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LAS VERDES COLINAS DE LA TIERRA , DE ROBERT A. HEINLEIN
CUENTOS LITERATURA

LAS VERDES COLINAS DE LA TIERRA , DE ROBERT A. HEINLEIN

Esta es la historia de Rhyslirig, el Cantor Ciego de los Espacios, pero no en su versión oficial. En el colegio se cantan sus palabras: Gro por un último aterrizaje en el globo que me vio nacer; déjame posar mis ojos en los cielos aborregados y las frescas y verdes colinas de la Tierra. O quizá cantéis en francés, o en alemán. O acaso en esperanto, mientras el arco iris de la Tierra se extiende sobre nuestras cabezas. El lenguaje no tiene importancia; era con toda certeza una lengua terrestre. Nadie ha traducido jamás «Verdes colinas> al suave idioma venusiano; jamás un marciano lo ha croado ni susurrado en los áridos corredores. Es nuestro. Nosotros, los habitantes de la Tierra, lo hemos exportado todo, desde las películas de Hollywood a las substancias radiactivas sintéticas, pero esto pertenece exclusivamente a la Tierra, y a sus hijos e hijas doquiera que se encuentren. Todos hemos oído referir muchas historias de Rhysling.

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Cualquiera de vosotros puede incluso ser uno de los muchos que han tratado de graduarse o sed aclamados a” través de versiones escolares de sus obras publicadas… Canciones del Espacio, El Gran Canal y otros Poemas, Alto y Lejos y ¡Arriba; Nave!. Sin embargo, pese a que habéis cantado sus canciones y leído sus versos en el colegio y otros sitios toda vuestra vida, podría hacerse una ventajosa apuesta, a menos que seáis también un hombre del espacio, de que no habéis oído siquiera hablar de la mayoría de las canciones inéditas de Rhysling, como, por ejemplo, Desde que el avión se encontró con mi primo, la muchacha pelirroja del Venusberg, ¡Conserva los IxULtalone4 Capitán! o Un traje del espacio para dos. Ni es posible tampoco insertarías en una revista familiar La reputación de Rllysliiig quedó protegida por un cuidadoso ejecutor testamentario y por la feliz casualidad de que no fue nunca intentado.

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Canciones de los Espacios apareció la semana de su muerte; cuando llegó a ser un – lo habla saludado Hicks -. ¿Está usted sereno o firmo el rol por usted? _ _- -Es imposible érnborracharse con el jugo de chinches ese que venden aquí, capitán. Firmó y se fue abajo, acompañado de su acordeón. Diez minutos después regresaba. • Capitán – dijo sombríamente -, el chorro número dos no está en condiciones, los reguladores de cadmio están torcidos. • ¿Por qué me lo dice usted a mí? ¡Dígaselo al jefe! • Se lo he dicho, pero dice que funcionaran. be equivoca. El capitán se inclinó sobre el rol. • Borre su nombre y lárguese. Zarpamos dentro de treinta minutos. Rhysling lo miró, se encogió de hombros y se volvió abajo. Hay un buen salto hasta los planetoides de Júpiter. Una nave del tipo Hawk tiene que lanzar explosiones durante tres guardias antes de entrar en vuelo libre. Ithys4ing tenía la segunda guardia.

La regulación se hacía entonces a mano, con un mecanismo de multiplicación y una válvula de seguridad. Cuando la válvula se puso roja, trató de corregirla… y no tuvo suerte. Los aviadores a chorro no esperan; por esto son aviadores a chorro. Se precipit9’ hacia el armario de herramientas y se lanzó contra la válvula con las tenazas. ‘das luces se apagaron, pero él siguió trabajando. Un aviador a chorro tiene que conocer el cuarto de máquinas como la lengua conoce el interior de la copa. En el momento de apagarse las luces dirigió una rápida mirada por encima del colector de plomo.

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El resplandor radiactivo azul no le ayudó en absoluto; echó la cabeza atrás y siguió orientándose pór el tacto. Una vez hubo llegado donde quería, dijo por el tubo: 4 -¡Chorro número dos fuera de servicio! Y por lo que más quieran, tráiganme un poco de luz aquí… Había luz, el circuito de urgencia, pero no para ‘él. El resplandor azul radiactivo fue la última cosa a que respondió su nervio óptico.

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Lilián Villanueva