonos, ni computadoras, ni electricidad…ocurrió lo que les voy a contar…

En uno de los ranchos vivía Doña Simona, era una mujer viuda, no era tan vieja, pero todo el mundo por respeto le decían Doña. No llegaba a cincuenta años, pero el sufrimiento y las penurias sufridas desde su viudez le llenaron de nieve su cabellera y las telarañas del tiempo se iban apoderando de su blanco rostro. Sus manos estaban llenas de callos como las de un hombre y generalmente sus uñas ennegrecidas por el carbón de la leña.

Una mañana Doña Simona no se sintió bien, sentía dolor en las articulaciones y sus ojos calientes producto de la fiebre. Con mucha dificultad se sentó en su chinchorro y llamó con voz muy débil a su hijo:

– Melquiades ven acá. Pero nadie respondió a su llamado. Nuevamente le llamó y se escuchó una voz entre chillona y ronca:

– Ya voy ma´! Era la voz de un adolescente refunfuñón y holgazán. Melquiades era el único hijo de Doña Simona, quien fue criado a toda leche, como decía mi abuela, como el niño consentido. Doña Simona lo tuvo ya a los treinta y pico. Tres años después falleció su marido y desde ese momento fue padre y madre.

-Anda a buscar leña mijo, es que me duele mucho el cuerpo, creo que tengo los huesos enfermos porque me duelen y tengo fiebre. Anda mijo para hacerte unas arepitas y frijoles. Yo no tengo hambre.

– El muchacho se levantó de mala gana profiriendo palabrotas y con total desgano se lavó los dientes y se cambió la ropa sin bañarse. Agarró su resortera, que en mi llano le dicen “China” y se puso un sombrero de cogollo, caminó lentamente, abrió el tranquero que daba hacia el potrero, vio las vacas junto a sus becerros, ya que nadie las ordeñó y se fue de mala gana, sin cerrar el tranquero. Solo pensaba en voz alta:

– Si claro, hoy si amaneció enferma, debe ser pura flojera.

Caminó y caminó, pero no encontraba leña, solo pasto seco, unas matas de maíz secas en el suelo y mucho polvo. Pasaba cerca de un gran árbol de Apamate cuando algo venía volando, con un chillido y rasguñó su cabeza. El muchacho trató de defenderse pero un segundo ataque lo hizo correr. Era un par de torditos que anidaban en el árbol, tenían sus polluelos y simplemente los defendían de cualquier transeúnte.

El muchacho metió la mano en su bolsillo buscando su resortera, se agachó y agarró varias piedras, las guardó en su bolsillo y sin ninguna compasión, lanzó una piedra a uno de los pajaritos, quien al recibir una pedrada en su cabeza cayó al suelo aleteando.

Recargó su resortera nuevamente y con una puntería infalible acabó con la vida del otro pajarito, dejando en orfandad a los pichones quienes sin comer, morirían en menos de dos días.

Sin el menor remordimiento siguió caminando, cerca de una gran ceiba escuchó un sonido como el de una gallina con sus pollitos, se desvió de su camino y ahí se veía la gallina casi corriendo. Melquiades pensó en agarrarla y llevársela con los pollitos, pero no cargaba saco, ni guaral para amarrarlos. Mientras caminaba detrás de la gallina y sus pollitos se iba alejando del camino. Ya su paciencia se estaba agotando, el calor le hizo sudar y nada que alcanzaba a los animales.

Entre el calor y la obstinación, Melquiades se había adentrado en una sabana amplia y desconocida. Al no lograr su objetivo, tomó una determinación, con malicia se detuvo y la gallina se escondió detrás de un arbusto de chaparros, sacó su resortera dispuesto a ponerle fin a la gallina con sus pollitos. Se acercó sigilosamente hacia el arbusto apuntando al sitio donde estaba la gallina, pero detrás del arbusto no había nada.

Repentinamente una polvareda se acercaba hacia el arbusto, pero Melquiades no veía nada.

El corazón de Melquiades latía fuertemente y comenzó a temblar, algo venía entre la polvareda y unos mugidos que parecían hacer eco en la nada, pues solo se veía polvo y más polvo. Un gran golpe recibió Melquiades por su espalda y cayó al suelo. Pero eso sólo era el comienzo de la gran paliza que recibiría Melquiades. No pudo levantarse, comenzó a sentir el golpe de unos cascos en su espalda, piernas y cabeza. Una y otra vez Melquiades fue azotado, mientras pedía auxilio. Comenzó a llamar a su madre y recordó que ésta no podría ayudarle, estaba enferma y muy lejos. Recordó que había dudado de la enfermedad de su madre y pidió perdón en voz alta, como si quien le estuviese azotando era su madre. Una vez más gritó:

– Perdóname Diosito por dudar de mi madre! Perdóname Diosito por matar a los animalitos!

Melquiades dejó de sentir aquellos cascos sobre él, aunque había un fuerte olor a azufre y un gran silencio. Con el cuerpo magullado y adolorido se levantó a duras penas y caminó lentamente viendo para todos lados. Estaba perdido en una sabana, solo y con miedo. Trató de orientarse y vio a lo lejos el gran Apamate donde terminó con la vida de los pajaritos. Apresuró el paso y volvió al camino. Allí vio el nido y los pajaritos yacían en el suelo. Una lágrima se asomó y sintió remordimiento. Subió al árbol y agarró los pichones aun sin plumas, los metió entre su sombrero maltrecho y regresó a casa entre llanto, miedo, remordimiento y totalmente magullado.

Su madre al verlo, como pudo, se levantó a abrazar a su hijo y rompió en llanto, pensando que alguien le había dado una golpiza. Melquiades estaba sucio, rasguñado y olía muy mal. Le contó a su madre lo ocurrido y ella le dijo que ese era El Espanto de la Sabana, quien azota a los muchachos desobedientes y malcriados, a los hombres infieles y a la gente con malas intenciones.

Melquiades le pidió perdón a su madre, recogió leña cerca del patio y prometió nunca más usar su resortera, ni hacer daño a los animales. Alimentó a los polluelos hasta que pudieron volar y se fueron.

Han pasado muchos años y Melquiades aún recuerda El espanto de la Sabana. Es un buen hijo y padre ejemplar, tiene cuatro hijos, dos niñas y dos niños a quienes les ha contado lo que le ocurrió cuando era adolescente. Cuida de su madre, su esposa, sus hijos y vive en paz con la naturaleza.

El Pasajero

Por: Raquel Eugenia Roldán

Muchas personas piensan que exagero cuando digo que manejar un taxi es la mejor forma de conocer a las personas.

Y es que conoces de todo; tal vez más a la clase media, pero también de repente algún riquillo a quien se descompuso el coche o debe hacer uso de los servicios de un taxi por cualquier otro motivo, y algunas veces personas tan pobres que, la verdad, da vergüenza cobrarles.

Tiene uno la oportunidad de platicar con ellos, saber un poco sobre su vida, sobre lo que hacen y sobre cómo piensan. Lo que casi nadie me cree es cuando les digo que durante mucho tiempo cargué un fantasma en mi taxi.

Era el fantasma de una de las pocas personas con quienes casi no hablé y no supe nada de él. Yo prefería trabajar por las noches, pues el trabajo es mucho mejor y por lo general llegaba a mi casa con más dinero para el gasto de la familia.

En las noches vi algunas cosas extrañas en las calles, pero nunca vi un fantasma. A veces sentí temor de trabajar en la noche, pero no por los muertos sino por los vivos: por la noche corría mayor peligro de ser asaltado, y también circulan por las calles, a esas horas, más borrachos causantes de accidentes.

Una tarde comencé más temprano que de costumbre, a esa hora en que ya no es de día pero todavía no es de noche y no se sabe si saludar “buenas tardes” o “buenas noches”. El primer pasajero que me abordó, antes de que acabara de oscurecer, fue un hombre enfermo que me pidió llevarlo lo más rápidamente posible al hospital de San José. Su aspecto era bastante malo.

El trayecto era un poco largo y desistí de circular por las avenidas, pues era la hora de la salida del trabajo y había mucho tránsito; para poder ir más rápido me metí por calles y callejones que mis años de taxista me han enseñado, evitando circular por donde había topes y semáforos. Un par de veces me dirigí a mi cliente para inquirir cómo se sentía, y no me respondió.

A pesar del ruido de la calle yo podía escuchar su respiración dificultosa; lo oí gemir varias veces, seguramente sufría alguna dolencia terrible. También podía verlo por el espejo retrovisor. Casi todo el camino llevó los ojos apretados y la cabeza echada hacia atrás, en el respaldo, y vi brillar las perlas de sudor en su frente.

Faltaban un par de calles para llegar al hospital cuando lanzó un suspiro fuerte y ruidoso, y su cabeza cayó sin fuerza hacia un lado, golpeando el poste de la carrocería del auto. Me apresuré todo lo que pude y al llegar al hospital, frente a la entrada de urgencias, pedí una camilla. Ayudé a los camilleros a sacar al pasajero del coche y me confirmé en mi suposición: el hombre acababa de morir, había muerto hacía dos minutos.

No sé si los camilleros se dieron cuenta, pero en todo caso no les corresponde a ellos dictaminarlo, sino a los médicos y paramédicos. No esperé más, en cuanto se dieron la vuelta me subí y me fui rápidamente de ahí.

He sabido de compañeros que tienen algún problema por trasladar en su taxi un herido o un difunto, y yo no quería complicaciones de ese tipo. Ni siquiera pensé que el pasajero no me había pagado; sólo deseé que llevara alguna identificación con él para que pudieran avisar a sus familiares.

* * * * *

Tardé mucho tiempo en relacionar con este pasajero lo que me empezó a ocurrir después. Con frecuencia, al ir circulando por las calles, atento por si alguna persona me hacía la parada, algunas personas me daban la impresión de estar esperando un taxi, por la forma como me miraban, o incluso iniciaban el movimiento de levantar la mano para llamarme, pero desistían y me quedaba sin pasajero.

Luego de que me ocurrió varias veces, me detuve ante una de estas personas y, al subirse, me comentó: “Perdón, es que me pareció que venía ocupado”. Muchas veces me ocurrió lo mismo, así que opté por detenerme siempre que me pareciera ser ésa la intención de alguien. En una de tantas respondí al pasajero, en tono de broma, cuando me dijo que le pareció ver a alguien sentado atrás: “Ah, sí, es mi pasajero fantasma”. Mi risa se volvió de piedra.

En ese momento me acordé del hombre que murió en mi taxi. Como mi esposa es muy mocha, cuando se lo comenté se empeñó en que fuéramos a pedir al cura que le echara agua bendita. Todavía me cuesta trabajo creer que hubiera un fantasma, pero lo cierto es que luego del agua bendita nadie me ha vuelto a decir que parecía ir alguien en el asiento trasero.

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cuentos de misterio y suspenso

La mejor historia de fantasmas

Por: Raquel Eugenia Roldán

La mejor historia de fantasmas que conozco no la incluyo en la serie de historias por dos razones: todas me fueron platicadas por alguien (con las excepciones de que hablé al principio y ahora explicaré), y esa historia no.

Y sobre todo porque ya fue escrita como cuento por alguien: leyéndola fue como yo la conocí. Pero me parece tan buena que no puedo resistir la tentación de narrarla muy brevemente, en un par de párrafos: Iban dos muchachos en carretera hacia la ciudad de Puebla; llevaban prisa pues amenazaba tormenta, pero al salir de una curva encontraron a una mujer pidiendo auxilio con desesperación, llevaba la playera manchada de sangre.

Al detenerse ellos, les explicó que su auto había volcado; efectivamente, se asomaron y vieron el carro semioculto entre los árboles y altas hierbas, muchos metros debajo del nivel de la carretera.

Por su esposo ya no se podía hacer nada, les dijo; les pedía ayuda para sacar a su bebé que estaba bien, pero ella no podía sacarlo del auto. Los muchachos sacaron una soga que llevaban en la cajuela y uno de ellos bajó, sosteniéndose de la cuerda, mientras el otro le ayudaba desde arriba.

Cuando regresó el que había bajado, llevando en brazos al bebé, que efectivamente estaba bien, dijo a su compañero: “¡Vámonos!” El otro se volvió a buscar a la mujer, a la que no vio, y el compañero le repitió, nervioso: “¡Vámonos!” “Pero, ¿la mujer?” Por tercera vez, el que había subido al bebé dijo: “¡Vámonos!”

El primero lo vio tan alterado que subió al coche y, en cuanto se pusieron en marcha, su compañero le dijo: “La mujer está muerta, en el coche”.

La razón por la que me gusta tanto esta historia es porque combina el horror de la aparición de un fantasma con la ternura y profundidad de los sentimientos maternales. No sé si se trate de una anécdota real o sea un invento, pero me inclino a creer lo primero.

Las tres historias que no son historias

Por: Raquel Eugenia Roldán

La primera de las tres historias que no parten de una anécdota relatada por alguien es Yo también escuché la campanilla.

Esta historia surgió porque, cuando trabajaba en el museo, nos explicaron que en la época en que era hospital, como las salas eran tan grandes, cada enfermo contaba con una campanilla para llamar cuando necesitaba algo; nunca, que yo sepa, nadie escuchó sonar una campana inexistente, pero como ya tenía escritas unas dos o tres historias sobre los fantasmas de ese lugar, me surgió la idea de inventar un toque de campana imaginario y un fantasma que lo produjera.

La segunda historia es Los fantasmas no se dejan retratar, y la historia de cómo surgió este cuento es más bien divertida. Una de mis amigas que trabajaba ahí efectivamente tomó la fotografía; ella era, por decirlo así, “la fotógrafa oficial” del museo y es la protagonista de mi cuento.

Ella recordaba que alguien había pasado corriendo, por lo que la fotografía salió movida, y al revelarla le llamó la atención que parecía un fantasma. Nos lo dijo en broma: “¡Al fin! ¡Lo logré! ¡Capturé un fantasma con mi cámara!”, y me sugirió que escribiera un cuento.

Todos sabíamos que no era un fantasma, pues ella nos contó cómo había ocurrido, pero no faltó quien se lo creyó y asegurara que tenía que ser un fantasma. “Si no fuera –dijo con enorme convicción–, ¿por qué luego vuelve a tomarla y ya no sale nadie?” La respuesta era obvia: mi amiga no quería que saliera nadie; cuidó de que no pasara nadie para tomar esa parte libre, vacía de personas, así que no tenía por qué salir nadie en las siguientes.

En la discusión, alguien dijo: “Si luego de tomar la fotografía varias veces, asegurándose de que no pasara nadie, saliera el ‘fantasma’, el asunto sí sería sospechoso”. “Ahí está mi cuento”, me dije. La tercera historia inventada es El sombrero que ya no estaba. En este caso, se trata de una narración escrita para un taller de cuento en el que me dejaron como tarea escribir sobre un hombre, ya grande, el cual es despedido del trabajo y, algo muy importante, usa sombrero.

Teniendo como ya para entonces tenía escritas algunas historias de fantasmas, para mí fue natural escribir la historia como aparece en esta serie; además, en muchos de mis cuentos, sobre todo los que he escrito para niños, los personajes y/o los narradores son más bien las cosas que las personas, como en este caso es el sombrero.

Los muertos que no se han ido

Por:  Raquel Eugenia Roldán

Algunas anécdotas de apariciones y de fantasmas pueden remitir a una supuesta presencia espiritual, al ánima en pena de alguien que vivió y dejó algún pendiente sin resolver, lo cual para muchas personas –podemos llamarles escépticas o podemos llamarles racionales– es demasiado difícil de creer.

Pero, en realidad, la mayoría de las veces que se habla de estas presencias sobrenaturales pueden considerarse más bien desde otra perspectiva, clasificándolas como otro tipo de fenómenos, quizá menos inverosímiles.

Me explicaré un poco mejor.

Hace algunos años tuve la maravillosa oportunidad de trabajar en el Museo Poblano de Arte Virreinal, el cual fue, durante más de trescientos años, desde el siglo XVI hasta 1917, uno de los hospitales más importantes de la ciudad de Puebla, el Hospital Real de San Pedro. Muchas de las personas que visitaban el museo, y algunos de los que trabajaban ahí, decían ver o escuchar presencias que no tenían explicación, de seres que no estaban ahí.

Como siempre me ha gustado escribir cuentos, esas historias pronto llamaron mi atención para escribirlas. El director del museo alguna vez indicó que no habláramos de fantasmas porque espantábamos a los visitantes; no nos costó mucho trabajo convencerlo de que a la mayoría de las personas les gusta asustarse un poco oyendo estas historias.

Luego, él mismo nos hizo saber lo que pensaba: nada de eso es cierto, es la sugestión y la imaginación de las personas. Y también ahí debí disentir; yo soy muy miedosa y si fuera sugestión, le dije, seguramente ya habría visto a todos los fantasmas de los que me han hablado, y no ha sido así: no he visto ninguno.

Pero no tengo por qué asegurar que una persona sea inestable mentalmente e imagine cosas, y mucho menos que las invente, cuando al día siguiente de ver un aparecido renunció al trabajo.

También supe de algunas historias contadas por mi abuelita, a quien conocí y tengo en la más alta consideración como persona estable y madura. Mi opinión personal, aunque no pretendo asegurar nada, es que los fantasmas existen y tienen alguna explicación lógica y racional, aunque hasta el momento no se haya encontrado cuál es.

Es probable que la explicación sea algo parecido a esto: en el lugar en el que una persona vive algo muy intenso, donde sufre, donde siente un gran temor o una gran alegría, cuando la persona se va de ahí algo queda de esa emoción flotando, por decirlo así, en el ambiente. Y no cabe duda que la muerte es algo muy intenso, uno de los momentos más intensos en la vida de una persona y al que la mayoría de nosotros tememos.

El último momento de la vida no es cualquier cosa; por eso, quizá, es que tantos fantasmas se relacionan con los muertos. Pero no son los únicos, pues hay presencias, a veces, de personas que no murieron en el lugar donde se les ve, se les oye o se les siente; el momento de nacer, el traicionar a una persona y más aun, el ser traicionado, son otras situaciones muy intensas.

Esas emociones, podríamos llamarles con un término de moda, “las vibras”, son percibidas como fantasmas por algunas personas especialmente sensibles.

«XX»: 4 HISTORIAS DE TERROR PROTAGONIZADAS POR MUJERES

La Niña

Por:  Raquel Eugenia Roldán

Me llamo Zenaida y tengo ocho años. Hace sesenta y un años que cumplí ocho. Les voy a contar algo. Vivo aquí, sí, en las casas de allá atrás; la entrada es por la otra calle, la Calle de las Cruces.

Siempre he vivido aquí, dicen que alguna vez esto fue un hospital, pero yo no lo creo, no me lo puedo imaginar lleno de enfermos y de doctores. De un tiempo acá me pasan cosas muy raras. Lo último que recuerdo que no haya sido extraño fue un poco después de cumplir los ocho años, cuando en el día de Reyes me trajeron una pelota.

El Pepote, el vecino feo y grosero de arriba, tenía una pelota y como sabía que me gustaba siempre se burlaba de mí: me la pasaba por enfrente, hacía como que me la iba a prestar y luego se iba corriendo, y jugaba y jugaba enfrente de mí presumiéndome su pelota. “¡Mira mi pelota roja!, ¿te gusta?”, me decía enseñándomela, y cuando me veía mirarla la abrazaba y se iba corriendo y gritando “¡Pues es mía, es mía y no te la presto!” Pero ahora ya no puede, porque yo tengo mi pelota.

Claro que el Pepote quién sabe dónde está, hace mucho que no lo veo. Los Reyes Magos me trajeron mi pelota y también una muñeca, pero esa no ha querido despertarse, es muy floja y dormilona, así que he tenido que jugar con la pelota todo el tiempo. Mi pelota es muy traviesa, se mete debajo de las camas, brinca por las ventanas y entre los pies de las personas que pasan. En una de esas brincó alto y se me fue al agua de los lavaderos, ahí está muy alto, hay mucha agua y no la alcanzo.

Fui a hablarle a mi papá para que me la sacara, él estaba acostado y me dijo que luego, que está cansado porque se desveló trabajando en la noche. ¡Ja, ja!, yo sé bien lo que hizo anoche, si ya sé que él es los Reyes Magos y fue a comprar mi muñeca y mi pelota. Pero yo quería sacarla del agua, si no podía venir el Pepote y a llevársela para tener dos, o me la ponchaba. Traje una escoba, con el palo la traté de jalar, pero nada. Se cayó también la escoba adentro del agua. Me trepé al lavadero que está más cerca de donde flotaba mi pelota, estiré la mano…. estiré más… casi… casi la alcanzaba…

Me caí al agua. Estaba muy fría y me asusté. El agua sabía a jabón y a podrido. No podía respirar, el agua adentro de las narices se siente muy feo, quise gritar pero creo que nadie me oyó. Pero alcancé mi pelota, me abracé a ella…

Cuando volteé para afuera vi a mi abuelita, que murió hace mucho y vino a aplaudirme, estaba flotando en el aire afuera de la pileta y me sonreía contenta porque alcancé la pelota. No me habló, sólo se sonrió conmigo. Desde entonces todo ha sido raro. Mamá lloraba mucho y decía que papá tenía la culpa, no sé de qué. Papá también lloraba y se emborrachaba, y también decía que mamá tenía la culpa.

Ninguno de los dos parecía darse cuenta de que yo estaba ahí, como si no me vieran, aunque traté de hablarles muchas veces. Entonces yo también lloraba. Pero de eso hace mucho, quién sabe dónde están ahora. Yo creo que de tan tristes y enojados que estaban mejor se fueron, pero se les olvidó llevarme con ellos y no pude seguirlos. Cuando me canso de buscarlos por aquí cerca, a ver si vienen por mí, me voy arriba y en un rincón me pongo a llorar. Pero eso es sólo a veces, casi siempre cuando los llamo estoy contenta, jugando con mi pelota.

Todos los vecinos se fueron yendo… El Pepote con sus papás y su abuelito, la señora enojona de arriba, los muchachos de al lado. Vinieron muchos señores que hicieron paredes nuevas, cambiaron las puertas y dejaron mi casa muy linda. Pero se asustaban si me veían jugando, gritaban; “¡La niña! ¡La niña!”, como si nunca hubieran visto a una niña.

Así que por eso ahora sólo a veces salgo a jugar durante el día y más en las noches, cuando no hay nadie. Yo no quiero asustar a nadie, sólo jugar con mi pelota, así que me espero a que todos se vayan y me voy a ese patiezote, todo para mí solita, y corro de un lado a otro con mi pelota, toda la noche. Nadie me dice nada, nadie me molesta. Lo único malo es que a veces me aburro de jugar solita, quisiera jugar con alguien…

«MUJERES LETALES»: UNA RECOPILACIÓN DE CUENTOS DE TERROR ESCRITOS POR MUJERES

La Confesión

Por:  Raquel Eugenia Roldán

Cuentan que en los primeros años del siglo que acaba de terminar, cuando la ciudad de Puebla aún se extendía apenas un poco más allá de lo que hoy es su centro y sus calles eran empedradas, y las de las orillas eran de tierra, ocurrió este extraño suceso.

El “tío padre”, que así le decían sus familiares que me contaron esta historia, estaba una noche lluviosa a punto de retirarse a descansar, rezando sus últimas oraciones del día, cuando sonaron en la puerta unos golpes impacientes.

Al asomarse, un hombre vestido de paisano lo urgió a acompañarlo para escuchar la confesión de un moribundo. Quizá un sacerdote menos cumplidor de sus deberes de estado, en vista del tiempo lluvioso y la noche oscura, habría dicho que iría a la mañana siguiente.

Pero dicen quienes lo conocieron que este hombre de iglesia no era tal, sino celoso de sus obligaciones para con Dios y con las almas, de modo que sin hacer siquiera un gesto de flojera o desagrado pidió al visitante que lo aguardase unos segundos.

Luego de ponerse el capote y tomar su estola y su breviario salió, dispuesto a marchar a pie. “No, su mercé —le dijo el desconocido—, que vamos lejos. Monte usté en su burro, que yo traigo el mío”.

Al paso más rápido que se pudo lograr de los pacienzudos animales anduvieron durante un rato bastante largo; atravesaron calles y callejones y llegaron a la orilla de la ciudad, alcanzando las primeras huertas y campos sembrados, y caminaron por los senderos enlodados con todo el cuidado que les era posible dadas las circunstancias.

Buen trecho anduvieron todavía hasta que, cerca ya de un lomerío arbolado, cuyas sombras negras imponían cierto temor a lo que pudiera haber ahí escondido, el guía señaló al cura una lucecita, apenas visible entre las sombras y la llovizna. “Es allí, su reverencia. Ya puede usté llegar, y luego ya ve su mercé que el camino es fácil y sabrá cómo volver”. “Si, hijo —respondió el hombre de iglesia—; no te mojes más, ve con Dios y que él te bendiga”.

Se separaron y dióse prisa el cura en llegar a cumplir con su piadosa tarea, esperando que no fuera tarde para aquella alma, pues es cosa muy grave morir sin confesión. Al llegar a la casa golpeó la puerta con los nudillos, esperando que le abrieran los familiares del enfermo.

Adentro no había nadie que le abriera, no había nadie además del enfermo, pero la madera, al parecer muy apolillada, cedió sobre sus goznes y se abrió fácilmente, aunque con un desagradable chirrido. Muy pocos muebles había adentro: una mesa en el centro, sobre la cual una vela proyectaba la temblona luz que desde lejos se veía por la ventana; un catre donde, envuelto en mantas viejas, yacía un hombre que al parecer sufría bastante, y junto de éste una silla.

Luego de saludar “La paz de Dios sea contigo” y hacer sobre el hombre la señal de la cruz, el sacerdote se quitó el capote que puso a los pies del catre, se acomodó la estola y se arrodilló junto al enfermo para escuchar su última confesión.

Éste hablaba con dificultad y el cura, luego de tratar de leer sus oraciones a la escasa luz de la vela, y ver que no podía, decidió decir de memoria lo que pudiera recordar, y hacer por el enfermo una oración espontánea, salida del alma en el momento; puso su breviario en la silla y acercó el oído a la boca del moribundo. Qué fue lo que el cura escuchó, no lo sabemos; fue secreto de confesión y no lo dice la historia.

Dio la absolución y exhortó al hombre a confiarse a la misericordia divina, que es infinita, volvió a hacer sobre él la señal de la cruz y salió, luego de ponerse el capote para protegerse de la llovizna que persistía en caer. Desató a su burro, que se había quedado junto a la puerta, montó y se apresuró a regresar.

Fue hasta el día siguiente cuando, al levantarse e ir a rezar sus oraciones, echó de menos su breviario. Además de su utilidad, para él tenía un importante valor ese pequeño libro que le había regalado su madre, muchos años atrás, el día que se ordenó sacerdote. No necesitó esforzarse mucho para recordar que le había sido inútil en su menester, la noche anterior, y había olvidado tomarlo de la silla que estaba junto al catre del moribundo.

Luego de celebrar las dos misas por la mañana, cuando ya había amanecido, se puso en camino. De paso, se enteraría del estado de salud del pobre hombre. El trayecto le pareció mucho más corto que antes, seguramente debido a que ya no llovía ni él estaba cansado. Desde que divisó la casa, a lo lejos, le causó extrañeza.

Por la noche no se había percatado del aspecto de ruina y abandono en que se encontraba, quizá no la observó bien por lo oscuro y por la lluvia, o porque mientras caminaba pensaba en el deber que iba a cumplir. Al acercarse y mirar la puerta recordó lo fácilmente que se había abierto sola, la noche anterior, con apenas unos golpes no muy fuertes. No era extraño, ahora lo veía: estaba carcomida y agrietada por todas partes. Pero cuando quiso abrir esa mañana la puerta se atoró con las hierbas que crecían dentro de la casa. Tuvo que empujar con fuerza y al entrar, su sorpresa fue enorme.

Ahí estaba la mesa con una pata rota, inclinada hacia un lado; la palmatoria de hojalata oxidada y la vela, ennegrecida, estaban tiradas junto a la mesa; el catre, sin enfermo y sin cobijas, y la silla a un lado. Todo ello se ocultaba entre las altas hierbas y matojos que la noche anterior, sin duda, no estaban ahí. Recordó que al arrodillarse junto a la cama sintió el piso desigual y pedregoso, no acolchonado por la hierba. Sobre la silla, que estaba en el mismo lugar y cubierta por una gruesísima capa de polvo, encontró su breviario, que se apresuró a tomar y salió, alzando los pies al caminar y preguntándose qué podría significar aquello.

Luego de caminar un poco se cruzó en su camino una pareja de campesinos, al parecer vecinos del lugar, y el cura pensó que quizá ellos le podrían explicar algo. “Oigan, ¿ustedes saben algo del hombre enfermo que vive en esa casa, la que se ve junto a aquellos árboles?”, preguntó. “¿En esa casa? No, su mercé. Ha de estar usté confundido, ahí no vive naiden desde hace como quince años”, respondió la mujer.

El cura pensó unos momentos, y luego insistió: “No, no puede ser. Dejé olvidado mi breviario y ahí lo acabo de recoger. Fue ahí, ayer noche vine a confesar a un moribundo. Pero ahora ya no hay nadie y quiero saber si murió, si dejó familia a quien avisar y si ya se le enterró”. “El último que la vivió fue el Arnulfo, Dios lo haya perdonado”, informó el hombre.

La mujer se estremeció y completó lo dicho por su marido: “Asesinó a machetazos a uno que dizque era su amigo, que porque los dos querían a la mesma muchacha. Pa’que luego la muchacha ni lo quisiera…” “Durante muchos años después vivió ahí, pero no se trataba ni se hablaba con naiden, imagíneselo usté, tan malvado ni quien quisiera saber de él. Aluego se murió, solo como un perro, y naiden quiso acompañar el entierro ni venir a rezarle”, terminó el hombre.

Cuentan los hijos de los hijos de los que oyeron el relato de los campesinos, que el sacerdote palideció y hasta pareció que le temblaba la mano al dar la bendición a la pareja. Corrió por la ciudad el rumor de que en esa casa el cura había escuchado la confesión de un muerto, cuya alma impenitente había buscado quien lo absolviera de un horrible crimen para poder encontrar el descanso eterno.

Muchos años después, al extenderse la ciudad, la casa en ruinas fue derribada y construidas casas y edificios en todo ese terreno yermo. Hoy no queda nada más que la historia, contada de boca en boca entre muchos otros relatos de fantasmas, en los que es pródiga nuestra ciudad, sin que nadie tenga idea de dónde sucedió.

He escuchado relatos parecidos y no sé si realmente ocurrieron o son invento de alguna imaginación calenturienta, pero a mí me fue narrado por una sobrina nieta del cura. Quizá no sea tan infrecuente que, luego de algunos años de purgatorio, las almas reciban el perdón a condición de encontrar, entre los vivos, quien les dé la absolución…

Fuente: encuentos.com

Cinthia Flores

Fotógrafa y reportera.