Durante más de tres años permaneció en el ambiente siniestro de la famosa prisión, conocida por ser un mar de corrupción y tortura. En sus interiores se encontraban tanto culpables como inocentes, presos políticos o descuartizadores, los escritores José Revueltas, José Agustín y William Burroughs, el poeta Álvaro Mutis, el muralista David Alfaro Siqueiros, Ramón Mercader (asesino de León Trotsky), el científico mexicano Heberto Castillo; y asesinos seriales y multihomicidas como Francisco Guerrero Pérez “El Chalequero”, terror de las prostitutas… también Juan Gabriel fue a dar ahí, a Lecumberri.

“Muéstrame un hombre con un tatuaje y te mostraré un hombre con un pasado interesante” -Jack London-

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Por Mercedes Matz
Fotos: Pedro Zamacona / Yaconic

El tatuaje ha persistido a través del tiempo en diversas culturas de la sociedad humana. Desde la antigüedad hasta nuestros días, ha sido protagonista en temas culturales, sociales, urbanos y artísticos. Actualmente se ve como algo cada vez más común, sin embargo, el tema como tal no deja de situarse entre diferentes paradojas. Mientras en ciertos entornos sociales y laborales los estigmas se mantienen, en la televisión aparecen reality shows (gringos) que buscan al mejor en el oficio. Hay quienes catalogan a los tatuadores como artesanos que viven el tatuaje como arte no sólo en la piel, sino hasta el tuétano del alma. Éste último caso es el que nos ocupa en esta ocasión.

Todos lo conocen como Don Tito y posee un lugar particular en el mundo del tatuaje en México gracias a las historias que guarda en torno a este arte. Bien podría presentarse como Héctor López o Roberto Hernández pero, sin papeles que lo obliguen, él decide llamarse Tito, como lo ha sido desde niño. Ese es su nombre, igual que uno de los Doce Césares de la Antigua Roma.

Fue en la infancia cuando el tatuaje llegó a su vida. A los nueve años se encontró con un maestro hojalatero dentro de su taller. Tito recuerda la imagen imponente: un hombre grande, lleno de tatuajes, con una enorme águila encarnada en su brazo, entre ese ambiente de sequedad propio del trabajo duro combinado con la esencia artística de la pintura. Yo lo veía y me daba temor pero aun así llamó mi atención recuerda Tito así que le pedí que me hiciera uno, un tatuaje. Ante tal petición el hombre respondió: Mira, agarra ese cepillo de alambres y golpéate media hora la mano (señala su antebrazo), si lo soportas yo te hago un tatuaje.

Siguió las instrucciones y lo hizo, pero éstas no fueron claras y en vez de dar leves toques sobre la piel dio fuertes golpeteos hasta darse cuenta de que ya estaba sangrando. ¡No, no, tú no!, se limitó a decir el maestro hojalatero. En ese momento por la cabeza de Tito rodó un pensamiento: Algún día voy a hacerme un tatuaje.

Años más tarde viajó por varias partes del país. Cuando llegó a Mexicali se encontró con un movimiento de tatuaje compuesto principalmente por “cholos”, en el que fue difícil entrar pero que marcó el inicio de una formación que empezó cuando tenía 18 años.

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DE NORTE A SUR 

Del norte llegó a la Ciudad de México con la intención de comenzar a pintar autos, como aquel maestro del taller hojalatero; pero también germinaba en su interior un gusto por la tinta en la piel, un gusto que sus intenciones absorbían cada vez más. Por un tiempo tuve que dormir en el panteón Guadalupe pero con esta llegada al DF todo se me vino abajo. Vendía café, pastillas, perico [cocaína], que en aquellos tiempos era algo cotizado…después empecé a cocinar y dejé el tatuaje por esos momentos.

Pareciera que algo tenía que pasar para que el reencuentro tuviera lugar. Y la cárcel apareció como el único remedio, aunque nadie le podría llamar así ni de chiste. Las adicciones, los asaltos y las drogas lo llevaron al Palacio Negro: a Lecumberri. Ahí comencé a mezclarme de vuelta en el mundo del tatuaje pero ahora con el trabajo que se hacía en la prisión, con las tintas y materiales que ahí se elaboraban.

Durante más de tres años —1972, 73, 74 y parte del 75— permaneció en el ambiente siniestro de la famosa cárcel, conocida por ser un mar de corrupción y tortura. En esos años había sólo dos señores que se dedicaban al tatuaje en la prisión. Cuando conocí a uno de ellos y lo pude tener de frente, llegó a mi mente la imagen del maestro hojalatero, el del águila encarnada en su gran brazo, narra Tito mientras parece recordar las imágenes de cada momento. Al reo le hizo la misma petición que pronunció años atrás pero esta vez se trataba de “El Chapo”, No el narco —aclara entre risas—, al bueno, al tatuador que también llamaban “El Mayor de la crujía”. Me cobró 15 pesos cuando yo sobrevivía con sólo un peso al día.

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EL RITUAL

Tito observó paciente cómo se preparaba todo ese material que de pronto se transformaba en una especie de ritual que había que seguir debidamente. Empezó a quemar unos peines y una tabla que pulía hasta dejarla tan finita como para poder lijar los peines que él (“El Mayor”) rescataba; y mientras trabajaba me pedía que le ayudará: “¡Agárrale aquí cabrón!”. Así eran sus tatuajes, interactivos, él era un artista. Me pedía ayuda con el diseño pues necesitaba que el tatuado participara  —cuenta con nostalgia —. El hollín se impregnaba, mientras que con una navaja Gillette, champú y pasta de dientes terminó por obtener la tinta. ¡Me quedé sorprendido! No se detuvo, preparó sus agujas y me comenzó a tatuar. Observe cómo se perdía muy cabrón... Ese fue su primer tatuaje en prisión: una india americana en el pecho, con sus joyas de cuentas y una especie de tiara rodeando su cabello. Una imagen propia de su raza y su naturaleza, aquella india fue real. Quienes conocen de tatuajes, aseguran que el tener un tatuaje “lecumberiano” te da un estatus y una fuerza enorme y, para Tito, muy cabrona.

Con un motor, jeringas, plumas, tubos y cuerdas de guitarra, Tito comenzó a fabricar sus primeras máquinas caseras para tatuar y con las que nunca ha padecido ningún caso de infección. Tal fue su aprendizaje en Lecumberri. 

GOOD TIMES. BAD TIMES

La teoría del sistema penitenciario en México va en contra de su práctica: devuelve entes enojados, no readaptados. La salida de Lecumberri en 1975 significó para Tito la entrada al Reclusorio Norte.

El crédito de tatuar en prisión no sólo estaba en el hecho de hacerlo, sino en conseguir el material y sobre todo en ver tinta, agujas y material donde no los hay. En medio del ambiente lúgubre y sombrío de cada celda, también florecían las rosas, los nombres de las amadas, corazones muy rojos y flechados así como Cristos personalizados; las agujas hicieron su trabajo: coser memorias en la piel. Tito entró al reclusorio Norte (donde cumplió 18 años de condena) como todo un tatuador y tales imágenes eran infaltables en sus lienzos andantes.

A cambio de una chamarra, el guardia de la crujía le permitió una máquina, catálogos, tinta y una grabadora. Comencé a tatuar pero un día un camarada se me convulsionó, se puso pálido y se cayó. Al regresar de la enfermería ya no recordaba nada, se negó a continuar con el tatuaje. En esa ocasión Tito usó el interior de una cuerda de guitarra. La libró y continuó. Tras una “terapia” al custodio, Tito logró llegar con el director del penal y convencerlo: Le expliqué la nobleza del tatuaje como arte y le di a entender la necesidad de dar a conocer a los reos lo que conlleva su entorno, por ejemplo, el cómo se fabricaba la tinta. Así armamos la primera exposición de Tatuajes en el Reclusorio Norte, la primera, remarca con orgullo (del bueno) y firma la declaración con una leve sonrisa porque inició algo que sucede hasta hoy. Ahí se dio el auge, dice Tito refiriéndose al año 1997.

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En cada imagen que realizó en prisión colocaba una pequeña estrellita de David como insignia. Tras aprovechar el largo tiempo que pasó en la cárcel y dedicarlo a la tinta, actualmente ofrece seminarios en el recién abierto Museo del Tatuaje en México.  Tito llegó al país desde pequeño y desde niño escapó para buscar su propio camino: Fui un niño alquilado para pasar la droga, era eso o eran las minas de Esmeralda en Colombia.

—¿Para ti qué significa tatuar? 

—Es arte. Es algo con lo que el ser humano refleja sus vivencias, pone todo su corazón para hacer algo bello y plasmarlo en la piel, el lienzo más bello.

¿Qué diferencias encuentras entre tatuar en prisión y fuera de ella? 

—En prisión hay un ambiente muy triste y lúgubre, por eso los tatuajes se hacen llenos de melancolía. El tatuador se mete tan de lleno en el tatuaje mientras se olvida de todo eso. En la cárcel tienes un pequeñito espacio para usar, para trabajar y tatuar. Afuera tienes un cielo hermoso. Es muy diferente.

¿Qué te gustaría tatuarle a México? 

—LIBERTAD. Lo más bello del ser humano es la libertad.

 

“Le expliqué la nobleza del tatuaje como arte y le di a entender la necesidad de dar a conocer a los reos lo que conlleva su entorno” –Tito-

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