Demoledor de Buenas Conciencias

Cuando uno escribe hasta convertir la escritura en un vicio, lo único que hace es explorar. Y para encontrar algo hay que ir hasta el fondo. Lo peor es que, una vez en el fondo, es imposible regresar a la superficie. No se puede salir jamás.

Pedro Juan Gutiérrez 

Por Israel Füguemann / @Fuguemann_

El chico que por las tardes vendía comics y se divertía viendo el culo de las “jineteras” pasar frente a sí, jamás habría de imaginarse que aquellas mujeres de anchas caderas y cachondo contonear serían los personajes que protagonizarían muchas de sus historias. Por aquella época un puñado de “barbudos” comenzaban una revolución que a la postre desencadenaría el escenario preciso para que las novelas de Pedro Juan Gutiérrez, ya hecho un hombre, se llenaran podredumbre, sexo y fatalidad.

Nació en Pinar de Río en 1949, pero creció en Matanzas, una provincia al occidente también conocida como la “Atenas de Cuba”, rica económica y culturalmente, que hoy día sigue siendo un corazón palpitante en la isla. Allí nacieron algunos de los ritmos más bailables y cadenciosos del mundo entero, como el danzón, la rumba, el guaguancó y el yambú, elementales para entender la prosa acompasada, divertida e incisiva de uno de los escritores más controvertidos de la Cuba Contemporánea.

El reconocimiento internacional le vino en 1998, tras la contundente aparición de Trilogía Sucia de la Habana (1998), una serie de cuentos que trazaron irónicamente el mapa social de un pueblo mestizo que juega con la gestualidad, la música y el sexo; donde las historias de los héroes revolucionarios fueron enterradas por aquellas que transpiran la crudeza del “realismo sucio”, y se juegan la vida a diario en un país con pocas oportunidades para casi todo, menos para ser feliz.

Narrados “a ras de suelo”, la mayoría de los libros de Pedro Juan que también pudieran ser crónicas de la vida diaria, tuvieron que publicarse en España porque el Ministerio del Interior cubano tachó de “alta peligrosidad” la decadente vida de los alcohólicos, travestis, vagabundos que habitan sus textos y los solares hacinados de la Habana; donde una mezcla de olor a culo sudado, tabaco, canela y hierba santa le tienden una bofetada con guante blanco infortunito del que parecieran nunca escapar, es decir, una sonrisa que demuestra la grandeza de su gente, por más jodida que pueda parecer.

Pedro Juan en La Habana

“El Prometeo sexual desencadenado”

Sentado en la azotea de un condominio de Centro Habana, el mulato de instigadores ojos cafés y cabeza rapada, escribe a mano, pinta, esculpe, escucha música, hace poesía visual y bebe ron. A sus píes, en lo que fuera un antiguo punto de prostitución pre revolucionaria y comercial de la capital, un hervidero de historias se le aparecen y asombran en una “ciudad cabrona que se cae a pedazos, pero que es hermosa”.

Hijo de un padre heladero, Pedro Juan vivió una niñez sencilla, acostumbrado trabajar vendiendo bolsas usadas a los fruteros del barrio y a divertirse con la pesca y el kayak, hasta que la revolución cubana nacionalizó las empresas incluyendo las heladeras. Trabajó como obrero agrícola y de la construcción. Fue profesor de dibujo técnico, dirigente sindical y finalmente periodista por más dos décadas.

Recorrió las favelas de Brasil y la zona fronteriza entre México y Estados Unidos. Fue un cubano afortunado porque pudo salir de la isla, conocer otros países y otras realidades que lo ayudaron a entender que quien escribe debe hacerlo sobre las circunstancias que lo rodean; por eso Pedro Juan cuenta sobre mujeres hermosas que caminan jacarandosas, todo el día enseñan el ombligo, tienen buenas tetas, buenos culos, y se juegan la vida a diario.

Su obra tiene la peculiaridad de indagar en las zonas más oscuras del ser humano, de husmear en las entrañas y describir la lucha más animal de quizás todas las posibles, la supervivencia. Pedro Juan es un desencantador de sueños, La Habana, tras sus letras, ha dejado de ser una idea romántica y acaramelada concebida por otros autores. La principal razón está en que mientras Alejo Carpentier y Lezama Lima se encerraron a escribir sobre la alta burocracia, griegos o romanos, Pedro Juan salió a la calle a compartir con los chulos y putas, para luego escribir sobre ellos.

El demonio ensañado con la Habana

Nada que hacer, Anclado a tierra de nadieSabor a mí, componen Trilogía sucia de la Habana, escrita entre 1994 y 1997, una de las etapas más duras de Cuba en los últimos 60 años. Derrocado el bloque soviético y disuelta la URSS, Cuba entró en una crisis catártica que cambió para siempre la vida de sus habitantes.

Sin la ayuda comunista la comida escaseo como nunca y la prostitución y el contrabando de alimentos aumentaron significativamente. El mar se llenó de embarcaciones tripuladas por viajantes o más bien “kamikazes”, que llevaban la nostalgia que Celia Cruz, la salsera que nunca pudo volver a la tierra que la vio nacer, ya había entonado en “Por si acaso no regreso”, un son cantado desde la hiel del alma.

Deprimido, sin dinero tras de haberse divorciado, separado de sus dos hijos, haber perdido a su padre y tener que soportar el suicidio de Clark, su mejor amigo, Pedro Juan encontró por fin la voz que por 30 años estuvo buscando. En ella un lastimoso murmullo dejó de susurrar para gritarle al mundo que en los repartos y provincias de su país agonizaban de hambre y oportunidades, pero también a pesar de la adversidad, nunca han perdido el orgullo y el sabor de su condición mestiza.

Los cuarenta años son la edad en la cual uno todavía está a tiempo de abandonar la rutina y comenzar a vivir de cualquier otro modo. “Tenía tres opciones: endurecerse, volverse loco o suicidarse”. Escogió la primera y desde ese momento ha publicado alrededor quince libros en poco más de una década.

Su trabajo puede o no gustar, pero nadie que lo lea va a quedarse quieto. La escritura de este “animal tropical” de las letras es capaz de demoler las buenas consciencias, porque transita sobre una delgada viga de equilibrio llamada transgresión. Roberto Bolaño, el fallecido escritor chileno, calificó a Pedro Juan Gutiérrez como “el escritor priapico por excelencia, el producto caribeño ideal”, un tipo fresco al que la crítica le importa un carajo, con una magnifica capacidad para escribir cuentos.

Cuba está mal. Latinoamérica está mal. Gutiérrez no parece estar mucho mejor. Pero, mucho me temo, sigue fiel a sus principios o a su naturaleza. Quien desee comprobarlo que lea la Trilogía sucia de La Habana.

YACONIC

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