Dicen que hay cosas que no se olvidan: la primera novia, el primer amor, el primer beso, esa primera sensación de sentirse vivos, el primer gol, incluso… En fin, cosas tan simples y aparentemente insignificantes que nos hacen la vida más placentera. Claro, todo esto puede ser relativo; cada quien con su cada cual, como diría mi abuela. Sin embargo, hay algo que no se olvida jamás: los amigos y las canciones como las de El Haragán. Así, juntos y bien agarrados de la mano.

Es difícil, casi imposible, recordar a los viejos amigos y no ponerle una canción, una rola, a cada uno de los momentos que vivimos juntos. Y viceversa. La complicidad entre uno y otro es imperecedera, con tintes mágicos. A mí me pasa muy seguido; de manera súbita y sin pensárselo dos veces, la música me lleva a mis años de niño, de adolescente (de puberto), y a los amigos, a los camaradas, a la ‘bandita’ que ya no me acompaña pero que ayer eran mis inseparables, como un buen trago de cerveza.

Nací en el ’86, año del mundial, cuando Diego Armando Maradona se colocó justo en el cielo del futbol; dos años antes del fraude de las elecciones de 1988, con un Carlos Salinas de Gortari que vendió muy bien su discurso sobre la modernidad en México.

Fue aquella una década que, en materia de música, comenzaba a gestar un movimiento, una oleada de bandas que apelaban por el “rock en tu idioma” (muchas de ellas muy buenas y otras que sólo aprovecharon el ‘momentum’ para salir en los medios). En cualquier caso, había ya una industria que abrió las puertas al rock hecho en México, a la juventud.

Pero hubo otro movimiento que se mantuvo en las calles, en el barrio, en las esquinas de las colonias rezagadas, en la urbanidad. Un conjunto de agrupaciones que, por medio de sus rolas, supo traducir lo que pasaba en el asfalto desde todas las trincheras posibles, como el amor, el trabajo, la violencia, la intolerancia, la desigualad, la vida y la muerte. Todo cabía (y todos cabían) en ese universo llamado “rock urbano”, no podías escapar de él.

Fue así que, tres años después del ’86, en 1989, surgió uno de los pilares de ese movimiento y, sin duda, una de las bandas que llegó a todos los barrios de la Ciudad de México y la Zona Metropolitana; ahí nació y ahí ha sobrevivido, sin perder un ápice de su esencia.

El Haragán nace a finales de los 80 y desde ese instante no ha parado de tocar, de cantar, de hacer esas canciones que te transportan a un pasado mejor, al de las viejas amistades con cerveza en mano, viviendo el momento y sin dejar de cantar aquello que dice:

“No me voy a despedir, me duele decir adiós. Me iré con la tarde, por el camino del sol”.

Mi primer contacto con El Haragán y Cía., fue en mi etapa adolescente, ahí se edificó mi gusto por las canciones de Luis Álvarez y me resulta indispensable escucharlo cada vez que, por alguna u otra razón, siento la soledad en todo su esplendor, sin mis camaradas de esos tiempos, sin mis compas de los que, paradójicamente, ahora no sé nada (o sé muy poco), es como si el viento se los hubiera llevado de un soplido, y ni siquiera me di cuenta.

Lo que sigue ahí, aunque maltratado por el paso del tiempo, es el rincón donde nos reuníamos para pasarla bien, nada más, sin hacerle daño a nadie. Era una vida distinta, ahora que lo recuerdo, rodeada de anécdotas simplistas y hasta huecas, pero con un profundo sentimiento de complicidad.

Ahí, entre Lira N’ Roll, Tex Tex, Interpuesto, Charlie Monttana y Rockdrigo, sonaba El Haragán, cantando a todo pulmón “en el corazón no hay nada”, “no estoy muerto, simplemente estoy durmiendo”, “se fue una tarde gris, es muy buen día para morir”, “él no respira, fuma; él no come, bebe; él no vive, muere”, con todos al unísono.

Hoy tengo 33 años y El Haragán está cumpliendo los 30, tres décadas de construir una historia sustentada en la vida del rocanrolero, de seguir tocando y llegar hasta cualquier rincón, para después volver a casa. No se sabe a ciencia cierta si encontró el amor y la libertad que nuca tuvo en su hogar, como lo anunció en su propia canción “Y es por Eso Que Me Voy”. Pero no se ha ido, al menos, no del recuerdo de los que sí hallaron un refugio en sus palabras.

Las calles lucen desiertas, se ve poca concurrencia y la música dejó de sonar hace mucho, el tiempo se la llevó y decidió resguardarla. Nadie conoce a nadie, no se dicen “hola” ni “adiós”, es como si el Haragán nunca hubiera pisado el barrio. Qué lástima, se han perdido de un buen amigo.

Los míos, mis viejos camaradas, también se fueron y no hay indicios de que regresen con el sol, sólo me queda llevarlos en cada canción de Luis Álvarez y volverlos a la vida (en la memoria) cuando la soledad llegue de nuevo, y ahí se escuchará la voz inconfundible de El Haragán y Cía. Claro, con un buen vaso de cerveza en la mano, como en los viejos tiempos.

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Alonso Efeese

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