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Literatura1 agosto, 2026

Los asesinos, de Ernest Hemingway

Los asesinos, de Ernest Hemingway
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La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.

-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.

George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.

-Son las cinco.

-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.

-Adelanta veinte minutos.

-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?

-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.

-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.

-Esa es la cena.

-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado…

-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.

-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.

-Dije si tienes algo para tomar.

-Sólo lo que nombré.

-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?

-Summit.

-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.

-No -le contestó éste.

-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.

-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.

-Así es -dijo George.

-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.

-Seguro.

-Así que eres un chico vivo, ¿no?

-Seguro -respondió George.

-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?

-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?

-Adams.

-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?

-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.

-¿No te acuerdas?

-Jamón con huevos.

-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.

-Nada.

-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.

-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.

George se rió.

 no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?

-Está bien -dijo George.

-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.

-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.

-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.

-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.

-¿Por? -preguntó Nick.

-Porque sí.

-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.

-¿Qué se proponen? -preguntó George.

-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?

-El negro.

-¿El negro? ¿Cómo el negro?

-El negro que cocina.

-Dile que venga.

-¿Qué se proponen?

-Dile que venga.

-¿Dónde se creen que están?

-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?

-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.

-¿Qué le van a hacer?

-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

-Sam, ven un minutito.

El negro abrió la puerta de la cocina y salió.

-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.

-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.

-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?

-¿De qué se trata todo esto?

-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.

-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.

-¿De qué crees que se trata?

-No sé.

-¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

-No lo diría.

-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.

-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.

-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?

-Sí.

-Viene a comer todas las noches, ¿no?

-A veces.

-A las seis en punto, ¿no?

-Si viene.

-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?

-De vez en cuando.

-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.

-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.

-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.

-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.

-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.

-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?

-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.

-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?

-Uno nunca sabe.

-En un convento judío. Ahí estuviste tú.

George miró el reloj.

-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?

-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?

-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?

-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.

-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.

-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.

-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.

A las siete menos cinco George habló:

-Ya no viene.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos “para llevar”, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.

-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.

-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.

-Vamos, Al -insistió Max.

-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?

-No va a haber problemas con ellos.

-¿Estás seguro?

-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.

-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.

-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.

-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.

-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

-¿Qué carajo…? -dijo pretendiendo seguridad.

-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.

-¿A Ole Andreson?

-Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

-¿Ya se fueron? -preguntó.

-Sí -respondió George-, ya se fueron.

-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.

-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.

-Está bien.

-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.

-Si no quieres no vayas -dijo George.

-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.

-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.

-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.

-Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

-¿Está Ole Andreson?

-¿Quieres verlo?

-Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

-¿Quién es?

-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.

-Soy Nick Adams.

-Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.

Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.

-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.

-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.

-Le voy a decir cómo eran.

-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.

-No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

-¿No quiere que vaya a la policía?

-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.

-¿No hay nada que yo pueda hacer?

-No. No hay nada que hacer.

-Tal vez no lo dijeron en serio.

-No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.

-¿No podría escapar de la ciudad?

-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

-Ya no hay nada que hacer.

-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?

-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.

-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.

-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.

Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.

-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: “Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este”, pero no tenía ganas.

-No quiere salir.

-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?

-Sí, ya sabía.

-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.

-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.

-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.

-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

-¿Viste a Ole?

-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.

-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.

-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.

-¿Qué va a hacer?

-Nada.

-Lo van a matar.

-Supongo que sí.

-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.

-Supongo -dijo Nick.

-Es terrible.

-Horrible -dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.

-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.

-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.

-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.

-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.

-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.

-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.

FIN

Publicado originalmente el 2 de abril de 2020. Actualizado el 1 de agosto de 2026 con revisión editorial, nuevas fuentes y contexto histórico.


Los asesinos, de Ernest Hemingway: análisis y significado

Dos hombres vestidos de manera casi idéntica entran en un restaurante, piden comida y comienzan a incomodar a quienes están dentro. Pronto se descubre que no han llegado simplemente a cenar: esperan a Ole Andreson, un antiguo boxeador al que dicen que van a matar. El problema es que Andreson no aparece.

Con esa situación, Ernest Hemingway construye Los asesinosThe Killers— alrededor de una amenaza que nunca llega a ejecutarse delante del lector. No vemos el crimen anunciado ni sabemos con certeza qué hizo Ole para convertirse en objetivo. La atención termina concentrándose también en Nick Adams, que intenta advertirle y descubre que el hombre conoce el peligro y ha dejado de escapar.

La John F. Kennedy Presidential Library documenta que Hemingway escribió el cuento entre septiembre de 1925 y mayo de 1926, que apareció por primera vez en marzo de 1927 en Scribner’s Magazine y que posteriormente fue incluido en Men Without Women.

¿De qué trata Los asesinos?

La historia comienza en Henry’s Lunch-Room, un restaurante de Summit. Dos desconocidos llamados Al y Max entran, revisan el menú y provocan a George, quien atiende el mostrador. La conversación parece absurda y repetitiva hasta que ambos toman el control del establecimiento: Nick Adams y Sam, el cocinero, terminan retenidos en la cocina mientras George permanece fuera con Max.

Entonces llega la explicación que ofrecen los propios hombres. Esperan a Ole Andreson, un antiguo boxeador que acostumbra cenar allí, y aseguran que piensan matarlo. Cuando George intenta entender el motivo, ellos presentan el asunto como algo que hacen para otra persona, pero Hemingway no proporciona ninguna confirmación externa sobre quién los habría enviado ni sobre el origen exacto del conflicto.

Andreson no llega. Después de esperar un tiempo, Al y Max abandonan el restaurante y George propone que Nick vaya a advertirle. Cuando el joven encuentra al antiguo boxeador en su habitación, descubre algo que le resulta difícil de entender: Ole ya sabe que quieren matarlo, pero está cansado de huir y no piensa hacer nada para evitarlo.

Nick regresa perturbado. George supone que Andreson habrá tenido problemas en Chicago, mientras Nick termina diciendo que quiere marcharse de Summit porque no soporta imaginar al boxeador esperando su muerte.

Al y Max hacen que una conversación cotidiana se vuelva amenazante

Buena parte de la tensión inicial no procede de disparos ni de una agresión inmediata, sino de una conversación sobre comida, horarios y nombres. Al y Max preguntan qué pueden cenar, se irritan porque algunos platos todavía no están disponibles y ridiculizan repetidamente a George y Nick.

La situación se vuelve inquietante antes de que conozcamos su propósito porque los dos hombres controlan el intercambio: preguntan, interrumpen, imponen apodos y obligan a los demás a responder bajo sus reglas. También resultan extraños por su semejanza, su ropa y los guantes que conservan mientras comen.

La violencia entra así en un espacio cotidiano sin transformarlo por completo. El restaurante sigue recibiendo clientes y George continúa atendiendo mientras dos hombres esperan para matar a alguien. La amenaza resulta precisamente más incómoda porque se instala dentro de una rutina que intenta continuar como si nada excepcional estuviera ocurriendo.

El asesinato que da título al cuento nunca ocurre frente al lector

El título anuncia asesinos y la historia confirma muy pronto la amenaza contra Ole. Sin embargo, Hemingway nunca representa el crimen ni informa dentro del cuento si Al y Max terminan encontrándolo.

Esa decisión hace que la tensión dependa menos de un ataque visible que de sus efectos anticipados. Los personajes esperan, calculan horarios y toman decisiones frente a una violencia que puede ocurrir después de la última página.

Oliver Harris examina el cuento desde otra perspectiva en Ham and Eggs and Hermeneutics: Re-reading Hemingway’s “The Killers”. Su propuesta cuestiona varias lecturas realistas dominantes que reconstruyen a partir de las omisiones una historia convencional de gangsters o una educación moral estable de Nick. Harris llama la atención sobre contradicciones y elementos cifrados presentes en el propio relato para proponer una lógica interpretativa menos sencilla.

Su trabajo no significa que los vacíos del cuento no deban interpretarse. Más bien obliga a evitar que una reconstrucción hipotética del pasado se convierta automáticamente en la explicación definitiva de lo que Hemingway escribió.

Ole Andreson ya no quiere escapar

Cuando Nick llega a la pensión, encuentra a Ole Andreson completamente vestido, acostado y mirando hacia la pared. Hemingway subraya su gran tamaño y su pasado como boxeador, de modo que existe un contraste claro entre ese cuerpo acostumbrado al enfrentamiento físico y su inmovilidad frente a una amenaza que ya conoce.

Nick propone avisar a la policía, describir a los hombres o buscar alguna manera de salir. Andreson rechaza las alternativas. Lleva el día encerrado y explica que ya no puede continuar huyendo, aunque el cuento no aclara cuánto tiempo lleva haciéndolo ni qué ocurrió antes.

Su conducta puede leerse como resignación, pero Hemingway no la convierte en una lección sencilla sobre valentía o cobardía. Ole ha llegado a un punto en el que las soluciones que Nick considera evidentes ya no parecen tener sentido para él.

Nick Adams intenta intervenir y descubre que no puede hacerlo

Nick actúa desde una expectativa clara: si Ole sabe que dos hombres quieren matarlo, debería ser posible advertirlo y hacer algo. Por eso acepta ir a la pensión a pesar de que Sam preferiría mantenerse completamente al margen.

La conversación demuestra el límite de esa idea. Ole no necesita información y rechaza cada alternativa. Nick llega preparado para intervenir y sale después de comprobar que su presencia no modifica la decisión del hombre.

W. J. Stuckey participa en esta discusión en “The Killers” as Experience, un estudio centrado en cómo debe entenderse la experiencia de Nick dentro del relato. Esa discusión permite evitar una conclusión demasiado automática según la cual el episodio representa sin más una iniciación completa del personaje.

Lo que el texto permite afirmar de forma directa es más limitado: Nick entra creyendo que todavía puede ayudar y sale después de encontrarse con una situación que no puede corregir.

Por qué Nick quiere abandonar Summit

El deseo de Nick de irse cobra importancia sobre todo por contraste con George. Al regresar al restaurante, George intenta explicar lo ocurrido suponiendo que Ole tuvo algún problema en Chicago y, cuando Nick sigue pensando en el boxeador, le aconseja dejar el asunto.

Nick no consigue hacerlo. Marcharse de Summit no salvará a Andreson ni resolverá aquello que acaba de conocer, por lo que su decisión puede leerse como una manera de alejarse del lugar donde esa violencia adquirió una forma concreta.

La discusión crítica sobre Nick impide presentar esta reacción como una maduración completa y definitiva. El propio final no explica qué consecuencias tendrá la experiencia; simplemente muestra que George puede volver a la rutina con mayor facilidad, mientras Nick quiere abandonar el pueblo.

George, Sam y Nick reaccionan de tres maneras distintas

Los tres hombres del restaurante responden de manera diferente una vez que Al y Max se marchan. Sam insiste en no involucrarse más; después de haber sido atado y amenazado, quiere mantenerse fuera del asunto. George considera que Ole debería ser advertido, pero después acepta que no parece haber mucho más que puedan hacer.

Nick, en cambio, va hasta la pensión, intenta convencer al boxeador y vuelve especialmente afectado por lo que encuentra. Puede leerse así un contraste entre retirada, aceptación práctica e implicación, aunque Hemingway no convierte esas respuestas en categorías psicológicas cerradas.

La escena resulta interesante precisamente porque ninguna reacción recibe una aprobación explícita del narrador. Sam evita el peligro, George intenta ayudar hasta cierto punto y Nick descubre que querer intervenir tampoco garantiza que exista una solución.

Por qué nunca sabemos qué hizo Ole Andreson

La explicación más cercana aparece al final, cuando George supone que Ole tuvo problemas en Chicago. Hemingway no confirma esa hipótesis ni cuenta quién contrató a Al y Max, qué hizo el boxeador o por qué los asesinos afirman que cometió algún error.

La ausencia de una causa comprobable impide convertir el relato en un misterio criminal resuelto mediante una revelación final. El lector puede formular hipótesis, pero ninguna recibe confirmación narrativa.

Harris discute precisamente el riesgo de convertir esos huecos en una historia realista cerrada. Su relectura presta atención también a contradicciones y detalles presentes en el texto antes de aceptar una explicación convencional sobre el pasado criminal de Ole.

Para Nick, además, esa falta de información forma parte del desconcierto: se encuentra ante una amenaza real sin disponer de una cadena completa de causas que le permita comprenderla.

La amenaza condiciona todo aunque nadie dispare

Durante el cuento se habla de matar, pero ningún disparo ocurre en la página. La amenaza se vuelve material de otras maneras: Al lleva un arma, Nick y Sam son retenidos, Max controla a George y Ole permanece encerrado porque sabe que lo buscan.

Puede leerse la espera como parte de esa violencia porque condiciona los horarios, los movimientos y las decisiones de todos. Al y Max vigilan la hora porque Ole debería llegar a cenar; George también calcula el tiempo; más tarde descubrimos que Andreson ha pasado el día en su habitación pensando en aquello que puede ocurrir.

Hemingway no necesita representar el ataque para mostrar sus efectos. El peligro ya modifica quién puede moverse, quién debe obedecer, quién espera y quién ha dejado de huir.

El restaurante sigue funcionando mientras esperan a Ole

Mientras Al y Max permanecen en el establecimiento, llegan clientes que no saben lo que ocurre. George debe inventar explicaciones sobre la ausencia del cocinero e incluso continuar atendiendo pedidos mientras Nick y Sam están retenidos en la cocina.

La diferencia de información crea buena parte de la tensión. Para quienes entran desde la calle, el problema es que algunos platos no están disponibles. Para George, detrás de la puerta hay dos personas inmovilizadas y un hombre armado.

La normalidad y la amenaza ocupan así el mismo espacio. Hemingway no necesita detener por completo la rutina; su continuidad vuelve más extraño que una posible ejecución pueda prepararse a unos metros de clientes que simplemente quieren cenar.

Cómo funciona el diálogo en Los asesinos

Una parte considerable del cuento se construye mediante diálogo. Al y Max utilizan repeticiones, burlas y preguntas que no siempre buscan información: sirven también para controlar la conversación y establecer quién puede hablar o actuar.

El narrador explica relativamente poco porque muchos datos decisivos aparecen en esas conversaciones. Sabemos por los propios asesinos qué aseguran que pretenden hacer y sabemos por Ole que está cansado de huir. El pasado del boxeador y el origen exacto de la amenaza, en cambio, permanecen sin explicación.

Martin Scofield dedica a Hemingway un capítulo de The Cambridge Introduction to the American Short Story. Al caracterizar su narrativa breve en general, destaca el uso de palabras llanas, una sintaxis aparentemente sencilla pero cuidadosamente estructurada y una presentación directa; también relaciona sus cuentos con la fragmentación de la experiencia moderna, el conflicto y el desencanto.

En Los asesinos, esos recursos pueden observarse en una situación donde gran parte de la amenaza se transmite mediante conversaciones, horarios, silencios y movimientos breves, sin que el narrador reconstruya todo aquello que ocurrió antes.

Por qué Los asesinos termina con Nick y no con Ole

El último movimiento del cuento no vuelve a la habitación de Andreson. Hemingway permanece con Nick y George, y reserva las últimas líneas para la dificultad del muchacho de dejar de pensar en el hombre que acaba de visitar.

Ese cierre permite leer la reacción de Nick como uno de los efectos principales de lo ocurrido, pero no obliga a convertir Los asesinos exclusivamente en una historia de iniciación. El relato termina mostrando una diferencia concreta: George aconseja dejar de pensar en Ole, mientras Nick prefiere marcharse de Summit.

No sabemos qué hará después ni cuánto habrá cambiado. El cuento simplemente deja al personaje en el momento en que descubre que alejarse es la única respuesta que consigue formular frente a algo que no pudo impedir ni comprender por completo.

Dónde leer Los asesinos

Si quieres continuar con otros textos del autor, consulta Relatos breves de Ernest Hemingway, donde reunimos seis cuentos y explicamos qué encontrarás en cada uno.

Redacción

Lilián Villanueva

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