Los mejores poemas de Luis Borges para adentrarse a sus obras
Literatura

Los mejores poemas de Luis Borges para adentrarse a sus obras

Nacido un 24 de Agosto de 1898 Jorge Luis Borges fue uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Trabajó como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, un rol que influenció su erudición y temas recurrentes. En su juventud, formó parte del movimiento de vanguardia conocido como ultraísmo en España, que consistía en buscar la metáfora como idea central del verso. Esta experiencia temprana moldeó su estilo poético el cual esta impreso en los mejores poemas de Luis Borges.

Cuando se pronuncia el nombre de Jorge Luis Borges, es común evocar imágenes de bibliotecas infinitas, laberintos mentales y espejos que multiplican la realidad. Sin embargo, detrás de esa fachada de erudito y matemático de las palabras, se encuentra un poeta que, en el fondo, escribió sobre las emociones más íntimas: el amor, la soledad y la incesante búsqueda de la identidad. Para quienes se acercan a él por primera vez, su obra poética puede parecer intimidante, pero es precisamente ahí donde reside su magia. Sus poemas son puertas de entrada a un universo fascinante donde lo personal y lo universal se entrelazan de manera magistral.

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Los mejores poemas de Luis Borges: de lo personal a lo universal

Uno de los poemas más célebres y conmovedores de Borges es “El enamorado”. Aunque a menudo se le percibe como un escritor de intelecto puro, este poema es una declaración emocional sin precedentes. En él, Borges confiesa que debe «fingir» la existencia de elementos externos —lunas, libros, héroes— porque lo único real e inagotable es la persona amada. Es una muestra de su capacidad para transformar un sentimiento profundo y personal en un concepto filosófico que resuena con cualquiera que haya amado. La obra es una joya para quienes aprecian la honestidad sentimental en la poesía.

Otro poema fundamental, que conecta directamente con la experiencia vital del autor, es “El golem”. En este, Borges explora la relación entre un rabino que intenta crear un ser de arcilla y la propia condición humana. Lo fascinante es cómo el poema refleja la frustración del autor con su propia obra y con el destino, tal como le ocurrió a su rabino. Según el investigador Daniel Balderston, el golem no es solo una criatura mítica, sino una metáfora de los límites del lenguaje y de la creación misma. Este poema es ideal para quienes disfrutan de los cruces entre la historia, la mitología y la introspección.

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La maestría de Borges también se manifiesta en poemas como “Límites” y “El ciego”, que abordan la ceguera que lo afectó durante gran parte de su vida adulta. Lejos de la autocompasión, estos poemas son una reflexión sobre la pérdida y la aceptación. Borges veía su ceguera como un “don”, ya que le permitía “ver” el mundo desde una perspectiva interna, como si la realidad se redujera a su propia memoria y pensamiento. Esta visión ha sido objeto de estudio en la literatura, destacando el contraste entre la austeridad del lenguaje y la enorme riqueza de su contenido.

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.

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El golém

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
«esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga.»
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ‘¿Cómo’ (se dijo)
‘pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?’

‘¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?’

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

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Limites

De estas calles que ahondan el poniente,

una habrá (no sé cuál) que he recorrido

ya por última vez, indiferente

y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas

y una secreta y rígida medida

a las sombras, los sueños y las formas

que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa

y última vez y nunca más y olvido

¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa

y del alto de libros que una trunca

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sombra dilata por la vaga mesa,

alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado

con sus jarrones de mampostería

y tunas, que a mi paso está vedado

como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta

y hay un espejo que te aguarda en vano;

la encrucijada te parece abierta

y la vigila, cuadrifronte, Jano*.

Hay, entre todas tus memorias, una

que se ha perdido irreparablemente;

no te verán bajar a aquella fuente

ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa

dijo en su lengua de aves y de rosas,

cuando al ocaso, ante la luz dispersa,

quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,

todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?

Tan perdido estará como Cartago

que con fuego y con sal borró el latino*.

Creo en el alba oír un atareado

rumor de multitudes que se alejan;

son lo que me ha querido y olvidado;

espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

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EL CIEGO

            I

Lo han despojado del diverso mundo,
de los rostros, que son lo que eran antes.
De las cercanas calles, hoy distantes,
y del cóncavo azul, ayer profundo.
De los libros le queda lo que deja
la memoria, esa forma del olvido
que retiene el formato, el sentido,
y que los meros títulos refleja.
El desnivel acecha. Cada paso
puede ser la caída. Soy el lento
prisionero de un tiempo soñoliento
que no marca su aurora ni su ocaso.
Es de noche. No hay otros. Con el verso
debo labrar mi insípido universo.

            II

Desde mi nacimiento, que fue el noventa y nueve
de la cóncava parra y el aljibe profundo,
el tiempo minucioso, que en la memoria es breve,
me fue hurtando las formas visibles de este mundo.
Los días y las noches limaron los perfiles
de las letras humanas y los rostros amados;
en vano interrogaron mis ojos agotados
las vanas bibliotecas y los vanos atriles.
El azul y el bermejo son ahora una niebla
y dos voces inútiles. El espejo que miro
es una cosa gris. En el jardín aspiro,
amigos, una lóbrega rosa de la tiniebla.
Ahora sólo perduran las formas amarillas
y sólo puedo ver para ver pesadillas.

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Los mejores poemas de borges no estan en su complejidad sino en su descripción

Para quienes se inician en la lectura de sus versos, se recomienda empezar con poemarios como El hacedor (1960) y El otro, el mismo (1964). En ellos se encuentran reflexiones sobre la identidad y el paso del tiempo, temas que nos interpelan a todos. Al final Borges nos demostró que la poesía puede ser un acto de valentía y lucidez, y que los mejores poemas de Luis Borges no son los que tienen una compleja estructura, sino aquellos que nos invitan a adentrarnos en nuestro propio laberinto.

Analista de impacto social y cultura con formación UPEM. Experiencia en Consejo Ciudadano y Comunicación. Descubre el análisis de los fenómenos sociales en Yaconic.