En el cruce de Reforma y Bucareli, la escultura monumental de metal ha demostrado que el arte público es capaz de provocar reacciones que oscilan entre la aprobación absoluta y el rechazo virulento. Las polémicas de El Caballito de Reforma iniciaron desde su inauguración en 1992.
El monumento que los habitantes de la Ciudad de México rebautizaron popularmente es, en realidad, una obra titulada Cabeza de caballo.
Concebida por el escultor mexicano Sebastián, esta mole de 80 toneladas y 28 metros de altura no solo redefine el paisaje con su esmalte acrílico amarillo brillante, sino que se erige como una pieza de ingeniería que sintetiza siglos de historia y necesidades urbanas en una sola estructura de acero.
Su imponente figura se erige como un símbolo de la ciudad, pero las polémicas de El Caballito de Reforma, lo alejan de ser una pieza de arte perteneciente al espacio público, reconocida y querida por la población. Pero, ¿a qué se debe y que hechos han menospreciado a la colosal cabeza de equino? Aquí te contamos.
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Doble función como respiradero de drenaje
La controversia más persistente que rodea a esta estructura es su naturaleza dual. Más allá de su valor artístico, la obra fue diseñada para cumplir con una función utilitaria crítica: servir como respiradero de los vapores del drenaje profundo de la capital.
Con un diámetro de 10 metros, la cavidad interna permite el desfogue de gases del sistema sanitario, un detalle que ha llevado a críticos y ciudadanos a calificarla despectivamente como «la alcantarilla» más grande de México. Esta integración del diseño con la infraestructura sanitaria plantea una pregunta incómoda sobre si la estética debe servir como camuflaje para las funciones menos glamurosas de una megalópolis.
Contraste estético y el sentido de proporción
La instalación de una estructura geométrica de amarillo intenso en una avenida de alto valor histórico generó un choque visual inmediato. Sin embargo, detrás de su apariencia modernista, Sebastián buscó un diálogo con las raíces prehispánicas y las vanguardias europeas.
El artista ha declarado que la pieza abreva del sentido olmeca de la proporción, concentrando toda la fuerza visual en la cabeza del animal, al tiempo que algunos expertos detectan en sus cortes la influencia de las composiciones geométricas de Georges Braque. Este cruce de referencias intenta validar una identidad visual que, para muchos, sigue resultando ajena al paisaje tradicional de la zona.
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Reemplazo del monumento histórico y la ausencia del jinete
Otra de las grandes polémicas de El Caballito de Reforma surgió porque la obra fue creada para sustituir el espacio que dejó la escultura ecuestre de Carlos IV, obra de Manuel Tolsá, tras su traslado al Museo Nacional de Arte (MUNAL). Un dato fundamental de esta transición es el simbolismo de la nueva pieza.
Al titularla únicamente como una cabeza de caballo, Sebastián evitó deliberadamente la representación de la conquista y la dominación. Al eliminar al jinete y al rey, la escultura se desprende de la carga colonial para evocar únicamente la esencia del animal, transformando un monumento de lealtad monárquica en una oda a la forma pura.
Mantenimiento y corrosión bajo el Amarillo Caballito
El acabado de la obra, protegido por un esmalte patentado como «Amarillo Caballito», enfrenta un ciclo de degradación constante. Si bien el sol de la ciudad desgasta el pigmento, el enemigo principal es interno. Los vapores ácidos del drenaje que emanan por el corazón de la pieza generan una corrosión química que ataca las placas de acero desde su estructura interna.
Esto obliga a intervenciones de mantenimiento frecuentes para evitar que el brillo característico se pierda, convirtiendo la conservación de la obra en un reto técnico donde el arte lucha permanentemente contra su propia función utilitaria.
Confusión con el daño al bronce de Tolsá
Es común que las Polémicas de El Caballito de Reforma se mezclen en la memoria colectiva con el daño sufrido por la estatua original de Tolsá en 2013. Aquel desastre, provocado por una restauración errónea con ácido nítrico, ocurrió cuando la pieza ecuestre ya habitaba la Plaza Manuel Tolsá.
Aunque ambas comparten el nombre popular y la ubicación histórica, los conflictos de la obra de Sebastián son de origen estructural y conceptual, mientras que los de la estatua de Carlos IV fueron fruto de la negligencia institucional en la conservación de un bronce centenario.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





