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Literatura1 agosto, 2026

Un lugar limpio y bien iluminado, de Ernest Hemingway

Un lugar limpio y bien iluminado, de Ernest Hemingway
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Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.

-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.

-¿Por qué?

-Estaba desesperado.

-¿Por qué?

-Por nada.

-¿Cómo sabes que era por nada?

-Porque tiene muchísimo dinero.

Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.

-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.

-¿Y qué importa si consigue lo que busca?

-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.

El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.

-¿Qué desea?

El viejo lo miró.

-Otro coñac -dijo.

-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.

-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.

El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.

-Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.

-Un poco más -murmuró.

El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.

-Gracias -dijo el viejo.

El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.

-Ya está borracho -dijo.

-Se emborracha todas las noches.

-¿Por qué quería suicidarse?

-¿Cómo puedo saberlo?

-¿Cómo lo hizo?

-Se colgó de una cuerda.

-¿Quién lo bajó?

-Su sobrina.

-¿Por qué lo hizo?

-Por temor de que se condenara su alma.

-¿Cuánto dinero tiene?

-Muchísimo.

-Debe tener ochenta años.

-Sí, yo también diría que tiene ochenta.

-Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama?

-Se queda porque le gusta.

-Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.

-Él también tuvo una mujer.

-Ahora una mujer no le serviría de nada.

-No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.

-Su sobrina lo cuida.

-Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.

-No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.

-No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.

-No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.

El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.

-Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.

-¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos.

-Otro -dijo el viejo.

-¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.

El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.

El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.

-¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media.

-Quiero irme a casa.

-¿Qué significa una hora?

-Mucho más para mí que para él.

-Una hora no tiene importancia.

-Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.

-No es lo mismo.

-No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.

-¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?

-¿Estás tratando de insultarme?

-No, hombre, sólo quería hacerte una broma.

-No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica-. Tengo confianza. Soy todo confianza.

-Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo.

-¿Y a ti, qué te falta?

-Todo; menos el trabajo.

-Tienes todo lo que tengo yo.

-No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.

-Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.

-Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el camarero de más edad-, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.

-Yo quiero irme a casa y a la cama.

-Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa-. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.

Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.

-No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.

-Buenas noches -dijo el camarero más joven.

-Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nadaNada nuestra que estás en nadanada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nadapues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante.

-¿Qué le sirvo?- preguntó el cantinero.

Nada.

Otro loco más -dijo el cantinero y le dio la espalda.

-Una copita -dijo el camarero.

El cantinero se la sirvió.

-La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero.

El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.

-¿Quiere otra copita? -preguntó el cantinero.

-No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.

FIN

Publicado originalmente el 2 de marzo de 2020. Actualizado el 1 de agosto de 2026 con revisión editorial, nuevas fuentes y contexto histórico.


¿De qué trata Un lugar limpio y bien iluminado?

La acción ocurre de noche, en un café casi vacío. El único cliente es un anciano sordo que bebe sentado en la terraza mientras dos camareros lo observan desde dentro. Pronto sabemos que el hombre suele beber hasta tarde y que, una semana antes, intentó quitarse la vida.

La conversación que revela ese intento de suicidio es muy breve. Uno de los camareros dice que el viejo estaba desesperado. El otro pregunta por la causa y recibe como respuesta que fue “por nada”. Cuando cuestiona cómo puede saberlo, su compañero utiliza el dinero del anciano como prueba de que no debería tener motivos suficientes para desesperarse.

En pocas líneas aparecen dos maneras de comprender el sufrimiento. Para el camarero joven debería existir una causa identificable: falta de dinero, una desgracia concreta, algo que permita explicar el problema. El resto del cuento muestra que el camarero mayor reconoce una clase de malestar que no puede reducirse tan fácilmente a una circunstancia material.

El joven quiere cerrar porque tiene sueño y una esposa que lo espera. El anciano quiere beber otro coñac. Finalmente se marcha después de pagar su cuenta. La discusión importante continúa entonces entre los dos empleados: ¿qué diferencia hace permanecer una hora más en un café?

El intento de suicidio que Hemingway apenas explica

Hemingway no reconstruye el intento de suicidio ni ofrece una explicación psicológica del anciano. Lo introduce dentro de una conversación de trabajo, entre comentarios sobre bebidas, horarios y clientes.

Sabemos que el hombre quiso morir, pero no conocemos la causa. Su situación económica elimina además una explicación inmediata: posee dinero suficiente para pagar sus consumiciones y no parece encontrarse ante una urgencia material.

Eso no significa que el cuento asegure que el dinero sea irrelevante para cualquier sufrimiento. Lo que hace dentro de esta historia es impedir que el camarero joven pueda explicar fácilmente la desesperación del anciano mediante la pobreza.

El lector tiene que trabajar con los pocos datos disponibles: el viejo bebe hasta tarde, vive solo o al menos regresa solo a casa, ha intentado suicidarse y prefiere permanecer durante unas horas en un lugar tranquilo donde todavía hay luz y otras personas.

Lo importante del cuento también está en lo que Hemingway no explica

Esta manera de narrar se relaciona con el principio del iceberg asociado con Hemingway. La omisión no consiste únicamente en utilizar pocas palabras, sino en dejar fuera información que continúa influyendo en la interpretación.

Tatiana Calderón-Le Joliff analiza este procedimiento en La teoría del iceberg y la práctica de la alusión en los cuentos de Ernest Hemingway y de Francisco Coloane. Su estudio explica cómo la alusión y aquello que no se dice directamente permiten construir significados que el lector debe completar.

Eso ocurre con el anciano. Su sordera aparece desde el comienzo, pero Hemingway no afirma que sea la causa de su desesperación. Sabemos también que una sobrina intervino cuando intentó suicidarse. Poco más.

La falta de información evita que podamos convertir su dolor en un problema con una causa y una solución claras. Reconocemos que algo sucede aunque no podamos diagnosticarlo.

Algo similar ocurre con los lugares que nunca vemos. No entramos en la casa del anciano ni conocemos la habitación del camarero mayor. Sin embargo, ambas adquieren importancia por oposición al café: marcharse significa dejar un espacio compartido, limpio e iluminado y regresar a unas horas que deberán atravesar solos.

El anciano y los dos camareros

Los tres personajes ocupan posiciones muy diferentes frente a una misma noche.

El camarero joven tiene empleo, esposa, sueño y prisa. Para él, la hora adicional que el anciano pasa bebiendo es una hora que retrasa su regreso a casa. Dispone de un lugar al cual quiere volver.

El anciano tiene dinero, pero eso no impide que haya intentado suicidarse. El cuento no presenta a nadie que lo espere esa noche. Sus actos son pequeños y concretos: beber, permanecer sentado, pagar y conservar cierta corrección incluso después de haberse emborrachado.

Entre ambos se encuentra el camarero mayor. Sigue trabajando y formando parte de una rutina cotidiana, pero comprende algo que el joven no reconoce todavía. No tiene tanta prisa por cerrar y admite que él también pertenece a quienes prefieren permanecer hasta tarde en un café.

Jingying Li estudia precisamente la relación y unidad entre los tres personajes. Su investigación propone que sus semejanzas y diferencias permiten comprender mejor la soledad y el “nada” presentes en el relato.

La separación entre ellos, por tanto, no depende únicamente de la edad. También tiene que ver con aquello que cada uno espera encontrar después de que cierre el establecimiento.

El camarero joven todavía tiene certezas

La dureza del camarero joven está acompañada por seguridad. Tiene ideas bastante claras sobre lo que debería importar: dinero, pareja, descanso y tiempo.

Cuando expresa que habría preferido que el intento de suicidio del anciano hubiera tenido éxito para no tener que esperar hasta tan tarde, muestra hasta qué punto le cuesta considerar necesidades diferentes de las suyas.

Él puede cerrar el café y regresar con su esposa. El final de la jornada abre inmediatamente otra parte de su vida. Para el anciano y el camarero mayor, en cambio, cerrar la puerta no termina con la noche.

El camarero mayor reconoce algo de sí mismo

La diferencia se vuelve más clara cuando el camarero mayor admite que también pertenece a quienes prefieren permanecer hasta tarde en un café.

Eso no significa que su situación sea idéntica a la del anciano. El relato no dice que haya intentado suicidarse ni que experimente exactamente la misma desesperación.

Comparten algo más limitado: la dificultad de terminar el día y quedarse a solas con las horas nocturnas.

Por eso el insomnio del camarero mayor importa. No es simplemente un dato añadido al final. Ayuda a explicar por qué comprende que una hora más bajo la luz del café puede tener valor para alguien que no desea volver todavía a su habitación.

Qué significa la “nada” en Un lugar limpio y bien iluminado

La palabra aparece primero casi como una respuesta trivial: el anciano se habría desesperado “por nada”. Más adelante adquiere otro sentido.

Después de cerrar, el camarero mayor piensa en aquello que algunas personas necesitan durante la noche y modifica mentalmente dos oraciones católicas, sustituyendo varias de sus palabras por “nada”. Lo que al comienzo parecía significar ausencia de una causa concreta termina expresando una dificultad mayor para encontrar respuestas.

Sería excesivo convertir el pasaje automáticamente en una declaración de Hemingway acerca de la inexistencia de Dios o la falta absoluta de sentido de la vida. Lo que conocemos directamente es el pensamiento de un personaje que intenta nombrar una experiencia de vacío.

La dimensión religiosa de la escena también permite más de una lectura. Matthew Nickel, en el capítulo sobre religión de Ernest Hemingway in Context, señala que la presencia del “nada” puede relacionarse con el uso de esa palabra en San Juan de la Cruz.

La conexión no obliga a descartar otras interpretaciones. Más bien muestra que el pasaje no necesita reducirse a una consigna filosófica.

Dentro del cuento, su función es concreta: el camarero intenta poner en palabras algo que no consigue explicar. No dice simplemente que está triste ni identifica una causa para su insomnio. Repite una palabra que termina concentrando la falta de una respuesta suficiente.

Por qué el café tiene que estar limpio, tranquilo y bien iluminado

Si el problema fuera solamente beber, el anciano podría hacerlo en casa. El cuento introduce esa posibilidad y el camarero mayor entiende que no es equivalente.

Lo que importa es el tipo de espacio.

El café ofrece luz, limpieza, orden y tranquilidad. Ninguno de esos elementos elimina la soledad del anciano ni resuelve el insomnio del camarero. Sí crean, en cambio, unas condiciones determinadas para atravesar parte de la noche.

La limpieza es tan importante como la iluminación. Una mesa, una cuenta, una bebida y unas reglas sencillas pueden mantenerse en orden aunque la vida de quien ocupa la mesa no lo esté. El anciano conserva incluso después de beber una conducta que el narrador presenta como digna: paga y deja propina antes de marcharse.

El establecimiento no proporciona una respuesta al sufrimiento. Proporciona algo más reducido y tangible: un sitio donde sentarse, tener luz y permanecer cerca de otras personas sin necesidad de hablar con ellas.

La luz no elimina la oscuridad

Desde el comienzo del relato, la luz y la sombra aparecen juntas. El anciano se encuentra bajo las hojas del árbol mientras la iluminación eléctrica alcanza la terraza.

El café no elimina la noche porque forma parte de ella. El cliente tendrá que irse y el camarero mayor tendrá que cerrar.

Por eso la utilidad del lugar es temporal. No promete solucionar aquello que les ocurre a los personajes. Solo hace algunas horas más llevaderas.

Esta diferencia permite comprender por qué una hora parece insignificante para el camarero joven y, al mismo tiempo, puede tener importancia para los otros dos hombres.

Un bar abierto no cumple la misma función que el café

Después del cierre, el camarero mayor entra en otro establecimiento. Podría continuar bebiendo allí y retrasar todavía más su regreso, pero entiende que no es equivalente al café que acaba de dejar.

La escena confirma que su argumento no depende únicamente del alcohol ni de que exista algún local abierto. Busca condiciones concretas: limpieza, iluminación, tranquilidad y cierto orden.

Tampoco debe confundirse el café con un hogar alternativo. El anciano apenas conversa. Los camareros hablan de él a distancia. Nadie establece una relación íntima durante la noche.

Su función es más limitada: permite estar solo sin estar completamente apartado de los demás.

Cómo funciona la escritura de Hemingway en este cuento

Si resumimos Un lugar limpio y bien iluminado, el argumento parece mínimo: un anciano bebe, un empleado quiere cerrar, el cliente se marcha y el otro camarero reflexiona antes de volver a casa.

La importancia del cuento depende de cómo Hemingway distribuye la información.

Gran parte de lo que sabemos surge del diálogo. Los personajes no presentan sus biografías ni explican extensamente qué sienten. Las diferencias entre ellos aparecen en lo que quieren hacer esa noche: cerrar, quedarse, volver a casa o retrasar ese regreso.

La omisión cumple otra función central. No conocemos la causa exacta del intento de suicidio, la historia del camarero mayor ni lo que ocurre habitualmente cuando estos hombres se encuentran solos.

Esos vacíos no impiden comprender la situación. Hacen que el lector preste atención a los gestos disponibles: pedir otra copa, negar el servicio, contar una cuenta, dejar propina, apagar las luces o buscar otro establecimiento antes de regresar a una habitación.

En mayo de 2026, UNAM Global volvió sobre el cuento y relacionó precisamente esa aparente sencillez con la soledad, el insomnio y las preguntas sobre el sentido de la existencia.

Hemingway tampoco ofrece una revelación final. El camarero mayor termina pensando que probablemente su problema sea simplemente insomnio, algo que muchas personas padecen. La explicación queda corta frente a todo lo que ha pensado durante la noche, y esa falta de una respuesta definitiva es coherente con el resto del cuento.

Por qué sigue resultando reconocible este cuento

No hace falta compartir la desesperación del anciano para reconocer la experiencia de permanecer un poco más en un lugar público porque regresar a casa todavía no resulta deseable.

Cafés, restaurantes y otros establecimientos pueden cumplir una función que no depende únicamente de lo que venden. Permiten estar cerca de otras personas sin exigir conversación, conservar una rutina y extender durante un tiempo la parte compartida de la noche.

Un lugar limpio y bien iluminado no ofrece una solución contra la soledad ni resuelve definitivamente qué significa la “nada”. Muestra algo más concreto: un espacio ordenado e iluminado puede importar mucho cuando una persona no desea quedarse todavía a solas.

Por eso el anciano quiere permanecer y por eso el camarero mayor entiende que una hora más puede hacer una diferencia. El café no tiene que explicarles cómo vivir. Basta con que continúe abierto un poco más.

Si quieres continuar con otros textos del autor, en Yaconic puedes consultar Relatos breves de Ernest Hemingway, con una selección de cuentos y una explicación de qué encontrarás en cada uno.

Redacción

Lilián Villanueva

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