En la Ciudad de México, la paz social siempre ha pendido de un hilo invisible, uno que suele ser cortado por manos que no llevan uniforme, pero que obedecen órdenes directas del poder. De ahí conocer la diferencia entre grupos de choque y paramilitares.
Durante décadas, hemos visto cómo las manifestaciones se transforman en campos de batalla bajo la sombra de la sospecha: ¿Esa piedra fue lanzada por rabia legítima o por una nómina clandestina? Para entender la historia de la protesta en la capital, es necesario distinguir entre el «soldado clandestino» —ese paramilitar entrenado para aniquilar— y el «golpeador pagado» —el grupo de choque diseñado para el sabotaje y el desprestigio—.
Mientras que el grupo de choque es el músculo que revienta asambleas y genera el desorden necesario para invalidar una causa, el grupo paramilitar es el brazo quirúrgico que el Estado utiliza cuando decide que la «negación plausible» es su mejor estrategia de represión.
Desde la herida abierta del Halconazo en 1971 hasta las actuales teorías sobre la infiltración en el Bloque Negro, el uso de estos grupos revela una arquitectura del miedo que no distingue colores partidistas.
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Los Halcones (1971): El modelo paramilitar puro
El referente más oscuro de nuestra historia. No eran simples golpeadores; eran un grupo paramilitar con mandos militares, entrenamiento táctico y financiamiento directo del Departamento del D.F. Su objetivo en el «Halconazo» no fue disolver una marcha, sino aniquilar la disidencia estudiantil con una estructura de guerra urbana.
Es el ejemplo perfecto de cómo el Estado crea un ejército «invisible» para tener negación plausible ante una masacre.
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El Porrismo: La cantera del choque institucional
A diferencia de los Halcones, los porros funcionan como grupos de choque tradicionales. Incrustados en la UNAM y el IPN, su misión es el sabotaje político y el control territorial de las escuelas. Son mercenarios de la violencia: revientan asambleas y golpean estudiantes para evitar que surjan liderazgos que incomoden al sistema.
Su fuerza no es táctica, es el miedo bruto y el respaldo de facciones políticas que los mantienen como su «brazo golpeador» en la reserva.
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El Bloque Negro: ¿Autodefensa o infiltración de diseño?
Aquí entramos en el terreno de la sospecha contemporánea. Aunque surge como una táctica de acción directa y autodefensa frente a la policía, el anonimato total del Bloque Negro lo convierte en el escondite ideal para infiltrados de choque.
La teoría más fuerte en México, es que tanto el gobierno como la oposición utilizan este «rostro sin cara» para sembrar el caos estético, justificando la represión o desgastando la imagen del gobernante en turno. Es el choque convertido en performance político.
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Sindicatos y Comerciantes: El choque por el espacio público
El control de las calles en la CDMX es una aduana política. Ciertos liderazgos de comerciantes ambulantes y sindicatos operan como grupos de choque latentes. Se activan cuando una movilización opositora intenta ocupar plazas estratégicas; entonces aparecen «civiles» armados con palos para defender el territorio.
La teoría apunta a que son el pago por favores políticos y clientelares: el gobierno les da el espacio y ellos le dan el músculo para limpiar la calle cuando sea necesario.
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Las «Brigadas de Paz» y el choque blando
La evolución moderna del control social. Grupos vestidos de civil, a menudo con uniformes institucionales, que actúan como barreras humanas en las protestas. Aunque su discurso es la «mediación», operan como un grupo de choque pasivo que busca el desgaste psicológico y físico del manifestante.
Es la táctica de usar el cuerpo del trabajador público como escudo político, diluyendo la responsabilidad de la policía en caso de un enfrentamiento.
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Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





