Hay nombres que funcionan como contraseñas para entrar a una época, y el de Mateo Lafontaine es la llave maestra para abrir la puerta de la música electrónica primitiva en México.
En una era donde el país apenas despertaba al uso de sintetizadores y secuenciadores, Mateo Lafontaine emergió no como un imitador de las tendencias europeas, sino como un visionario que supo traducir la frialdad del EBM y el industrial al caos vibrante de la Ciudad de México.
Su legado es el de un alquimista sonoro que prefirió la oscuridad de los sótanos y los sintetizadores análogos sobre el brillo de la fama comercial.
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El arquitecto de Década 2 y la rebelión de las máquinas
El primer gran quiebre en su carrera fue la transición del espíritu punk de María Bonita a la frialdad sintética. A diferencia de sus contemporáneos que se refugiaron en el rock urbano para narrar la crisis del 82, Mateo entendió que la verdadera alienación de la Ciudad de México se expresaba mejor a través de un oscilador.
La importancia de Mateo Lafontaine radica en ser la mitad creativa de Década 2, un proyecto que fundó en 1985 junto a Carlos García y que se convirtió en la piedra angular del sonido industrial nacional.
En una escena nostálgica donde las bandas de rock dominaban los escenarios, Mateo y su arsenal de cables propusieron una estética radical: el hombre máquina. No se trataba solo de bailar; se trataba de una resistencia ideológica contra lo convencional.
Década 2 fue el primer grupo mexicano en tocar en festivales internacionales de música electrónica, demostrando que en el DF también se podía facturar un sonido que miraba de frente a Front 242 o Kraftwerk.
Con la fundación de Década 2 Lafontaine no buscaba «canciones», buscaba secuencias. Mateo tuvo que aprender a sonorizar el caos, lidiando con ingenieros de audio que despreciaban todo lo que no tuviera una cuerda o un parche de batería. Su carrera fue una lucha constante contra el prejuicio del «músico de verdad».+
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El rigor del coleccionismo como curaduría técnica
Un aspecto poco explorado de su carrera fue su papel como proveedor de hardware e información. Mateo no guardaba el conocimiento; su estudio era un laboratorio donde circulaban manuales de síntesis y cables MIDI en una época donde internet era una fantasía.
Su carrera no se limitó a los escenarios; fue un gestor de nichos. Al traer a México las primeras influencias del New Beat y el Hardcore Techno, Mateo operó como un puente entre la vanguardia europea y la necesidad de una juventud mexicana que buscaba una identidad fuera del nacionalismo rancio.
Sin embargo, este rigor también le trajo conflictos: Mateo era un purista del sonido. Su rechazo a la comercialización del Techno de los 90 lo llevó a menudo a la periferia de la industria, prefiriendo la integridad de un set para 50 personas que entendieran la modulación de un filtro, que un estadio lleno bailando ritmos diluidos.
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El eco eterno de un pionero
La partida de Mateo Lafontaine en 2020 dejó un vacío que solo puede llenarse volviendo a sus pistas. Su influencia es palpable en la nueva ola de productores de techno e industrial que hoy dominan los clubes de la capital.
Rescatar su figura no es solo un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia histórica. Mateo Lafontaine nos enseñó que el futuro se construye con cables, que la oscuridad tiene su propio ritmo y que ser un referente no se trata de vender discos, sino de mantener encendida la llama de la vanguardia cuando nadie más se atreve a mirar hacia el abismo eléctrico.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





