Existen libros que no se leen, se padecen. En las estanterías de la Wellcome Library de Londres descansa un volumen que desafía la lógica del tiempo y la cordura: el Compendium rarissimum totius Artis Magicae (Compendio rarísimo de todas las Artes Mágicas clasificado por los más famosos maestros de este Arte). Este compendio de demonología y magia, resulta más que interesante.
Con una portada custodiada por esqueletos y la advertencia en latín “Noli me Tangere” (No me toques), este manuscrito es una de las piezas más extrañas de la historia de la magia.
Aunque la portada del compendio de demonología y magia ostenta el año 1057, su manufactura delata el siglo XVIII, revelando que el engaño y el misterio fueron, desde su origen, parte de su ritual de existencia.
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La estética del demonio: 34 láminas de lo impensable
El valor del compendio de demonología y magia no reside solo en su texto —un híbrido de latín y alemán—, sino en su aterradora propuesta visual. De sus 78 páginas, 34 son láminas que retratan entidades que escapan a la iconografía clásica.
Aquí los demonios no son solo figuras rojas con cuernos; son criaturas amorfas, visiones de la nigromancia y la clarividencia que parecen extraídas de un delirio febril.
Estas ilustraciones no buscaban adornar, sino servir como espejos para invocar fuerzas que la Ilustración intentaba enterrar bajo el peso de la razón.
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El anonimato como poder
A diferencia de otros grimorios famosos, el autor del compendio de demonología y magia prefirió el silencio. No hay firma, solo la autoría colectiva atribuida a los «más famosos maestros de este Arte».
Este anonimato le otorga al libro una cualidad de ente vivo, un objeto que parece haberse escrito a sí mismo a través de los siglos. Datado alrededor de 1775, el libro es una prueba de que, mientras el mundo se dirigía hacia la Revolución Industrial, en los sótanos de la consciencia colectiva todavía se dibujaban círculos cabalísticos para hablar con los muertos.
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El fetiche de la reliquia falsa
El hecho de que el compendio de demonología y magia intente pasar por una obra del siglo XI es una declaración estética en sí misma. El autor sabía que la antigüedad confiere poder.
Al «envejecer» artificialmente el manuscrito, lo convirtió en una reliquia instantánea, un objeto que demanda respeto y temor. Hoy, consultarlo es un acto de valentía intelectual: es asomarse a una época que, a pesar de las luces, seguía temiendo a lo que acecha en la oscuridad de una página escrita a mano. Si quieres leerlo, puedes dar click aquí.
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Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





