Es uno de los símbolos más icónicos del arte moderno, un ícono de la ansiedad existencial que parece gritar junto a nosotros. La mayoría de las personas asume que «El Grito» es una sola obra, una imagen inmutable de angustia. Sin embargo, la verdad es mucho más fascinante. El legendario artista noruego Edvard Munch exploró esta emoción a lo largo de su carrera, creando múltiples versiones de su obra maestra. Comprender estas variaciones de El Grito de Edvard Munch no solo es crucial para apreciar su arte, sino también para entender la profunda obsesión del artista por capturar el sentimiento de una crisis personal que se volvió universal.
El viaje de la obra comenzó en 1893, cuando Munch creó las dos versiones más famosas. La primera, pintada con témpera y crayón sobre cartón, reside en la Galería Nacional de Noruega en Oslo. Es la más conocida por su vibrante paleta de colores y por una intrigante inscripción en su esquina superior izquierda: “Solo pudo haber sido pintado por un loco!”, un comentario que, según los historiadores, fue añadido por el propio Munch en respuesta a las críticas que recibió su obra. Por otro lado, la segunda versión de 1893, hecha con pastel sobre cartón, se exhibe en el Museo Munch de Oslo. Esta es la versión que sufrió el famoso robo de 2004 y fue recuperada dos años después. Estas primeras variaciones de El Grito de Edvard Munch establecieron la figura central que se convertiría en un símbolo mundial.
Pal Enger, el «cómico» que robó «El grito» de Edvard Munch

En 1895, Munch creó una tercera versión en pastel, que hoy es la única que permanece en una colección privada. Se hizo mundialmente famosa en 2012 cuando se subastó por la asombrosa suma de casi 120 millones de dólares, lo que la convirtió en una de las obras de arte más caras de la historia. Esta versión tiene una sutil diferencia que la hace única: una de las dos figuras del fondo mira hacia el mar, rompiendo la composición de las otras. Las diferentes técnicas que utilizó en cada obra le permitieron explorar la misma emoción con texturas y matices distintos. Las variaciones de El Grito de Edvard Munch no fueron simples réplicas, sino nuevos intentos de perfeccionar un sentimiento.
Finalmente, para democratizar su obra y llevar su mensaje a un público más amplio, Munch creó una litografía en 1895. Esta versión en blanco y negro, que lleva el título de «El Grito» grabado en la parte inferior, fue fundamental para que la imagen se imprimiera, distribuyera y se convirtiera en un ícono de la cultura popular. Si bien carece del color y la textura de las pinturas originales, la litografía logró lo que ninguna de ellas: cementar la obra como un símbolo universal de la ansiedad existencial. Las variaciones de El Grito de Edvard Munch demuestran que, para el artista, el mensaje era tan importante como el medio.
Para Munch, la obra no era solo un lienzo, sino una idea poderosa que necesitaba ser explorada una y otra vez. Estas múltiples versiones son un reflejo de su propia lucha interna y un intento por plasmar, en cada trazo, el sentimiento de terror y soledad que experimentó durante un paseo. El legado de estas variaciones de El Grito de Edvard Munch nos enseña que las ideas más poderosas a menudo requieren más de un intento para ser capturadas en su totalidad.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





