En el corazón de la provincia de Viterbo, Italia, existe un lugar donde la piedra parece cobrar vida para susurrar secretos de un pasado melancólico: el Parque de los Monstruos.
También conocido como Sacro Bosco (Bosque Sagrado) de Bomarzo, este jardín manierista rompe con toda la lógica de la armonía renacentista para sumergir al visitante en un universo de figuras grotescas y dimensiones distorsionadas.
Lejos de ser un simple capricho ornamental, el Parque de los Monstruos es un manifiesto de resistencia emocional y alquímica, diseñado por Pier Francesco Orsini para materializar el dolor de la pérdida y el asombro ante lo irracional.
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Una arquitectura del duelo y la sospecha
A diferencia de los jardines lineales de la época, como los de la Villa d’Este, el Parque de los Monstruos fue concebido como un laberinto psicológico. Tras la muerte de su esposa Giulia Farnese y el trauma de años de guerra, Orsini (apodado «Vicino«) comisionó al arquitecto Pirro Ligorio para esculpir directamente en los bloques de roca volcánica (peperino) que emergían del suelo.
El resultado es una serie de estaciones simbólicas donde el espectador pierde el equilibrio, tanto físico como intelectual. No hay un camino correcto; en el Parque de los Monstruos, el extravío es el objetivo. Cada escultura, desde la inmensa boca del Orco hasta la casa inclinada, funciona como un espejo de las inquietudes humanas, desafiando las leyes de la gravedad y la razón que imperaban en el siglo XVI.
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Simbolismo: del infierno a la alquimia
El recorrido por el Parque de los Monstruos es una travesía iniciática. La pieza más icónica, la Boca del Infierno, recibe al visitante con una advertencia tallada en sus labios: «Ogni pensiero vola« (Todo pensamiento vuela). Al entrar, la acústica transforma los susurros en gritos, una metáfora de cómo el miedo habita en el silencio.
Otras figuras como la tortuga gigante que carga una Niké (Victoria), el elefante de guerra que aplasta a un soldado o la lucha entre gigantes, sugieren una narrativa alquímica donde la materia bruta se transforma a través del sufrimiento y el conocimiento.
El Parque de los Monstruos no busca la belleza; busca el maraviglioso, ese estado de estupor que solo lo grotesco puede provocar, alejándose de la perfección divina para abrazar la imperfección terrenal.
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El reconocimiento del Parque de los Monstruos por Salvador Dalí
Durante siglos, el Parque de los Monstruos quedó en el olvido, devorado por la vegetación y el estigma de ser una obra «maldita» o de mal gusto. Fue hasta 1948 cuando Salvador Dalí visitó el jardín y quedó absolutamente cautivado por las formas grotescas de Bomarzo.
Al recorrerlo, el genio catalán reconoció su propio mundo onírico tallado en la roca volcánica, llegando a declarar que el surrealismo, en realidad, había «nacido 500 años antes» en ese mismo lugar.
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La fascinación de Dalí, sumada a la de otros visionarios como Jean Cocteau, fue el motor que sacó al Parque de los Monstruos del anonimato mediático.
Dalí incluso rodó un documental en el sitio y expresó su deseo ferviente de comprar las esculturas renacentistas para su colección personal.
Aunque la restauración física fue un logro de la familia Bettini, la figura de Dalí fue el catalizador intelectual que revalorizó a Bomarzo como un santuario del arte misterioso. Hoy, gracias a ese impulso surrealista, el Parque de los Monstruos se posiciona como una fuente de consulta inagotable para quienes buscan entender la belleza de lo perturbador.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





