En la era de la imagen, los museos y zonas arqueológicas de México han dejado de ser solo espacios de contemplación para convertirse en codiciados escenarios de estatus. Sin embargo, cuando las hay algunas celebridades en museos de México que ignoran los protocolos de conservación, el acto se transforma en una muestra de privilegio.
El reciente caso de Bad Bunny en el Museo de Antropología nos obliga a preguntar: ¿estamos democratizando la cultura o simplemente vendiéndola al mejor postor? ¿Realmente las celebridades en museos de México buscan conocer la cultura o resaltar su papel de inalcanzables?
Bad Bunny: El contacto prohibido con la historia
En una fotografía subida por el propio «Conejo Malo», que rápidamente se volvió viral, el cantante puertorriqueño aparece en el Museo Nacional de Antropología interactuando físicamente con piezas milenarias.
En un recinto donde la humedad del aliento y el PH de la piel son enemigos mortales de la piedra y el estuco, ver a una estrella del pop tocar lo que para millones es sagrado generó una grieta ética.
¿Por qué el INAH permite a una celebridad lo que le negaría a un estudiante o a un investigador? La imagen se convirtió en el símbolo de un acceso diferenciado a la herencia nacional.
Good Bunny Foundation: qué es y qué hace la fundación de Bad Bunny

Madonna: El ropero de Frida como fetiche personal
En mayo de 2024, «La Reina del Pop» desató una tormenta de críticas al publicar fotos usando rebozos y prendas que, según ella, pertenecieron a Frida Kahlo durante su visita al Museo Casa Azul. Aunque el museo desmintió que las piezas usadas fueran las de la colección histórica (alegando que son prendas actuales de la familia), el gesto fue visto como una forma de extractivismo cultural.
Madonna, en su afán de «mimetizarse» con el mito de Frida, trató el patrimonio no como un legado a proteger, sino como un disfraz para su narrativa personal.
La contundente declaración de Madonna en contra de Pink Floyd

MrBeast: La espectacularización de Chichén Itzá
El caso del YouTuber más influyente del mundo en la zona arqueológica de Yucatán puso sobre la mesa el tema de la «monetización del patrimonio».
Aunque contó con permisos, el uso de tecnología y la logística para un video de entretenimiento masivo en un sitio de importancia espiritual para el pueblo maya reabrió el debate sobre el turismo de élite.
Cuando un sitio sagrado se convierte en el «set» de un reto para YouTube, el valor histórico corre el riesgo de ser devorado por el valor del clic.
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Elton John en Chichén Itzá: El sobrecupo de la impunidad
El concierto «La Noche del Sol» en 2010 es recordado como uno de los episodios más críticos de negligencia institucional en una zona arqueológica.
Aunque el INAH había autorizado un aforo máximo de 6,450 personas para proteger el suelo y la estructura de la ciudad maya, el Patronato Cultur (del gobierno de Yucatán) vendió más de 3,500 boletos adicionales de forma irregular. Con un aforo final que rebasó casi en un tercio lo permitido, el sobrecupo fue más evidente en la zona VIP —donde los boletos costaban hasta 15 mil pesos—.
Ignorando las advertencias de los peritos, las autoridades locales priorizaron la derrama económica y la foto política por encima de la integridad de una de las Maravillas del Mundo, sentando un precedente de cómo el patrimonio puede ser «vendido» al mejor postor. Si bien este no fue un caso de celebridades en museos de México, el recinto histórico le dio un valor similar al hecho.
La reforma de ley que dispara el precio de los museos y zonas arqueológicas

Dior en San Ildefonso: Pasarela sobre la historia
En mayo de 2023, la casa de moda francesa Dior eligió el Antiguo Colegio de San Ildefonso —cuna del muralismo mexicano— para presentar su colección «Crucero«.
Lo que debía ser un homenaje a la cultura mexicana se convirtió en una imagen de caos y posible riesgo para el patrimonio: debido a una tormenta, los invitados y la producción terminaron corriendo por los pasillos y patios que albergan murales invaluables de Orozco y Rivera.
El uso de un recinto educativo y museístico de tal calibre para un evento privado de lujo extremo reabrió el debate sobre la «gentrificación cultural»: cuando los espacios públicos y la memoria histórica del país se alquilan como telón de fondo para las élites globales, a menudo ignorando los protocolos de seguridad que se le exigen a cualquier otro visitante.
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Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





