Por Daniel Herrera / @puratolvanera

Sólo es posible imaginarlo: un chicano de más de cien kilos, borracho, con tanta cocaína en su cuerpo que apenas se le entiende palabra porque casi no puede abrir las mandíbulas y sin ningún tipo de auto control, llama a su hijo desde Mazatlán para informarle que va a subir a un barco lleno de nieve blanca. Es 1974 y Marco Acosta no sabe que probablemente él sea la última persona conocida que estuvo en contacto con Óscar Zeta Acosta, abogado, activista y escritor. Entrañable amigo de Hunter S. Thompson, el autor de una de las más grandes obras de la literatura norteamericana contemporánea: Miedo y asco en Las Vegas, en la que además es uno de los personajes principales.

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Hunter S. Thompson y Óscar Zeta Acosta, 1971

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La vida de Zeta Acosta se puede seguir en su biografía La autobiografía de un búfalo prieto. Por ahora algunos datos: creció en Modesto, California, desde pequeño tuvo que hacerse cargo de su familia porque su padre fue reclutado durante la Segunda Guerra Mundial. Pasó por múltiples trabajos miserables y cuando decidió hacer algo de su vida, después de la Fuerza Aérea, asistió a la universidad, algo que ninguno de su familia había logrado. Estudió derecho y pronto comenzó a defender a los más desfavorecidos. Esto no lo abandonaría jamás. Porque Zeta Acosta podía ser, tal vez para muchos bienpensantes, moralmente reprobable, pero siempre supo de qué lado estaba. Jamás dejó atrás esa conexión con su vida en Modesto y todas las dificultades económicas que experimentó de niño y adolescente.

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En 1968 se mudó a Los Ángeles y comenzó a apoyar al movimiento chicano, no sólo salió a dar vueltas por las calles junto a los vatos locos, sino que se convirtió en estandarte de muchos. Su voluminosa figura fue puesta al lado de los activistas Cesar Chávez, Corky González y el periodista asesinado en 1970 durante la Moratoria Chicana, Rubén Salazar.

Fue el abogado estrella del movimiento, defendió a todos los activistas chicanos que le permitió su atribulada vida y se hundió hasta el fango para evidenciar el racismo del sistema de justicia estadounidense cuando llamó a declarar como testigos a todos, exacto, a todos los jueces de Los Ángeles, dejando claro que era como Sócrates pero en plan adicto y chicano: una mosca morena y gorda molestando a un caballo. Además, pudo sentar un precedente de cómo los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) dominan no sólo la ley y la justicia, sino todos los aspectos importantes del gobierno estadunidense.

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Movimiento Chicano, Juan Espinosa

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Acosta y una fan en el 1973 Festival de Flor y Canto Los Angeles. Foto Michael V. Sedano 1973.

Después de triunfar legalmente decidió retirarse a hacer lo que tenía planeado desde el principio: escribir.

Y así, en apenas un par de años publicó dos libros. Lo imagino como un escritor furioso, de esos que no paran hasta después de varias horas de teclear, apenas haciendo pausas para beber un poco o darse unas líneas de coca.

Largamente ignorado en español y sobre todo en nuestro país, es momento de recuperar a este autor con la nueva edición de su segundo libro La revuelta del pueblo cucaracha. Novela de no ficción que narra la forma en que Zeta fue absorbido por el movimiento chicano y encuentra su verdadero origen como cucaracha, esos abyectos seres que están en todos lados y que el autor utiliza para referirse a todo lo que no es WASP; en otras palabras: los católicos, los judíos, los negros, los hispanos, los asiáticos y los indios americanos.

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El libro es un viaje de iniciación combatiente, pero sin caer en discursos indignados. En lugar de eso, Zeta Acosta nos ofrece múltiples momentos hilarantes en los que la autoridad queda reducida a un montón de organizaciones ineptas, corruptas y gandallas. Tantos años y nada ha cambiado.

Muchas veces, al intentar encontrar vasos comunicantes entre autor y obra se cae en errores, pero en cuanto a Zeta no hay manera de equivocarse. El autor y personaje del libro nos lanza a un torbellino de drogas, sexo y activismo. Lo acompañamos a sus viajes de ácido y mariguana, a sus experiencias sexuales con adolescentes y con prostitutas en Acapulco, y a sus arengas motivando a la gente para que luche por sus derechos. Es una extraña combinación de libertades civiles con acciones moralmente censurables, eso produce una simpatía muy difícil de ocultar por Zeta Acosta.

oscar-7 Acosta lee un capítulo de La Rebelión de la Gente de la Cucaracha en el Festival de Flor y Canto, en la Universidad del Sur de California en Los Ángeles. Foto Michael V. Sedano 1973

Acosta lee un capítulo de La revuelta del pueblo cucaracha en el Festival de Flor y Canto, en la Universidad del Sur de California en Los Ángeles. Foto Michael V. Sedano 1973.

Además, el lenguaje es sencillo, directo al cuello; es como si el autor te cayera encima con sus 114 kilos. No hay manera de resistirse ante el trepidante flujo de palabras. Aquí no hay espacio para la poesía, las cucarachas no hacen juegos de palabras.

Algunos dicen que Zeta Acosta no ha muerto, que se encuentra en una isla o en alguna playa, fumando mariguana, rodeado de prostitutas, esperando el momento justo para volver, liderar a las cucarachas y recuperar Aztlán. Eso lo creía Thompson quien, al parecer, contrató investigadores para buscarlo en las playas del norte mexicano. También se dice que la revista Rolling Stone recibió una cuenta de hospital enviada por un tal Óscar Zeta. La pagaron pero nadie en el hospital pudo dar información sobre el paciente. Otros dicen que el gran búfalo pardo está entre nosotros, porque es imposible exterminar a las cucarachas.

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