En 1995, una Gwen Stefani de labios rojos y pantalones de cuadros se convertía en el estandarte de una generación con «Just a Girl«. No era solo una canción de ska-punk; era un himno de resistencia frente al escrutinio patriarcal y las limitaciones impuestas al cuerpo y la voz femenina. Tres décadas después, el escenario ha cambiado drásticamente. Sin embargo, hoy en día, Gwen Stefani es vocera de Hallow
La mujer que desafiaba al sistema desde la autonomía del escenario neoyorquino es hoy el rostro principal de Hallow, una plataforma de oración católica que opera bajo la lógica del «evangelismo corporativo» y financia agendas que chocan frontalmente con las libertades que su música alguna vez pareció defender.
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Hallow: El «Unicornio» tecnológico de la culpa
Hallow no es una iniciativa parroquial; es una fintech de la fe. Con inversiones millonarias de capital de riesgo y una estrategia de datos agresiva, la aplicación ha logrado algo que la Iglesia tradicional no pudo: volver el dogma «trendy«. Sin embargo, detrás de su interfaz minimalista y sus sesiones de mindfulness espiritual, se esconde una estructura de poder vinculada a sectores conservadores que celebran activamente la restricción de derechos reproductivos.
- Marketing de Redención: Al contratar a figuras como Stefani, Hallow limpia su imagen institucional. Usa la nostalgia de la Generación X para normalizar una plataforma que promueve valores alineados con la agenda anti-derechos.
- La fe como producto de bienestar: La app vende la oración como una herramienta de salud mental, diluyendo el dogma en un lenguaje de «autoayuda» que facilita su consumo masivo.
- El silencio cómplice: El paso de Gwen por la app no es neutral. Al promocionar activamente este ecosistema, la artista valida una estructura que busca legislar sobre el cuerpo de las mismas mujeres que coreaban sus himnos de liberación.
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La traición de la nostalgia
Lo que resulta verdaderamente incongruente en la postura de Stefani no es su búsqueda espiritual —un derecho individual incuestionable—, sino la monetización de esa fe a través de una maquinaria que opera contra la autonomía femenina.
- De la disrupción a la sumisión: Mientras la Gwen de los 90 denunciaba el control masculino, la Gwen de 2026 invita a sus seguidores a unirse a un desafío de oración liderado por una empresa que apoya posturas políticas radicales sobre el aborto. Es el fin de la rebeldía para dar paso a la alineación con el poder más antiguo del mundo.
- El extractivismo de la identidad: Stefani está aplicando el mismo modelo de negocio que usó con su marca Harajuku Lovers: tomar una estética (en este caso, la mística religiosa) y convertirla en una mercancía de lujo. La diferencia es que aquí, el costo no es el precio del perfume, sino la credibilidad de su legado feminista.
- La disonancia cognitiva del fan: Para sus fans, este giro no es una «madurez», sino una ruptura ideológica. Ver a la mujer que rompió el techo de cristal del ska y el rocksteady convertida en vocera de una app anti-derechos es un recordatorio de que, en la industria de las celebridades, la autenticidad suele tener un precio.
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¿Un nuevo modelo de censura suave?
El peligro del evangelismo corporativo que promueve Stefani radica en su capacidad para disfrazar el dogma de «bienestar emocional». Al usar celebridades «cool», las apps de fe logran entrar en espacios donde la religión tradicional sería rechazada por su autoritarismo. Es una forma de censura suave: no te prohíben decidir, pero te venden —a través de tu ídolo de la infancia— un ecosistema que financia a quienes sí quieren prohibírtelo.
¿Quién se quedó con la chica?
Al final, la pregunta que queda en la hoguera de esta discusión no es si Gwen Stefani tiene derecho a ser religiosa, sino qué queda de la artista que nos dijo que «ya había tenido suficiente» de las presiones sociales.
La transición en la que Gwen Stefani es vocera de Hallow es el cierre de un círculo para la industria pop: el momento en que la rebeldía se agota y se vende al mejor postor de la alt-right tecnológica. Si «Just a Girl» era el grito de quien no quería ser una propiedad, su campaña actual es el susurro de quien ha aceptado ser el escaparate de una institución que nunca dejó de querer controlarla.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola

